Domingo VII de Pascua-Ascensión del Señor

Lecturas

Hechos 1, 1-11  –  Salmo 48  –  Efesios 1, 17-23

Mateo 28, 16-20

.En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Comentario

ASCENSIÓN DE JESÚS A LOS CIELOS, 2017

            La ascensión de Jesús a los cielos pone fin a su misión en la tierra e inaugura su mediación por nosotros en los cielos. “Descendió” hasta nosotros en su encarnación y ahora “asciende” a los cielos exaltado por Dios, como Primogénito de todas las criaturas, el Primero de los hombres y Cabeza de una nueva humanidad. Los evangelistas no pretenden entregarnos una crónica del suceso de la ascensión de Jesús a los cielos. No son reporteros, sino mensajeros y testigos. Entre ellos se dan notables diferencias. Mateo silencia el hecho. Marcos solo lo menciona. Juan lo sitúa en el mismo día de la pascua. Lucas, mientras en el evangelio lo enmarca en el día de la pascua, en los Hechos lo sitúa cuarenta días después de la resurrección de Jesús. Les preocupa más bien el significado del hecho y el mensaje que comporta. Quieren decirnos: la ascensión de Jesús culmina su obra; él se va a los cielos y ahora es vuestra hora. Comienza vuestra misión. Todo obedece a un esquema que Jesús refleja claramente en su discurso de despedida: “Me voy”, dijo, y también “permaneceré con vosotros”. Ahora está con el Padre. Las declaraciones son terminantes: “Dios lo ha resucitado de entre los muertos”. “Lo ha exaltado a su derecha”. “Lo ha vivificado”. “Lo ha constituido en Mesías, Señor, Hijo de Dios”. “Lo ha glorificado”. Jesús inaugura en los cielos su mediación viva, siempre en acto, para interceder por nosotros. Ahora de su cuerpo resucitado fluye una corriente de vida nueva y de Espíritu Santo al cuerpo de su comunidad terrena para configurarla y transformarla en él. Ahora permanece con los suyos, pero de otra manera, en el ocultamiento de la fracción del pan y en la lectura de las Escrituras. Mediante el simbolismo de gestos y acciones sacramentales, de comer y de escuchar, él se hace presente en cada creyente. Pan, libro y comunidad son ahora la expresión genuina de una presencia de Jesús que es íntima, espiritual, interior, pero segura, real, transformante.

Ser creyente en Jesús requiere aceptar su ausencia humana corporal para verle ahora misteriosamente dentro de la comunidad y dentro de cada uno. Ahora vive con nosotros, en nosotros y dentro de nosotros. ¿Por qué hoy solemos centrar tanto la atención en el Jesús humano de la historia, situado ayer en Palestina, y consideramos tan poco su presencia mística hoy dentro de nosotros? ¿Por qué le hacemos hoy presente solo con el recuerdo y la memoria, cuando él mismo se hace presente hoy en nosotros de forma tan real y sacramental? Juan nos dice que de la misma forma que el Padre permanece en Jesús, así él “permanece” en nosotros. El Padre nos da al Hijo, extiende en nosotros la misma filiación divina del Hijo, de forma que somos hijos en el Hijo, en su misma filiación divina. Y en consecuencia, Dios nos ama como ama a su propio Hijo, en el mismo amor con que le ama a él. ¡Sublime, maravilloso, si lo llegamos a creer en serio! Este es también el pensamiento de Pablo cuando afirma que somos el Cuerpo Místico de Cristo. Para él “la vida en Cristo” es un proceso que repite en nosotros, de forma real y misteriosa, el proceso de la vida y de los misterios de Cristo. Lo que ayer fue historia en él, hoy es realización sacramental en nosotros. “Vivimos en Cristo”, “somos nueva creación en él”, “sufrimos y estamos concrucificados en él”, “morimos con él” y “resucitamos con él”, y “ya estamos con él sentados en los cielos”, si permanecemos unidos a él. Dios no nos quiere solo buenos, sino “cristianos”. Nos quiere humanos, pero también divinizados.

La marcha de Jesús a los cielos inaugura el tiempo de la misión de la Iglesia ante los hombres. El mandato de Jesús no es solo “enseñar a guardar todo lo que he mandado”. Jesús dice además claramente: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos”. Cristiano no es solo el que guarda y conserva mandamientos, sino el que “hace discípulos”. La misión, el apostolado es connatural a la fe cristiana. Todo cristiano es esencialmente un enviado por Jesús, un apóstol. Ahora el cristiano personaliza a Jesús, es la visibilidad terrena del Cristo glorioso celeste. Cristiano es aquel que le reproduce y visibiliza. Él está en la Iglesia a través de nosotros. Todos estamos invitados a hacer de Jesús, a tomar su cruz y a seguirle cada día. Jesús amó a través de la cruz y nosotros debemos hacer lo mismo. Él presentó la cruz como amor extremo, como un amor total e incondicional. Él dijo que “cuando fuera elevado atraería a todos hacia él”. Esta atracción de Cristo, de su mensaje, es un amor extremo, radical, incluso ante la ignominia y la ofensa. Solo el amor es digno de fe. Solo el amor convence. Para cambiar al hombre hay que amarlo. La cruz fue el testimonio de Cristo y ha de ser también el testimonio del cristiano. La eficacia de la misión no es fruto de nuestras obras, sino de la cruz de Cristo en nosotros. La cruz es la sabiduría y el poder de Dios. Solo el amor es creíble.

Jesús manda a sus discípulos bautizar y enseñar. Bautizar es sumergir a los hombres en la muerte, sepultura y resurrección de Jesús. Es actualizar en ellos su cruz. Es obrar por la cruz y solo mediante la cruz. Y enseñar es hacerles cercano y familiar el evangelio, hacer de los hombres evangelios vivientes. Porque el evangelio no es un libro, es una vivencia totalizadora. El evangelio consiste en que Jesús sea todo en nuestra vida y comportamiento.

La verdadera ascensión es lo que realmente acontece cuando amamos. Quien ama asciende. Dios es amor y amar es ascender hasta Dios e identificarnos con él. Solo ascendemos amando. La Iglesia ha enseñado siempre que la perfección cristiana es la caridad. Jesús dijo “sed perfectos como vuestro Padre es perfecto” (Mt 5,48), o “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). El hombre actual, el cristiano actual, no tiene fácil conseguir la verdadera perfección cristiana. La fascinación desbordante de nuestro mundo, los halagos del poder y del dinero, el poderoso atractivo de los Medios, el hechizo de la vida del ocio y del turismo, la espectacular presentación de la cultura contemporánea y de la diversión, hacen enloquecer al hombre actual y le ofuscan y ciegan. Las actitudes y comportamientos crean los hábitos. El acostumbramiento fortalece la intensidad. El hombre que no vive como piensa termina pensando como vive. Convencer al hombre actual que Dios es la verdad, bondad y hermosura absolutas, que sin él las mismas cosas no serían verdaderas y amables, que él es fin absoluto, que ha de pensar más en las cosas “de arriba”, es realmente difícil. Pero ese es el reto del cristiano de hoy, no dejarse fagotizar por el fascinante mundo de las apariencias. Poner al hombre en estado de ascensión, hacerle amar sin compensación, es sumamente difícil y se precisa hoy de cristianos robustos y fuertes en la fe. Nada sirven la mediocridad, la relajación, la insuficiencia, la disminución. El cristiano de hoy se juega la identidad en la fidelidad. El evangelio necesita de creyentes fuertes para presentar la utopía de Cristo, la más bella jamás ofrecida y la más urgente para nuestro mundo. Se ha perdido el sentido de lo eterno y hoy los cristianos debemos transmitir la convicción de que cuando al hombre le falta el infinito, es el hombre mismo quien perece.

La verdadera misión cristiana es el logro de una vida más humana, una historia más soportable, una convivencia más feliz. Cuando Jesús ascendió a los cielos dos hombres vestidos de blanco preguntaron a los testigos de la ascensión: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Creer en Cristo, ser cristianos, no es interrumpir la misión del hombre, ni establecer paréntesis en las tareas humanas, ni renunciar a ser humanos. Es hacer historia siendo solidarios. Es inundar la vida, el trabajo, la convivencia, de sentido y de humanidad. Es defender que el valor supremo de este mundo no es el dinero sino la persona. Que lo que realmente cuenta no es el tener, sino el ser. Cristo nos haga mejores creyentes haciéndonos más humanos.

                                                                Francisco Martínez

 

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