Domingo VI de Pascua, ciclo c

Lecturas

Hechos 15, 1-2. 22-29  –  Salmo 66  –  Apocalipsis 21, 10.14. 22-23

Juan 14, 23-29: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Comentario

EL ESPÍRITU SANTO OS IRÁ RECORDANDO

TODO LO QUE OS HE DICHO

2019, Domingo 6º de Pascua

Nos hemos reunido en este domingo, el sexto del tiempo pascual, para celebrar nuestra fe cristiana. Lo hacemos proclamando y acogiendo la palabra de Dios. Los Hechos de los Apóstoles, en la primera lectura, nos han referido una reunión de la Iglesia primitiva tan solo a los veinte años de la muerte y resurrección de Jesús, para discernir la voluntad de Dios en un serio problema que amenazaba dividir a la comunidad. Representa una magnífica imagen de cómo vivía y actuaba la Iglesia naciente. El grupo creyente aparece en intensa comunión con el Cristo resucitado y celeste, sintiéndose prolongación suya visible en la tierra. Jesús, de acuerdo con su promesa, se hace presente en su comunidad: “No os dejaré solos”, “Estaré con vosotros”. Jesús vive con el Padre, constituido en mediador siempre en acto en favor de los suyos. Todo lo que de Dios desciende a los hombres y todo lo que de los hombres asciende a Dios, pasa necesariamente por él. Lo había dicho: “Sin mí no podéis hacer nada”. Este hecho configuraba de lleno la mentalidad de los creyentes y todo quedaba centrado y concentrado en la vivencia de lo mismo. En coherencia con esta convicción, los primeros cristianos evitaron durante mucho tiempo construir edificios para el culto. No sentían necesidad de ello. Para ellos lo esencial era lo que vivían y celebraban, no el lugar donde se reunían. Ellos en persona se sentían templo, sacrificio y celebrantes. Celebraban la liturgia en las casas de la comunidad. Todos vivían muy intensamente unidos a Cristo, se dejaban conducir por el Espíritu y vivían intensamente el amor fraterno. La unión con el Señor, la vivencia de la cruz y de la eucaristía, les impulsaba a vivir un fuerte sentimiento de comunión entre ellos y con todos. Se sentían no solo cristianos sino Cuerpo de Cristo. Y a partir de este sentimiento, proyectaban su vida creyente y apostólica. En la reunión que relata el Libro de los Hechos de los Apóstoles se discute sobre un grave problema suscitado en la comunidad entre dos sectores, los creyentes procedentes del judaísmo, que residían en Jerusalén, y los conversos que venían de la gentilidad, y que procedían de Antioquía. Entre los primeros cundía la opinión de que los paganos, para hacerse cristianos, primero tenían que convertirse al judaísmo, por lo que daban gran importancia a la circuncisión y a la Ley judía como medio para llegar a Cristo. La asamblea de Jerusalén aparece consciente de la gravedad del problema que podría dividir en dos la comunidad naciente, y se decide a mantener la unidad de la Iglesia dando solución a la dificultad suscitada, no imponiendo cargas nuevas e innecesarias, sino apelando al sentido de lo fundamental de la fe. Prohíben comer carne que contenga sangre, ciertos comportamientos sexuales (probablemente uniones ilegítimas), comer carne ofrecida a los ídolos y, por último, no elaborar alimentos con sangre. Todo ello proviene del Levítico capítulos 17 y 18. Se desestiman las pretensiones de los judaizantes que querían imponer la circuncisión y se legitima el trabajo apostólico de Pablo y Bernabé que bautizan a los paganos sin interferencias judías. El evangelio de Juan que hemos escuchado contiene el comienzo del discurso de despedida de Jesús. Jesús, ante su inminente separación y marcha, se expresa en un trance de inmenso cariño hacia los suyos y, recalcando el gran mandamiento del amor fraterno: “amaos unos a otros como yo”, desvela el misterio de su origen y el de su destino, que manifiesta va a ser también el de los que le siguen. Él viene del Padre y, cumplida su misión, retorna a él. El Padre es el origen de Jesús. Viene de él. Es él quien le ha enviado. Y ahora lo señala también como su meta y destino. Jesús, en esta ocasión excepcional, anuncia algo prodigioso que representa el cenit de lo que, en el correr de los siglos, el magisterio universal y de todos los tiempos describirá como el hecho más determinante de la vida cristiana. ¿Cómo sería posible proclamar hoy este evangelio y no caer en cuenta de ello? Este es el mensaje: Dios ama tanto al hombre que anticipa en él las últimas y definitivas realidades. Aunque Jesús se marcha, el Padre y el Hijo “vendrán” de inmediato, y para siempre, al corazón de cada creyente y “permanecerán” con él y en él amando, transformando y divinizando y otorgando la misma paz que Dios es. Jesús se va, pero no nos deja solos. Sigue muy presente en nosotros, pero ahora de una forma diferente, más penetrante. Seguirle significa entrar ya en la influencia de Dios, de su misma vida, y sentirse ya habitado por el Padre, el Hijo y por el Espíritu Santo, camino del encuentro definitivo y glorioso con Dios. Es tan importante y real este hecho que los discípulos de Jesús, según él, deben alegrarse de que él se vaya. Porque al Jesús junto a los hombres, en Palestina, van a seguir Jesús y su Padre y el Espíritu, dentro de los hombres, en la intimidad de cada uno, amando y deificando. El Espíritu Santo hará su morada, viviendo dinámicamente, en el interior de cada seguidor de Jesús, e irá iluminando e impulsando a cada uno y a todos en lo que conviene hacer. Para animar la esperanza, Jesús, con su palabra, pone garantía divina a este hecho determinante y fundamental de la fe. Hermanos: Dios está en nuestra casa, en nuestra intimidad personal, ¡y no nos enteramos! Estamos empeñados en estar fuera, en vivir ajenos a este hecho trascendental. Es un verdadero desatino. Demos suelta a nuestra imaginación por un instante. Si ahora mismo nos dijeran que Cristo está en nuestra casa ¿no dejaríamos todo e iríamos corriendo a verle y acogerle? Jesús dice hoy en el evangelio que el Padre, el Hijo y el Espíritu están dentro de mí, de ti, de cada uno de nosotros, los creyentes. Pero nosotros estamos fuera, siempre fuera de nosotros mismos, dando absoluta prioridad a mil fruslerías insignificantes. ¿Cómo podemos pensar que esto es compatible con creer y amar en serio? ¿No será porque vivimos el grave error que consiste en no tener al Dios vivo en nuestra vida, sino tan solo una imagen mental de él; no al Dios Creador, sino a un dios criatura y hechura nuestra? Muchos, cuando dicen que van a Dios, no salen de ellos mismos, no le tocan, se detienen en la representación mental que ellos tienen de Dios. ¿Cómo es el conocimiento que tenemos de Dios? ¿Le amamos en verdad? ¿Tenemos implicada en él nuestra verdadera afectividad, nuestra ilusión y emoción en Dios? O, como consecuencia del ambiente ¿estamos tocados de frialdad e indiferencia? Permitidme hacer la pregunta más determinante de vuestra vida: ¿Te gustaría ir al cielo al final de tu vida? Pero ¡hermanos, el cielo no es un lugar! ¡El cielo es Dios! Es Dios en persona. “El cielo, dice santa Teresa, ¡está donde está Dios!”. Si el cielo fuera el lugar, la casa de Dios, habría algo más importante que Dios, que haría de cielo para el mismo Dios. Hermanos, insisto: el cielo es Dios. Sin Dios no hay cielo. Ni Dios podría crear algo más alto y mejor que él. El cielo es una relación candente y entusiasmada con Dios como el mejor Padre, el mejor Esposo y Amigo, según se define él mismo en la Revelación. Vosotros ¿no habéis dicho a alguien en vuestra vida “eres un cielo”? ¿O no os ha dicho alguien a vosotros “eres un cielo”? ¡Qué desgracia si fuera así! Lo importante del cielo es que es una relación entusiasmada de amor, de infinito amor. Quien no tiene fe le falta el Infinito para el que estamos hechos, con un Dios que es Padre, Esposo, Amigo. Hermanos: entrad dentro de vosotros. Pedid una mirada profunda y creed a Jesús que os dice que está y permanece dentro de vosotros. Me diréis: ¡no lo veo! Y yo os digo: tampoco se ve la espiga en el grano. Y sin grano no hay espiga. ¡Que Dios os ilumine y os entusiasme!

Francisco Martínez

www centroberit.com   –  E-mail:berit@centroberit.com

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