Domingo VI de Pascua, ciclo A

Lectruas

Hechos 8, 5-8.14-17   –    Salmo 65   –  1ª Pedro3,15-18

Juan 14,15-21 :En  aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Comentario.

PEDIRÉ AL PADRE QUE OS DÉ OTRO DEFENSOR

2020 6º Domingo de Pascua A

               Jesús es el acontecimiento vértice y clave de la historia. Al encarnarse, se introduce en nuestra humanidad y se hace uno de nosotros. Con él la historia cambia y sobreviene otra nueva y superior, la de nuestra entrada en la familia divina. Cristo la realiza en nosotros mediante una verdadera renovación interior. La historia terrena nos hace humanos. Nuestra historia en Cristo nos hace divinos, partícipes de la Divina Naturaleza. La pascua de Jesús implica el suceso más hermoso y real: el Espíritu de Dios habitando en el interior de la humanidad y de cada creyente iluminando, impulsando, conduciendo. Es la gran promesa y el gran don de Jesús. En Navidad Jesús vino al mundo. En Pentecostés Jesús viene como Espíritu vivificante estableciéndose en el interior de cada hombre con una presencia dinámica que ilumina, mueve, dilata su ser y su capacidad. Pentecostés hace de cada cristiano la biografía dinámica de Jesús. Reproduce en cada creyente, su vida y los misterios de su vida, sus actitudes y su comportamiento. En el evangelio Jesús dice a sus discípulos algo aparentemente triste, misterioso, no fácil de comprender: “os conviene que yo me vaya”. Sus discípulos no le entendieron. Jesús era todo para ellos. ¿Cómo podrían soportar su ausencia? ¿Cómo iban a resignarse a su marcha y lejanía?  

               Jesús quiso ocultar su presencia corporal para establecer una nueva presencia dinámica, misteriosa, muy real, a través del Espíritu Santo que es su propio Espíritu. Con ello se desvanece la figura material de Jesús junto al hombre, pero  aparece él mismo dentro de cada creyente, como Espíritu Vivificante, como energía poderosa que acompaña, vivifica, ilumina e impulsa desde dentro. La resurrección transforma el cuerpo material en cuerpo espiritual. Al resucitar el Señor, de su cuerpo celeste y glorioso comenzó a brotar una corriente de gracia, de Espíritu Santo que se difundió, y se difunde, sobre la comunidad, sobre cada uno de sus miembros, y los va transformando en Cristo, en su vida, configurándolos con él, con los misterios de su vida, con sus sentimientos y actitudes. Al Jesús situado fuera, sigue el Jesús situado dentro, ¡el mismo!, pero ahora como energía transformante, divinizadora. Quien en su vida reduce este misterio a lo moral, funcional o causal, pervierte la fe y la reduce peligrosamente. Quien reduce la fe a sus simples referencias externas, empobrece  lo medular de la vida cristiana.

               Quien conoce el evangelio y cree, se alegra de corazón porque al Jesús de los ojos, sucede el Jesús del corazón. Al Jesús de fuera, sigue el Jesús de dentro. Al Jesús visto, sigue el Cristo vivido. La ganancia es infinita. Este otro Defensor, el Espíritu, “vive con vosotros y está con vosotros”, dice Jesús a los suyos. La unión es tan fuerte, como la que existe entre Jesús y el Padre. “Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros”, dice Jesús.

               Jesús llama a este hecho “nacimiento de lo alto”. Es la consecuencia lógica del bautismo. La alegría intensa de la primera comunidad nos habla del realismo de esta presencia divina sentida. Jesús había dicho “no os dejare huérfanos”. La vivencia del bautismo transformaba la mentalidad y comportamiento de cada bautizado que vivía dichosamente sintiéndose hijo de Dios, miembro de Cristo y hermano de todos los hombres. Este mismo hecho debería emocionarnos. En estos días ha sido muy hermosa la imagen de los curados del virus saliendo del hospital, entre dos filas de sanitarios aplaudiendo, e impartiendo abrazos y besos de reconocimiento. ¡Qué emoción! Jesús nos ha curado del mal global e infernal y nos ha comunicado su misma vida divina. Pero este hecho trascendental ya no nos emociona. Somos fríos  y vivimos en frialdad. El suceso de la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros, iluminando y guiando, es el hecho más trascendental de nuestra existencia, y debería emocionarnos.

El Espíritu renueva al hombre, al mundo y a la Iglesia. Las luces e impulsos de renovación más luminosos le pertenecen. El concilio Vaticano II, la renovación bíblica, litúrgica y pastoral, el surgimiento de una pléyade de agentes laicos de pastoral catequética, de acción social en periferias, en hospitales y cárceles, el surgimiento de comunidades y grupos de renovación de vida, o de evangelio, los movimientos carismáticos, la nueva apuesta de numerosos seglares por los estudios teológicos, la irrupción poderosa de un nuevo estilo pastoral en concilios y sínodos que se congregan y no precisamente para condenar, la superación de estilos de poder, de signos y tratamientos provenientes de formas culturales ya superadas, la valoración y respeto por  los carismas al servicio de la comunidad, la tendencia a superar el individualismo totalitario en favor de nuevas formas de corresponsabilidad y complementariedad, la renuncia a imponer y la preferencia por persuadir, optar por el testimonio sustituyendo formas impositivas, son signos inequívocos de la acción del Espíritu Santo en nuestros tiempo.

               El Espíritu es nuestra trascendencia. Lo suyo es crear, recrear, renovar y transformar, elevar y divinizar. Suyos son la madurez y la perfección. Suya es la fuerza con la que podemos, el conocimiento con el que conocemos, el amor con el que amamos. Frutos suyos exclusivos son el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la templanza. Él pone en nuestra oración gemidos inenarrables. Él sitúa a Dios cercano. Hace vivo y actual el evangelio. Transforma la institución de la Iglesia en el misterio del amor del Padre. Él convierte el pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, actualizando la muerte y resurrección del Señor. Él nos incorpora al misterio pascual, haciéndonos comensales y concorpóreos de Cristo. Hace de la misión Pentecostés. Él deifica el comportamiento y la convivencia, y transforma el egoísmo en gratuidad. Él hace de la dispersión comunidad, de la divergencia concordia, y de la tierra cielo.

               Preparémonos a Pentecostés. El Espíritu de Cristo viene a nosotros. Que la rutina y frialdad no prevalezcan sobre la verdad, la fidelidad y el amor.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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