Domingo VI de Pascua

Lecturas

Hechos de los apóstoles 10,25-26.34-35.44-48 – Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4 – 1ª Juan: 4,7-10 – Juan 15,9-17

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.”

 

 

NADIE TIENE AMOR MÁS GRANDE

QUE EL QUE DA  LA VIDA POR SUS AMIGOS

2018, 6º Domingo de Pascua

En el evangelio de hoy seguimos con el discurso de despedida de Jesús según el evangelio de Juan. Jesús se sirve de la analogía de la vid y de los sarmientos para explicarnos que Dios, por medio de él, nos comunica su misma vida divina. Viñador, cepa y sarmientos, es decir, el Padre, Jesús y sus discípulos poseemos una misma vida divina. Jesús recalca que estamos llamados a mantener una unión con él de la misma naturaleza que la que él tiene con el Padre.

Las lecturas de la palabra de Dios en estos domingos pascuales se centran en el don extraordinario que el Padre nos hace en la persona de su Hijo. El evangelio de Juan y su primera carta se sitúan en el vértice de esa sorprendente relación. Jesús dice: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Y añade: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Jesús asegura que nos transmite el mismo amor que el Padre le tiene a él. Esto es lo más sorprendente que ha podido ocurrir en nuestra vida y Jesús lo explica afirmando que su alegría, su misma alegría, está en nosotros y nos hace alcanzar la plenitud. Por eso Jesús añade que ya no somos siervos, sino sus amigos, porque nos ha confiado todo cuanto él sabe y conoce, lo cual implica una amistad suprema y total. Es él quien nos ha elegido, no nosotros a él. Y concluye que ese mismo amor que él nos regala es también el que nosotros debemos tenernos unos a otros.

La primera carta de Juan habla del mismo hecho cuando dice que “debemos amarnos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios porque Dios es amor” (4,7). Afirma admirablemente que el Hijo es la prueba y la medida del amor que nos tiene: “Dios mandó al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados”. Vivimos un cristianismo muy devaluado que nos impide penetrar en la verdadera originalidad y alcance de los textos. No hemos llegado a connaturalizarnos con ellos. Y debemos descubrir su verdadero sentido. El Nuevo Testamento, cuando habla del amor, menciona tres formas de expresarlo: el amor apasionado que desea al otro para sí, o amor erótico (eros); el amor cuidadoso del amigo (filein); y el amor que sitúa al amado por encima de todo, el amor donativo y oblativo total (agape). Cuando habla del amor de Dios prefiere utilizar la expresión “agape”. Es el mismo amor característico con el que Dios ama, el amor que Dios “es”. Ese amor se encarna en Jesús y lo expresa en el don extremo de sí. Primero, en la encarnación: en ella Dios se da él mismo y del todo, pues “siendo rico, por nosotros se hizo pobre” (2 Cor 8,9). Después en la Cena en la que Dios se hace común-unión con nosotros, “un mismo cuerpo en Cristo” (1 Cor 6,16). Y se da también en la cruz con un amor que se sacrifica del todo por nosotros, pues en ella nos “amó hasta el extremo” (Jn 13,1). En Pentecostés el amor de Dios alcanza nuestra misma intimidad profunda para que podamos amar  con él: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (R 5,5).

La afirmación más sorprendente de la Escritura es que Dios nos regala su amor para que mediante él le amemos a él y nos amemos también unos a otros. Cierto: ¡Dios enciende en nosotros su mismo amor con el que él ama y hace de esto lo específico y determinante de los seguidores de Jesús! Nos regala ese amor no como una orden u obligación, sino como don y gracia. Y en ello va implicada nuestra vocación eterna: ser felices con la felicidad de Dios. Mediante el amor, su plenitud será nuestra plenitud. La vida cristiana es común-unión de vida con el Padre y con el Hijo. Y si Dios es amor y hemos nacido de él, necesariamente también nosotros amaremos con el mismo amor. Es mediante el amor cómo participamos de la divina naturaleza. Solo Dios ama divinamente. Solo Dios tiene un amor tan singular.  Ese amor no existe en el mundo. Solo los engendrados por Dios poseen ese amor característico. Juan relaciona la caridad con el nuevo nacimiento y no puede concebir el amor a Dios sin el amor a los hombres. Hemos nacido de Dios si amamos y en tanto que amamos. Es imposible haber nacido de Dios y no amar a los hermanos.  No se trata solo de la intensidad del amor, sino de la naturaleza del amor. Pero ¿quién ama así? Si amar es lo propio y determinante del cristiano ¿por qué no amamos así? Ciertamente este amor lo tenemos como semilla y germen que un día fructificará plenamente. No lo sentimos quizás porque no estamos debidamente formados. Hemos cultivado más la memoria y la cabeza que el corazón. Hemos sido más catequizados que evangelizados. Hemos sido adoctrinados más que iniciados. En consecuencia, tenemos dificultad de conocerlo y practicarlo. Nuestra fe es pobre. Y sería un milagro sentir ese amor poderoso. Lo experimentan muchos que son muy fieles a la palabra de Dios. Cuando la vida cristiana está vivida en una cadena de traiciones al amor, de egoísmos y omisiones, sería una contradicción vivir de una manera y amar de otra. Amar menos es una especie de suicidio. El hombre que no vive como piensa, termina pensando como vive. El amor verdadero no se aprende con fórmulas. Amar se aprende amando. “Amor saca amor” dice santa Teresa. Solemos vaciar la ritualidad de realismo y nos hemos acostumbrado rutinariamente a ello. Oramos rezos, pero no oramos la vida. La verdadera eucaristía  no es solo un rito que celebramos. Es vivir en radical igualdad, en absoluta fraternidad, en imprescindible solidaridad, en humildad indudable. En el siglo XI la eucaristía fue muy reducida a objeto piadoso perdiendo su sentido dinámico de cenáculo y de cruz, de dar la vida. Aumentó el culto al Santísimo, pero se perdió sentido de solidaridad y fraternidad. Junto al pan y vino se entregaban bienes para los pobres. Al simplificar esos bienes en las obleas u hostias que ahora usamos, ¡cosa tan pequeña!, la comunidad se sintió dispensada de aportar ya otros dones. Pero lo cierto es que si no se puede celebrar sin pan y vino, menos se puede celebrar sin caridad, sin solidaridad, sin fraternidad y misericordia. Hemos expulsado de la eucaristía el hacernos iguales a todos, servir y socorrer a los necesitados. Juan identifica el lavado de pies con la Cena. Ahora los celebrantes solemos estar muy altos, no a los pies. Jesús se rebajó y aseguró que ello era esencial cuando estamos reunidos. Pablo denuncia en Corinto la desigualdad de ricos y pobres en la Cena: “Cuando os reunís en común eso no es ya la Cena del Señor; porque cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga” (1, 21). Para él, cena social y cena eucarística forman una misma realidad. La eucaristía es profunda solidaridad. Con el paso del tiempo se ritualizó la misma realidad: el plato se convirtió en patena, la copa en cáliz, la mesa en altar, el comedor en templo y el pan en obleas. San Justino presenta la asamblea como el lugar donde los cristianos comparten todo. Y es que en la comunidad primitiva “la fracción del pan” presupone necesariamente “la comunión fraterna”. Cierto: para el cristiano, dar es mucho más que dar. Es ser y tener, y serlo superabundantemente. “Es más dichoso dar que recibir” (Hch 20,35), dijo el Señor. Hermanos: cuando nos damos, el Señor se da en nosotros. 

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