Domingo V Pascua, ciclo C

Lecturas

Hechos 14, 21b-27  –  Salmo 144  –   Apocalipsis 21, 1-5a

Juan 13, 31-33a. 34-35  –  Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Comentario

OS DOY UN MANDAMIENTO NUEVO

QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS

5º domingo de Pascua  2019

Hemos leído una parte del discurso en el que Jesús se despide de los suyos y les transmite su testamento personal, el mandamiento del amor fraterno. Les da instrucciones sobre lo que habrán de hacer cuando él ya no esté. Jesús va a sufrir una muerte violenta. Él lo sabe y lo anuncia. Pero se esfuerza en hacerles comprender que su muerte, lejos de representar un trágico fracaso, va a constituir la gran revelación del infinito amor de Dios al hombre y el inicio de una nueva era de la fe. La cruz es “la hora” en la que el Padre va a glorificar a su Hijo porque, en el fondo, Jesús, muriendo, representa el triunfo decisivo sobre el mal del mundo. Es el triunfo de la verdad y del amor sobre el egoísmo y sobre la violencia de los hombres. En el drama histórico de la crucifixión violenta de Jesús se ocultaba el mal destruyendo la verdad y la bondad. Jamás el mal pudo tanto. Pero en lo más íntimo del corazón de Cristo había, a la par, otro drama muy diferente, el de la verdad y la bondad derrotando la mentira y el odio. “Jesús soportó la cruz sin tener en cuenta la ignominia” (Hbr 12,2). Venció asumiendo lo que cuesta sufrir manteniendo la paz. En su aparente derrota de la cruz, Jesús vence el mal del mundo matando en su carne los pecados de la humanidad entera. Jesús venció por los caminos opuestos a la razón del hombre, escondiendo su omnipotencia y asumiendo la impotencia de la muerte. Venció el odio con el amor. Lo más decisivo que ha acontecido en la historia del mundo ocurrió en el corazón de Cristo. Fue una verdadera entrega de amor. En la cruz la impotencia voluntariamente asumida por Jesús la convirtió Dios en la fuerza poderosa del triunfo. Murió poniendo amor en el odio, poniendo humildad y humanidad en el orgullo. Realizó el triunfo máximo imaginable, el más difícil y heroico, devolviendo bien por mal. Y ahora, en su discurso de despedida, Jesús expresa su más vehemente deseo, su testamento, el amor fraterno: amar a todos “como él mismo nos amó”. El amor de Jesús está llamado a ser también el amor de sus seguidores, un amor sin límites capaz de dar la vida. Jesús amó hasta el extremo y ahora deposita ese mismo amor en el corazón de sus discípulos para que hagamos presente en el mundo el amor con el que él nos amó. Cristo es todo el amor que Dios nos tiene. El amor cristiano no es un amor cualquiera. Es el amor de Jesús en nosotros, el mismo amor con el que él amó y ama.

El evangelio de Juan representa el vértice de la revelación del amor de Dios. El Apóstol ahonda en su más íntima profundidad personal y nos dice que el amor es el ser de Dios. Dios no solo tiene amor, es amor. El amor es su entraña, su identidad, su nombre. Y este amor es comunión. Es divinización del hombre. El amor nos hace participar de la divina naturaleza. Mediante el amor Dios nos hace uno con él. Amando, su vida se hace nuestra vida. Quien ama es porque ha nacido de Dios. Jesús en su vida se hizo próximo, cercano a todos. En Juan, el evangelio de la trascendencia, Jesús expresa su amor efectivo y real en los innumerables detalles humanos, llenos de bondad, de ternura, de delicadeza, de perdón, manifestados en los encuentros admirables con la samaritana, la pecadora, Natanael, Nicodemo, etc. Quienes se encontraban con Cristo comenzaban a ser otros, porque el amor de Dios se apoderaba de ellos.

Jesús une para siempre el mandamiento nuevo al drama de la cruz. El amor de Jesús es el amor total. Es el amor que da la vida y la da en el momento mismo de sentirse odiado y destruido. Solo Dios ama así. Y este mismo amor es el que Jesús prescribe aun sabiendo que el hombre no puede amar de esta manera. Él va a seguir estando en los suyos para regalar en cada momento, y a todos, ese mismo amor tan generoso y extremo. Ese amor representa un nuevo nacimiento de lo alto. Efectivamente, para amar así hay que nacer de nuevo. “Queridísimos: amémonos unos a otros porque el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” (1 Jn 4,7-8). “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que nos llamamos hijos de Dios porque lo somos” (1 Jn 3,1). Dios, cuando ama, transforma y engendra. Y entonces ocurre un gran prodigio: cuando nos dejamos amar por Dios, llegamos a amar a los demás con su mismo amor. “Todo el que ama al que le engendró, ama al engendrado de él” (1 Jn 5,1). Es imposible tener el amor de Dios y no amar. Y es imposible amar y no querer a los que, por haber nacido de Dios, tienen su misma vida. Quien lee frecuentemente a Juan percibe la fuerza extraordinaria que tiene el amor de Dios no solo cuando es él quien ama, sino también cuando somos nosotros los que amamos. Dios nos ha amado en Cristo y ahora nos ama también en el amor de los hijos de Dios que son el cuerpo de su Hijo.

Los cristianos necesitamos hoy creer no solo en Dios, sino en el amor de Dios. Somos fruto de la crisis de frialdad e indiferencia que ha atravesado nuestro mundo y nuestra cultura. El hombre contemporáneo ha experimentado un proceso de secularización y de emancipación universal sin precedentes en la historia. Ha trasladado la certeza que le daba la fe a la razón. Ha usurpado el lugar de Dios. Ha relegado su confianza absoluta en los poderes de la razón y de la experiencia. No admite otra autoridad que la de la Naturaleza. El hombre actual ha quedado en manos de su propio destino. Ha pretendido construir una política sin derecho divino, una moral sin bases teológicas, una teoría del conocimiento limitado a los fenómenos de la experiencia, una religión sin dogmas ni misterios. Pero el resultado no ha sido el pretendido. El hombre actual ha quedado en manos de un destino diseñado por él, ante el fatalismo de una naturaleza mecánica, fría e inmisericorde, en definitiva, ante la desolación de la nada.

El hombre actual necesita ser amado de un modo especial. Necesita la cruz de Cristo actualizada en el misterio pascual, y animada por los cristianos de hoy. Es necesario que los cristianos comprendamos que no es posible creer en Dios si no creemos en su amor y nos esforzarnos en visibilizarlo en nuestras vidas. No basta un cristianismo de cumplimiento y observancia. O testigos o renegados. O apóstoles o apóstatas. Una luz que no ilumina no sirve. La sal que no sala no sirve. Dios no nos quiere observantes sino amantes. Nuestro mundo necesita que los cristianos creamos en Cristo de otra manera. Ahora, para impactar al hombre, ya no valen solo las palabras. No son suficientes ni los catecismos ni los dogmas. Ahora solo el testimonio de vida es digno de fe. Solo el amor tiene capacidad para cambiar al hombre. Solo el amor de la cruz, presentado ahora en nuestro contexto cultural y social, como amor radical e incondicional, puede cambiar al hombre de hoy. Nuestro pueblo necesita una nueva evangelización que llegue a impactar y transformar la cultura contemporánea. O hacemos cristiana la cultura agnóstica actual o la cultura agnóstica actual hará ateos a los cristianos. Los cristianos de hoy necesitamos un nuevo vigor evangélico que sane, cure y libere al hombre actual, como lo hizo ayer Jesús en Palestina. Cristo nos conceda la alegría de creer y nos ayude a transformar nuestra ignorancia en sabiduría, nuestra frialdad en entusiasmo, nuestra indolencia en solidaridad.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   E-mail: berit@centroberit.com

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