Domingo V ordinario, ciclo C

Lecturas

Isaías 6, 1-2.3-38  –  Salmo 137  –  1ª Coritios15, 1-11

Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

DEJÁNDOLO TODO, LE SIGUIERON

2019, 5º del tiempo ordinario

Lucas, en su evangelio, describe la predicación inicial de Jesús. En una primera etapa actúa solo. Habla del Reino de Dios y cura a los enfermos. De Nazaret baja a Cafarnaúm y allí elige a sus primeros discípulos. Ahora no habla en la sinagoga, sino a orillas del lago. Enseña desde la barca de Simón. Inicialmente lo escucha un pequeño grupo de pescadores. Jesús sale a encontrar al pueblo y a cada persona en su vida y ocupaciones de cada día. Ya no utiliza el libro sagrado para leer. Él es la Palabra de Dios hecha vida. En torno a su enseñanza se va haciendo un pequeño grupo reducido en el que se encuentran Simón y sus compañeros. Oyendo a Jesús se sienten cautivados y van poniendo su confianza en él. Un día Jesús dice a Simón: “Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca”. Simón conoce bien el oficio y en principio recela. “Maestro, dice, nos hemos pasado la noche bregando, y no hemos cogido nada; pero por tu palabra, echaré las redes”. Aunque no lo ve nada claro, ha ido creciendo su confianza en Jesús y, venciendo su sensación de ineficacia, accede pudiendo en él más el afecto que la esperanza de la pesca. La sorpresa es inmensa. “Hicieron una redada  de peces tan grande, que reventaba la red”. Simón, impactado, se dirige a Jesús llamándole no ya maestro, sino Señor. La capacidad de escucha y la confianza en su palabra han ido originando un proceso que lleva a Pedro a reconocer su fragilidad y al gozo de sentirse llamado por Jesús para ser pescador de hombres. La aventura de Pedro y sus compañeros junto a Jesús es modelo del camino al que estamos llamados todos los creyentes, tanto en persona como en comunidad. 

Hoy las lecturas destacan el tema de la vocación. La de Isaías ante la grandiosidad del templo, contemplando la santidad de Dios; la de Pedro y sus compañeros a la orilla del lago; y la de Pablo que refiere su propia conversión. 

De la escena evangélica nos interesa, junto a la historicidad del hecho, su hondo significado. Jesús llama a Pedro, pescador, para que en adelante sea pescador de hombres. Se acerca a él y a sus compañeros al poco tiempo de haberlo conocido. Ellos no son sino  unos simples pescadores que están realizando su trabajo de cada día. Jesús les llama y ellos le siguen. ¿En qué razones se apoyaban para dejar de repente a su familia y su trabajo y seguir a Jesús? ¡Sí que había razones! Antes de llamar a sus discípulos, Jesús había realizado signos admirables que requerían una autoridad extraordinaria. Había intervenido en la sinagoga de Nazaret, había curado a un endemoniado y a muchos enfermos y, también, a la suegra de Simón. Ellos han sido “testigos oculares” de estas obras. Y ahora Jesús, toma la iniciativa, abre un futuro sorpresivo y les llama personalmente. Y ellos, respondiendo, le siguen al momento. 

¿Qué sucedió a Pedro y a sus compañeros junto al lago de Cafarnaúm? Que se sintieron “llamados” por Jesús. Jesús les llamó libremente. Ellos se sintieron interpelados personalmente y respondieron también desde su personal libertad. Se sintieron seducidos, atraídos, convocados hacia aquello que habían visto y oído. Y esto no es una simple anécdota. Es norma y modelo para toda vocación a seguir a Jesús. No se trata de un mero cambio de profesión. No se ponen en marcha hacia un nuevo trabajo y dedicación. No hay oferta de un salario superior. Hay una inspiración profunda, un impulso fuerte a seguir a Jesús en su misión personal concreta. Han visto cómo vive y qué hace. Y les seduce. Sin llamada no habría seguimiento. Jesús llamó él mismo ayer, y Dios sigue hoy llamando sirviéndose de inspiraciones y mociones interiores.

En la segunda lectura, de Pablo a los corintios, el Apóstol da razón de su vocación y de la vocación apostólica en general. Ya no habla de la misión en su estadio inicial. En su perspectiva entra la resurrección final. Efectivamente, trata ya de la resurrección de Cristo, vencedor de la muerte, y de la creencia cristiana en la resurrección. El estar con Cristo ahora apunta a un estar con Cristo para siempre, tras el triunfo total y definitivo frente al mal integral. Pablo recuerda lo que pasó y no quiere dejar ninguna duda sobre cómo hay que interpretarlo. Cristo tomó nuestro  mal en su carne, lo mató y ahora vive resucitado y glorioso. Cita a Cefas como el primero que vio al resucitado, después a los doce, más tarde a más de quinientos hermanos, a Santiago y a todos los demás apóstoles. Habla Pablo de su personal aparición, en último lugar y fuera de tiempo, cuando ya nadie lo esperaba, hecho que legitima su apostolado a los gentiles, al que se oponían los miembros judaizantes de la Iglesia de Jerusalén. Así pues, Jesús no llama solo para estar con él, sino que convoca a ser testigos de su evangelio y de su resurrección. Llama a vivir con él gloriosos, eternamente. 

La teología posterior hablará mucho sobre la vocación apostólica cristiana. Una de las expresiones más felices de todos los tiempos la escribe santo Tomás de Aquino y la repite el concilio Vaticano II en el Decreto Presbyterorum ordinis, hablando del ministerio de los presbíteros: “El sacerdocio de los presbíteros… se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo quedan sellados con un  carácter particular, y se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que pueden obrar como en persona de Cristo cabeza” (PO 2). Personalizar a Cristo cabeza significa que cuando ellos obran es Cristo quien obra. Que cuando Pedro, o Judas bautizan, es Cristo mismo quien bautiza. Los sacramentos son acciones personales de Cristo santificando y trasformando. Cristo no abandona su Iglesia. Vive en ella iluminando y santificando. Este es el meollo de la vocación apostólica.

Si es admirable decir que el ministerio apostólico personaliza a Cristo, lo es tanto más afirmar que está ordenado a reproducir a Cristo en todos los hombres. Efectivamente, el cristiano no es solamente “cristiano”: es Cristo, el Cuerpo de Cristo. La misteriosa presencia de Cristo en el creyente es el dato más impresionante del evangelio. Jesús habló de una permanencia misteriosa y profunda de él en sus discípulos. Él se dijo cepa y nos llamó a nosotros sus pámpanos, encomiando la máxima unión con él. Habla de estar con nosotros como él está en el Padre y el Padre en él. Pablo habla de “revestirnos de Cristo”, de Cristo como “primogénito de los hombres”, de nosotros como hijos en el Hijo, de Cristo “cabeza” y “plenitud” de la Iglesia, de ser “un cuerpo en Cristo”, de “vivir en comunión con él”, de estar “creados”  y “vivificados” en él, de estar concrucificados, conmuertos y resucitados con él, incluso de estar ya sentados con él en los cielos para reinar con él. La vida del cristiano es “la vida en Cristo”. 

Cristo sale al encuentro de los enviados, y de todos, y nada quiere tanto como que nos encontremos con él. Nuestra vida creyente es Cristo. Y nuestra vida humana es Cristo también. Cristo es lo mejor de nosotros. Lo más grande de nuestra vida es nuestra fe y confianza en él. No tiene sentido una unión legal, disciplinar, moral. Es preciso que arriesguemos en él nuestra intimidad real, nuestra identidad personal, nuestra conciencia real e intransferible, nuestro amor sincero de hijos, de hermanos, de amigos, nuestro amor esponsal con él. Él ilumine nuestras mentes y atraiga nuestros corazones para que le sigamos con verdad y autenticidad.   

Francisco Martínez

www.centroberit.com

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