Domingo V de Pascua, ciclo A

Lecturas

Hechos 6, 1-7  –  Salmo 32  –  1ªPedro2, 4-6

Juan 14, 1-13: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

Comentario

YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

2020, 5º Domingo de Pascua A

            Estamos en el tiempo pascual, cima y meta del año litúrgico. La Iglesia dedica a esta fiesta una cincuentena de días para celebrar lo que es la razón y contenido de todas las fiestas, la resurrección de Cristo y la nuestra. En el evangelio de Juan, Jesús, viendo ya culminada su misión en la tierra, y con acentos de despedida, desvela lo más hondo de su intimidad y hace la afirmación rotunda de que Dios es su Padre. Nos dice, además, que nosotros, si le seguimos y permanecemos unidos a él, participaremos también de esta misma filiación divina. Jesús, en este evangelio, toca techo en la confidencialidad con los suyos y, además de aclarar su identidad personal, revela el sentido absoluto de la vida del hombre, su último horizonte. Con ello hace la revelación más imprevista y sorprendente de la historia de la humanidad. Tanto que jamás habrá ya en el futuro una revelación semejante. Afirma que Dios es su Padre, y que su Padre vive en él y él en su Padre. Y añade, además, a sus discípulos, que se va a prepararles sitio para que vivan siempre unidos a él.

            Jesús afirma que es uno con el Padre. Ya en los inicios de su predicación se había referido a él como Padre, pero es en el tramo final de su vida cuando su referencia filial a él se hace más expresa y reiterada y en un sentido muy propio y personal. Invoca a Dios como “Padre” en más de ciento setenta ocasiones. Jamás ningún místico en la historia de las religiones había osado llamar Padre a Dios. Particularmente en Israel, esta posibilidad era remota debido al inmenso respeto tenido a Dios cuyo nombre estaba vetado enunciar. Jesús invoca a Dios como “mi” Padre, de forma singularmente personal, y enseña a los suyos a referirse a él como “Padre nuestro”, implicándonos a todos nosotros en un plano comunitario, como “Padre nuestro que estás en los cielos”. De este modo Jesús inaugura una nueva era en la relación y dependencia de los hombres con Dios.

En Jesús sentirse engendrado y estar referido filialmente a Dios es la profundidad misma de su ser. “Abba, Padre”, es, sin duda, la palabra significativamente más densa de todo el Nuevo Testamento, ya que ella nos revela el misterio último de Jesús que, al atreverse a llamar con este nombre a Dios, nos ha entregado su propia autoconciencia y el secreto más profundo de su ser. Al incluirnos a nosotros en su misma relación filial, nos reveló la impresionante dignidad de la vocación cristiana. Solo una invitación personal de Jesús podía establecer la posibilidad de invocar a Dios como Padre. Desde los inicios la recitación de la oración del Señor estaba siempre precedida por la indicación de “fieles a la invitación del Señor, nos atrevemos a decir…”. Los inmediatos seguidores de Jesús entendían que era maravilloso, increíble poder invocar a Dios como “Padre”. Así lo comprendió la primera comunidad apostólica que en sus plegarias litúrgicas estaba habituada a dirigirse en sus reuniones “al Padre de los cielos” ya antes que este mensaje se difundiera por la diáspora y antes de que se escribieran los mismos evangelios. El término “Abba”, Padre, es ya desde el mismo inicio, el meollo de la catequesis, de la oración y de la vida en las comunidades más primitivas. Este mismo término, en su versión hebrea, pasó intacto de la comunidad palestina a las comunidades de lengua griega en señal de respeto a las mismísimas palabras de Jesús.

            La revelación de Jesús representa la apoteosis del hombre. Nunca el hombre podría llegar tan lejos. “Llegaremos a ser Dios con él”, dice la Tradición. Pero la Ilustración pensó que una gran afirmación de Dios mermaba la autonomía del hombre. Y sustituyó a Dios por la razón y la religión por la sociedad. Pensó que no se podía defender a Dios a costa del hombre y el más allá a costa del más acá. Convirtió la sociedad en sujeto absoluto e instauró una nueva ética basada en el número. Pero con la supresión de Dios el hombre llegó a sentirse un ser sin hogar, sin origen y sin meta. Una vez más la filosofía se ha sentido incapaz de crear sentido y valores. La simple razón no puede decirnos toda la verdad del hombre.

            La fe en Cristo, la vivencia compartida de su filiación divina, es la experiencia más apasionante que ha conocido jamás la historia de la humanidad. Al cimentarnos en la verdad de la paternidad divina establece la máxima proximidad imaginable de los hombres a Dios. Con ello Dios se convierte en la verdad humana más profunda del corazón del hombre. El hombre necesita de Dios para ser él mismo y sobrepasarse a sí mismo. Cuando el hombre se aleja de Dios se está alejando de sí mismo. En consecuencia, el hombre debe superar la tentación suicida de sustituir el ser por el tener.

Esta verdad del evangelio reproduce la máxima experiencia de la vida cristiana. Cristo es toda la dicha del hombre. Si miramos la historia del pasado, nunca nadie ha producido tanto entusiasmo, tanta alegría, tanto desprendimiento, tanta generosidad o vivencias tan profundas y ricas como las que ha producido la fe en Jesucristo.

            Jesús en el evangelio de hoy nos dice que él es para nosotros “el camino, la verdad y la vida”. Esta expresión no ha osado decirla nadie. Jesús la dijo y la historia confirma su cumplimiento y realidad. Jesús no ha defraudado a nadie. Las mejores alegrías de la historia las han deducido de él los hombres y mujeres que le han seguido en todos los siglos. Ni el dinero, ni los espectáculos, ni los viajes, ni los encuentros humanos, ni los éxitos, triunfos y apoteosis sociales han reportado tanta dicha y felicidad. Ante él, el sobrepeso del dinero resulta siempre verdadera desgracia. Nadie es tan miserable como aquel que, en la vida, solo tiene mucho dinero. La gran sabiduría es “saber escoger la mejor parte”, como dijo Jesús a Marta. El Señor dijo también que “la vida no depende de los bienes” (Lc 12,15). La máxima insensatez es “amar las riquezas para sí y no ser rico ante Dios” (Lc 12,21). Solo Jesús ha osado decir en verdad: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28).

Francisco Martínez

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