Domingo V cuaresma, ciclo C

Lecturas

Isaías 46, 16-23  –  Salmo 125  –  Filipenses 3, 8-14

Juan 8, 1-11:En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: – «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: – «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: – «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: – «Ninguno, Señor». Jesús dijo: – «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Comentario

EL QUE ESTÉ SIN PECADO QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA 2019

Quinto domingo de Cuaresma

Dentro de dos semanas celebraremos la Pascua de la Resurrección. El próximo domingo será Domingo de Ramos, el pórtico de la Semana Santa. Estos días santos representan la celebración más importante de la comunidad cristiana que es convocada por el Padre para hacernos partícipes del misterio pascual de su Hijo. Es la resurrección de Cristo, nuestra cabeza, que ya ahora, la anticipa en nosotros, ¡la misma!, como clave y cima de toda la vida cristiana. Ya en los primeros siglos este domingo era llamado “de la apertura de los oídos”, pues en él se proclamaban los evangelios ante los nuevos catecúmenos. ¡Qué necesidad tienen los cristianos de hoy de que el Señor les abra los oídos y los corazones para comprender la enorme importancia espiritual de lo que celebramos en el Triduo sagrado! Una de las grandes gracias de la vida cristiana es descubrir el impresionante realismo y riqueza que posee el Triduo santo por dentro. No siempre lo reflejan las procesiones de la calle, ni las mismas celebraciones litúrgicas de los templos, conocidas y vividas de forma rutinaria, y alejadas del significado de los textos sagrados en su sentido espiritual profundo. No se trata de actualizar con la memoria hoy, recordando solo, sucesos de ayer. El Cristo viviente que revive y actualiza el misterio de Cristo hoy es la Iglesia, nosotros, que hacemos actual el mismo amor fraterno de Cristo en su Jueves santo, hacemos contemporánea su misma entrega generosa hasta la muerte del Viernes santo, y hacemos viva y actual su misma resurrección en la vigilia pascual en la noche del Sábado, como personas y como comunidad. ¡Qué hermoso si así fuera de hecho! El Triduo sagrado representa el gran perdón de Dios a la humanidad. Hoy Jesús en el evangelio nos ofrece una lección soberana sobre ese perdón ilimitado que nosotros, sus discípulos, debemos ofrecer. Los escribas y fariseos ponen ante él una mujer sorprendida en adulterio y le preguntan qué hay que hacer con ella, después de recordarle la ley de Moisés que mandaba apedrearla hasta la muerte. La intención de los acusadores no era condenar o salvar a la mujer, sino poner a prueba a Jesús. La ley mandaba apedrear a los dos adúlteros. Pero Jesús predicaba la misericordia ilimitada. Le preguntan públicamente ¿tú qué dices? Era una trampa letal. Si Jesús salva a la mujer va contra la ley y hay que condenarle a él. Si la condena ¿dónde queda su incondicional mensaje del perdón? La respuesta no era fácil. Pero Jesús sorprende a su auditorio. “Se inclinó y se puso a escribir en el suelo”. No entra en polémica porque conoce las malévolas intenciones de sus interpelantes. Su silencio y su gesto originan un gran suspense y una gran tensión. Al fin, poniéndose en pie, dice: “el que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. Es evidente: el que acusa tiene que ver antes si él cumple la ley. De lo contrario, sería bochornoso acusar. Debería sentenciar contra sí mismo. Muchos sabían en su interior que eran peores que la mujer pecadora. Jesús no interpreta la ley. Confronta a los acusadores con su propia realidad personal. La escena se hace tensa y sorprendente. Un grupo de gente importante, avergonzados, se marchan sin hacer ruido, sin decir una palabra y comenzando por los más viejos. Sus pecados son bien conocidos. Jesús, con una sola afirmación, rompe la trampa que le habían tendido. Y nadie se atreve a tirar la primera piedra porque todos han visto reflejado su propio pecado en el pecado de la mujer. Todo podía haber terminado aquí. Pero la narración da un nuevo giro y la mujer sigue en el primer plano, en el centro, ahora no para el dictamen del castigo, sino para resaltar el gran perdón. La mujer es sustraída de las intenciones hostiles de sus acusadores y queda sola ante Jesús que le pregunta: “¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? Y ella contestó: “ninguno, Señor”. Jesús dijo: tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Lo que comenzó como un juicio a una mujer, y a Jesús, termina siendo una muestra más del amor misericordioso de Dios, que siempre perdona, siempre sana y devuelve a la vida. El mundo, nuestro mundo ambiente, está plagado de personas que ofenden. Ofendemos y nos ofenden. Y lo que existe en lo íntimo de nuestra conciencia personal y en el escaparate diario de los medios de comunicación, no es precisamente este perdón absoluto e ilimitado que Jesús otorga a la mujer adúltera. Lo normal, lo cotidiano, lo desbordante de cada día es la dureza de la condena, la rigurosa ley del talión, “el ojo por ojo”, proclamar hasta la saciedad “la tolerancia cero” sin concesiones al perdón o a la sanación. Lo frecuente es la inmisericordia infinita, el reclamo de compensaciones económicas millonarias, el culparse o defenderse de responsabilidades de posible cooperación, la exclusión y despojo absoluto y eterno de las personas, la confiscación y alienación social, personal, profesional, afectiva, la condena eterna de la persona, la pena capital de la reputación y del prestigio moral mínimo que se precisan para existir. Esto no va contra la ley civil que regula penas y castigos merecidos y que todos tenemos el deber de admitir en conciencia. Nos referimos al deber evangélico del perdón que Jesús nos manda otorgar, que los cristianos debemos practicar, y que los evangelizadores deben proclamar con valentía cada día, a todos, también a las víctimas. El mal siempre hay que repararlo. Las victimas siempre deben ser recuperadas y salvadas. Siempre deben ser restauradas y sanadas. Pero lo que el evangelio nos dice hoy es que la misericordia con unos no justifica la inmisericordia con los demás. Y menos con quienes no son directos culpables de una injusticia planetaria que ha sorprendido a propios y extraños. La máxima injusticia de la historia es el deicidio de la humanidad entera contra Dios al que el hombre ajustició en la cruz. Y Jesús, en este caso paradójico, increíble, perdonó al hombre, a todo hombre, mandándole también a él perdonar siempre y a todos, sin excepción. El evangelio de hoy afecta de lleno a una situación social de pecado que constituye una hedionda costumbre, sumamente difundida. Es la de acusar, difundir intimidades, calumniar, detraer fama, comprar y vender noticias reservadas, desprestigiar, injuriar, insultar, ridiculizar, disminuir, etc. Se asesina hoy más con la lengua que con las armas. En la política, en la profesión, en los Medios, en las tertulias televisivas, hablar mal es una diversión, un regocijo, un pasatiempo. Se calumnia, inventando mentiras, y se detrae la fama divulgando innecesariamente fallos graves. Es un error evangélico creer que hay derecho a saberlo todo, a juzgarlo todo y a condenar sin ponderación. Es evidente que la sociedad tiene derecho a defenderse del mal. Pero no a costa de añadir nuevos males. Todo mal requiere el estudio de su origen y de sus causas y, primero, hay que tratar de sanarlo y curarlo. Ningún mal es imperdonable. Una sociedad educada solo en condenar y castigar garantiza el fracaso anticipado y rotundo y añade nuevos males. Todas las víctimas requieren, sin ningún género de duda, justicia y reparación. Pero cuando hablamos entre cristianos, y con hombres de bien, hay que decirlo hoy con resolución, también el evangelio del perdón, activo y pasivo, nos afecta a todos. A ofendidos y a ofensores. La misma condena judicial perpetua repele a casi todas las ideologías modernas de cualquier tendencia o color. Todo hombre es recuperable. Y quien no otorga perdón tampoco merece perdón. El honor y respeto es uno de los máximos bienes de todo hombre y su pérdida es uno de los males mayores. No todo desliz y pecado llevan consigo una ejecución definitiva. El perdón y sanación es la previsión más acorde con la naturaleza humana y es la instancia más repetida y apremiante de la educación, de la ética y del evangelio. Lo contrario puede ser homicidio moral, el peor de los males. El daño puede ser horrible e innecesario. Hermanos: perdonar es signo dichoso de que ya hemos sido perdonados y de que tenemos abundancia de misericordia y de perdón. Perdonemos siempre.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   E-mail:berit@centroberit.com

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