Domingo, santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Lecturas

Genesis 14, 18-20  –  Salmo 109  –  1ªCorintios 11, 23-26

Lucas 9, 11b.17 : En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Comentario

CADA VEZ QUE COMÉIS, ANUNCIÁIS LA MUERTE DEL SEÑOR

Corpus Christi, 2019

Una vez más, la comunidad cristiana celebra la Eucaristía, Cuerpo de Cristo. En esta ocasión es preciso que conozcamos bien el contexto histórico en el que nace esta fiesta ocasional del Corpus Christi y que lo hagamos teniendo en cuenta su significado original y central en la fe, tal como se expresa en los evangelios. Efectivamente, la Eucaristía está en lo medular de nuestra fe. Es el mismo Cristo hoy viviente en la Gloria, Mediador siempre en acto, que hace actual y contemporáneo el suceso de su muerte y resurrección, para que pueda ser apropiado, celebrado por las comunidades de todos los siglos que deben hacer lo que Jesús hizo y como él lo hizo. Gracias a la eucaristía el amor infinito de Dios al hombre es un acontecimiento vivo y perenne en el mundo y en la Iglesia, como un fermento que anima y garantiza y extiende el amor de Dios a la humanidad. Lo importante, pues, no es solo que en este sacramento está el Señor, sino que está en el momento de su entrega, de su máximo amor, integrando en él nuestro ofrecimiento personal y comunitario. En el mundo no deja de celebrarse en ningún instante la Eucaristía. La solemnidad de Corpus Christi se celebró por primera vez en Lieja en 1247 a instancias de una religiosa, Juliana de Mont-Cornillon, que aseguró haber tenido una revelación. Urbano IV, impresionado por un milagro eucarístico en Bolsena, promulgó esta fiesta, que fue confirmada por Clemente V (1311-12) y Juan XXII (1317). En el siglo XV fue aceptada en Roma. Posteriormente llegó a España donde adquirió con el paso del tiempo notable solemnidad. En la eucaristía se pueden contemplar dos aspectos: el culto que Jesús da al Padre reparando todos los pecados del mundo, y el culto que la comunidad cristiana ofrece a Jesús, en cuanto que está verdaderamente presente en la eucaristía. Son dos cosas distintas. La primera nos pone en contacto no solo con la persona de Jesús, sino también con la realidad dinámica de su sacrificio en la cruz, para participar crucificándonos y conmuriendo con él. La segunda tiene en cuenta más bien el aspecto estático de presencia real de Jesús bajo las especies de pan y de vino. La primera se refiere a lo que Jesús hizo en el cenáculo cuando instituyó la Eucaristía para que sus discípulos participásemos realmente de su muerte, resurrección y ascensión a la derecha del Padre. Conmemorando estos misterios, que se hacen actuales y presentes en nosotros y para nosotros, los cristianos nos insertamos en ellos y hacemos lo mismo que Jesús hizo y como él lo hizo, adorando al Padre y entregándonos a los hermanos por amor. La fiesta del Corpus es de inspiración popular y se ha concentrado de hecho, y más bien, en la necesidad de adorar y alabar a la Hostia consagrada como presencia real de Jesús que se dignó permanecer con nosotros. En realidad la Eucaristía es siempre la misma. Es difícil separar presencia y sacrificio. El problema es que en Jesús, el “por nosotros los hombres”, como amor abnegado y entregado, dominó desbordantemente, mientras que en el Corpus ha predominado, sobre todo en España, el aspecto de veneración a la hostia santa como presencia admirable. Hay, pues, que insistir más hoy en una pedagogía más correcta de la fe según la afirmación de san Ignacio de Antioquia, “la carne de Cristo es la caridad”. La referencia al amor a Dios y al amor fraterno es, pues, esencial y prioritaria en nuestras comunidades eclesiales. Recuperar el verdadero sentido integral de nuestras eucaristías va hondamente ligado a la posibilidad de una nueva evangelización que haga frente al proceso de secularización, de indiferencia y frialdad de la fe de nuestra generación. La acción pastoral de nuestras parroquias y movimientos de apostolado es manifiestamente insuficiente. Hay que insistir hoy más en el aspecto dinámico que en el estático de la eucaristía. Ahora, para los hombres de hoy, ya no sirven las palabras, sino el testimonio de vida. Jesús, muerto y resucitado, y su comunidad de fe, en comunión con él, es ahora más que nunca el instrumento necesario de la evangelización. Cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó “de arriba abajo” (Mc 15,38). El nuevo templo, o lugar de la prencia divina, comenzó a ser, en Juan, el Cuerpo de Jesús resucitado: “Destruid este templo y yo lo reconstruiré” (Jn 2,19), y en Pablo la comunidad de los fieles: “¿no sabéis que sois templos del Espíritu?” (1 Cor 6.19). El nuevo culto es fundamentalmente la vida solidaria, filial y fraterna, del pueblo. Sacerdocio y sacrificio tienen ahora en la vida cristiana otro significado distinto del que señalaban antiguas costumbres y tradiciones. El sacrificio eucarístico no es ahora una acción diferente de la vida misma, es la misma vida. No es una ceremonia o ”un” sacrificio. No es una acción aparte, sino nuestra vida misma diaria, social y relacional. Jesús dijo: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Con ello no inventó un rito, ofreció su vida entera real. El memorial eucarístico hace ahora presente el sacrificio mismo de Jesús. Pero con él y en él debe insertase el sacrificio efectivo de las generaciones sucesivas de los creyentes. La eucaristía de Jesús tiene en cuenta las circunstancias cambiantes de cada momento histórico y social, las tensiones, problemas y dificultades de la existencia tal como las vive cada generación. Lo que hizo Jesús en su tiempo lo debemos hacer ahora nosotros en el nuestro. En cada época y lugar los cristianos ofrecen y se ofrecen por la miseria, los pecados e injusticias del mundo. La cruz de Cristo, hecha presente en la eucaristía de los cristianos, tiene lugar en cada momento de la historia. El pueblo sacerdotal y el sacrificio espiritual de la vida, uniéndose al sacrificio de Cristo redentor, es la realidad profunda de la comunidad apostólica y de la Iglesia de los Padres. “Os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios. Tal será vuestro culto espiritual (Rm 12,1). “El hacer el bien y compartir los bienes, esos son los sacrificios que agradan a Dios” (Hbr 13,16). La cruz de Cristo es un instrumento inexorablemente ligado a la celebración eucarística. Ahora ya no es un instrumento de tortura. Es la vida de Jesús vivida en favor de los hombres. Es la máxima afirmación del otro en la máxima desafirmación de uno mismo. La cruz es el amor enamorado de Dios. Y es también el amor específico con el que tenemos que amar los cristianos. La cruz de Cristo no nos dispensa de tener que llevar nuestra cruz. En nuestro amor sigue presente el suyo. En el altar está el Cristo total, cabeza y cuerpo, él y nosotros. La verdad profunda del cuerpo eucarístico es el cuerpo místico, nosotros. En los primeros siglos del cristianismo el protagonismo de la asamblea como cuerpo del Señor, y la prioridad del espíritu sacrificial, filial y fraterno de la celebración, era la tónica dominante en las asambleas de la Iglesia apostólica y de los Padres. Cuando en la Edad Media algunos negaron la presencia real de Cristo en la eucaristía se cargaron tintas en la afirmación de su presencia real, pero se silenció el aspecto sacrificial, de amor solidario extremo, de las comunidades celebrantes. Todavía no nos hemos recuperado de esta depresión histórica. Y esto nos ha conducido a la realidad de un cristianismo desvitalizado, frío y pasivo. Es una contradicción evangélica que se afirme tanto el sacerdocio como dignidad y poder, y que no haya madurado más la idea de un sacerdocio, jerárquico y comunitario, que recalque más la oblación personal y comunitaria, sincera y humilde, de la comunidad entera. O recuperamos el significado verdadero de la cruz, siendo más humildes y solidarios ritual y existencialmente, o no habrá verdadera evangelización. Para cambiar a los hombres, primero hay que amarlos. Y la cruz es máxima exigencia para los hombres de hoy. Lo dijo Jesús; “Cuando yo sea elevado, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). El Señor nos enseñe el verdadero significado de la Eucaristía.

Francisco Martínez

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