Domingo IV ordinario, ciclo C

Lecturas

Jeremías 1, 4-5. 17-19  –  Salmo 70  –  1ª Corintios 12, 31 – 13, 13

Lucas 4,

 

21 Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»
22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23 El les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25 «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28 Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

JESÚS, EL ENVIADO DE DIOS A TODOS

2019 Domingo 4º Ordinario

En el domingo anterior comenzamos a leer la escena de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Hoy el evangelio concluye este relato. Dice que Jesús tenía por costumbre acudir a la sinagoga los sábados. Es posible que el presidente invitara a Jesús en aquella reunión a leer y a comentar lo proclamado. Aceptada por Jesús la lectura, le entregaron el volumen del profeta Isaías y escogió aquel texto que habla del enviado por el Espíritu de Dios a predicar la buena noticia, evangelizar a los pobres, curar a los enfermos, liberar a los cautivos. Todos tenían sus ojos clavados en Jesús cuando, concluida la lectura, se sentaron dispuestos a escuchar su comentario. Jesús inició su intervención con una afirmación sorprendente: “hoy se cumple este pasaje de la Escritura mientras estabais escuchando”. Lucas constata que muchos se admiraban mientras otros expresaban su extrañeza diciendo: “¿No es este el hijo de José?”. Jesús encendió el estupor general cuando afirmó que ningún profeta era bien mirado en su tierra. Confirmando su afirmación, citó dos ejemplos de paganos extranjeros que recibieron el favor de Dios, mientras que los de casa quedaban fuera de la benevolencia divina. La indignación de los oyentes se incendió al límite y, furiosos, lo empujaron fuera del pueblo con ánimo de despeñarlo por el barranco de un monte. Pero Jesús escapó de sus manos.      

Todo el pueblo vivía, en tiempos de Jesús, el ansia de la espera. Israel fue un pequeño pueblo zarandeado durante siglos por los grandes imperios. Algunos lo llevaron al exilio. Esta situación de cautividad sirve, en el mensaje de los profetas, de referencia y símbolo para conocer otra esclavitud persistente y deplorable: la infidelidad a Dios, la pérdida de identidad y de sentido de pertenencia del pueblo de Dios y, en el correr de los siglos, de muchos individuos en singular. Y este es también hoy el fenómeno espiritual y social en que está cautiva nuestra generación como consecuencia del abandono de la fe y de la absolutización de la razón. Muchos, arrastrados por el ambiente, han perdido el sentido de lo eterno quedándose únicamente con fragmentos de sí mismos. Han caído en la tentación de absolutizar las partes y de vivir los restos como si fueran el todo. En lugar de buscar el Absoluto, se buscan a sí mismos en la complejidad y superficialidad de la vida moderna, renunciado a su identidad personal por su identificación con las cosas. Esto es verdadero suicidio, pues quien no vive como piensa termina pensando como vive, y se ve arrastrado a la desazón, la soledad, la inseguridad y la desconfianza.

Nazaret representa un mensaje trascendental para todos. Los contemporáneos de Jesús pensaban que Dios solo estaba en las instituciones religiosas de Israel, en sus esplendorosas celebraciones, y que solo hablaba por la boca de sus altos representantes. Cuando Jesús asombra por medio de su palabra, la pregunta unánime es “¿no es este el hijo de José?”. Creían que de Nazaret no podía surgir nada importante. Y esto mismo acontece también en muchos hombres de hoy. Se alejan de Dios, confinan lo religioso en personajes y ceremonias solemnes y lo excluyen de las personas singulares, de su vida cotidiana y singular. Pero el fenómeno más grandioso de la fe es precisamente la presencia de Dios en la intimidad personal de todo hombre,  de cada hombre, mediante iluminaciones en la mente e impulsos en el corazón.  Hay situaciones en las que muchos piensan que les sucede algo, pero no es algo sino Alguien que llama e interpela. Los modos y maneras de presencia y de acción de Dios son imprevisibles. Dios está en nosotros y nos habla ciertamente a cada uno de nosotros. Está dentro de ti y no lo sabías. Lo buscas fuera y lo tienes dentro. Muchos no reconocieron su presencia ayer en Belén y Nazaret, y hoy muy pocos le buscan donde él ha decidido estar y quiere estar, en la intimidad de cada hombre. En la historia de la salvación Dios huye de lo espectacular porque suele ser invención del hombre. Dios ama lo débil y sencillo porque es en ello donde se muestra mejor su fuerza. 

Entender bien esto supone que hemos sabido penetrar en la clave interpretativa de la palabra de Dios cuando nos habla hoy a cada uno de nosotros. Requiere una verdadera reeducación de nuestra fe personal. Muchos tienen un concepto arcaico, irreal, de la palabra de Dios. La identifican con conceptos, libro, mensaje, documento, lectura. A esto contribuye la nada feliz expresión de “en aquel tiempo, dijo Jesús” con que los sacerdotes iniciamos la lectura del evangelio en cada misa. La más rica tradición de la Iglesia, afirmada explícitamente en el concilio Vaticano II, es que cuando se proclama hoy el evangelio “Cristo mismo habla”. Y este es ciertamente el hecho medular de la fe cristiana. Dios mismo nos habla hoy a cada uno de nosotros. Hay quienes creen que el escritor sagrado, cuando escribió ayer, fijó todo el sentido del texto que quedó desde entonces inalterable, congelado para siempre. Ahora se trataría de descifrar “aquel” sentido, lo más literalmente posible. Es una opinión desacertada. Los sujetos y el contexto social y cultural de cada tiempo son diferentes. Y los libros nacieron para ser releídos, los mismos, siempre. La relectura posterior, perenne, en todas las comunidades del mundo, es esencial al texto no para cambiarlo, sino para que pueda hacer cada día historia santa. Los evangelios no nacieron como crónica muerta o como simples recuerdos de un difunto. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Habla hoy como habló ayer. Aquellos oyentes de ayer no fueron más privilegiados que nosotros. No vivieron ellos solos la realidad, mientras que nosotros disponemos solo de una crónica del pasado. La relectura en todos los tiempos y lugares es parte constitutiva del texto. Y su acogida es siempre revelación. En los evangelios una pequeña historia original, la protohistoria, se convierte en historia originaria y perenne, es decir, siempre contemporánea. La encarnación, muerte y resurrección históricas de Cristo se prolongan en la encarnación, cruz, resurrección y Pentecostés de la comunidad de todos los siglos. Leyendo aquella historia original se sigue haciendo historia espiritual perenne. Leer, entonces, no es desvanecerse en el pasado, sino dejarse afectar por la palabra y el amor de Dios en cada momento, en todas las circunstancias de la vida. Dios habla a cada uno en sus situaciones personales diferentes. El significado profundo no queda recluido en los autores, ni siquiera en el texto en sí mismo, sino que se actualiza en el presente cuando el lector lee. Una sinfonía solo cumple su sentido no cuando todavía está en el compositor, sino cuando llega al público. Una palabra sin oyentes es voz, pero no palabra. Hay que saber pasar de lo que hay detrás del texto a lo que el texto pone por delante cuando es proclamado, acogido y vivido. En la proclamación de la palabra el pasado se hace presente anticipando el futuro. Al sentido literal, pasado, sigue el sentido espiritual, pleno, actual y vivo. El agua del manantial es también la misma cuando discurre por el cauce largo y ancho de la historia. Educar en la actualidad de la palabra siempre viva de Dios, es la mejor dedicación de sacerdotes y catequistas. No entender la actualidad viva de la palabra de Dios es una insuficiencia letal.    

La palabra es bien acogida cuando lleva al amor. El amor es todo en la fe cristiana. Dios es amor y amar es fin absoluto y decisivo para el cristiano. Nos ha dicho Pablo en la segunda lectura que lo más grande es el amor. Con amor todo vale. Sin amor nada sirve. El amor vence a la muerte porque se identifica con Cristo muerto y resucitado por amor. Si Dios es amor, resucitar es amar. Amar es la mayor certeza del cristiano. Amemos y Dios estará siempre con nosotros.  

Francisco Martínez

www.centroberit.com

berit@centroberit.com