Domingo IV ordinario, ciclo B

Lecturas

Deuteronomio 18, 15-20  –  Salmo 94  –  1ª Corintios 7, 32-35

Marcos 1, 21-28

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Comentario

LES ENSEÑABA CON AUTORIDAD

2018, Domingo 4º Ordinario

            El evangelio de este domingo nos describe los inicios de la actividad pública de Jesús. Lo vemos en Cafarnaúm, en un sábado y en la sinagoga. Jesús enseña y suscita la admiración de la multitud que le escucha, estando presentes los escribas. Marcos señala la estupefacción de la muchedumbre porque, según dice, Jesús enseñaba con autoridad, no como los letrados. Estos interpretaban el texto citando autoridades conocidas. Jesús, en cambio, habla por sí mismo, no cita a nadie para reforzar lo que dice. Hablar con autoridad es mucho más que hablar con poder. Acontece cuando el peso moral viene de la palabra misma, de su fuerza y coherencia interna. Lo que dice es ya asombroso por sí mismo. Es una palabra que realiza lo que dice. Jesús manda a los espíritus malignos, los máximos poderes del mundo, y le obedecen. El pueblo capta inmediatamente la inmensa diferencia de la palabra de Jesús y la de los escribas. Estos hablan de lo que no viven y además su palabra dice solo conceptos, termina en las ideas, no en hechos y realidades. No acontece lo que dicen. La palabra de Jesús provoca asombro en la multitud porque genera inmediatamente acogida y seguimiento, y sobre todo, certeza. Es palabra que mueve y conmueve. Suscita conformidad porque conecta con el mundo más soñado, esperado y deseado.

Marcos sitúa en la sinagoga a un hombre poseído de un espíritu inmundo. Es la posesión del hombre por la enfermedad y el mal. Los espíritus inmundos, o del mal, han agitado siempre a la humanidad. Merman y disminuyen tristemente al hombre. Se han dado en todos los tiempos y lugares. Suelen hostigar siempre y a todos. El mal espíritu se siente incómodo ante Jesús y le grita: “¿qué quieres de nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. La presencia de Jesús intimida al mal, a toda posesión diabólica, a la enfermedad integral. Jesús increpa al mal: “Cállate y sal de él”. Y salió de él. A Jesús obedecen hasta los malos espíritus y esto es nuevo, distinto, asombroso. El mal siempre ha sido poderoso. Nunca había ocurrido cosa igual. La autoridad de Jesús aparece total. La gente lo advierte y lo constata de inmediato.

Jesús arroja los espíritus del mal. Viene a derrotar el mal, todo mal y el de todos los hombres. Este es el objeto expreso de su misión. Jesús no solo habla: habla sanando, curando, liberando. La primera acción que Jesús hace en la sinagoga de Nazaret es liberar del mal espíritu a un poseído. Jesús dice y hace. Y no solo hace, es. Es enviado de Dios y amigo del hombre: ama en serio y cura en serio. Y cura y libera ante los representantes de una religión confusa que anteponía los preceptos religiosos a la verdadera salvación del hombre, excluyéndolo y dejándolo siempre al margen, desentendiéndose de él. Los malos espíritus son verdaderamente malignos, más que la simple enfermedad física: perturban la verdadera identidad del hombre como imagen de Dios. Le impiden al hombre ser él mismo. La verdadera posesión maligna, la más universal y cotidiana, se da cuando el hombre deja de ser él mismo, no ejerce su conciencia libre, no activa su amor interior personal, solo utiliza su afuera o su actividad exterior, su cargo social, sus apariencias externas, o cuando es dominado por los bajos instintos del ego. Dios ha querido ser el corazón del hombre, el animador de su vida y sentimientos. Pero muchos tienen un dios falso. Esto acontece cuando solo conocemos un Dios conceptual, imagen subjetiva más que realidad, un Dios domesticado y sin vida, criatura más que Creador, proyección de los propios pensamientos. Cuando en lugar de buscar a Dios, nos buscamos a nosotros en Dios, o hacemos solo rezos, pero no oración. Cuando vamos a Dios, o creemos estar con él pero no salimos nunca de nosotros mismos, de nuestros gustos y complacencias. Cuando no nos apasiona el futuro y vivimos siempre las realidades presentes a través del pasado, es decir, vemos lo nuevo solo a través de lo viejo. Cuando no vivimos la fe, sino las expresiones culturales de la fe. Cuando nos puede más la costumbre que la verdad, más el interés que la gratuidad, más el ritualismo que la sinceridad y la  interioridad. Cuando vivimos siempre venciendo más que convenciendo. Cuando hacemos siempre lo que los otros hacen. Cuando somos ruido y amamos el ruido. O somos ambiente, pero no nosotros mismos. Cuando estamos dispuestos a cambiar las formas, pero no el fondo. Cuando no somos del todo, no amamos del todo, no vivimos del todo. Cuando no damos la medida, o no tenemos activadas todas nuestras posibilidades. O somos no un ser que habla, sino un ser hablado; no un ser que piensa, sino un ser pensado. Cuando hacemos lo que nos gusta, pero no lo que conviene, o hacemos cosas buenas, pero no lo que hay que hacer. Cuando hacemos lo que todos hacen, y porque todos lo hacen, o hacemos “lo normal”, porque seguimos la corriente. Cuando no somos libres para hacer lo que hay que hacer.

 

DEJARNOS CURAR POR JESUS

Dice el evangelio que Jesús “hablaba con autoridad”. Asombraba su novedad y coherencia y fascinaba la eficacia de su palabra que siempre curaba y liberaba. Jesús quiso estar presente con nosotros para siempre. Y lo hizo mediante el evangelio y la eucaristía. Las dos realidades se complementan. Con el evangelio solo tendríamos las palabras de un ausente. Con la eucaristía solo tendríamos una presencia muda. Pan y palabra constituyen la verdadera mesa del cristiano. Comulgamos con el pan comulgando con la palabra. No hay manducación del pan sin la manducación espiritual de la palabra. El evangelio es la intimidad personal de Jesús. Lo proclamamos en la eucaristía para saber comulgar con él. Cristiano es aquel que ha organizado evangélicamente su corazón. Y el evangelio es Jesús mismo. El evangelio posee hoy las maravillas de la predicación sanadora de Jesús. Conserva su presencia viva y la fuerza luminosa de enseñar, de liberar y curar. Ignorar el evangelio es ignorar a Jesús. Lo ha constatado la tradición de la Iglesia continuamente y de forma unánime. Los catecismos son necesarios, pero nunca podrían sustituir a los evangelios. No siempre se han hecho bien las cosas cuando antiguamente todos teníamos el catecismo y no todos tenían los evangelios. El evangelio es palabra de Dios, mientras que los catecismos son palabra de Iglesia. Pero no se trata solo de “tener” los evangelios, sino, más bien de ser tenidos por ellos. Hay que comulgar frecuentemente, diariamente con el evangelio, poniéndolo en las manos, situándolo ante los ojos, transmitiéndolo al corazón, yendo a ellos, estando del todo en ellos, saliendo nuevos con ellos. Los evangelios nacieron no para escribirlos en papel, sino en el corazón; no con tinta sino con Espíritu Santo, no en libros, sino en las comunidades. La comunidad oye el libro para identificarse con él. El evangelio vivifica, sana, cura, libera. Ser evangelio no solo conocido, sino vivido, es el objetivo absoluto de la fe cristiana. La práctica cristiana se ha desvirtuado mucho en nuestros tiempos y la causa más determinante ha sido nuestro alejamiento del evangelio. El evangelio es Jesús: sus discursos, parábolas, sanaciones. Ser cristianos es hacer una organización evangélica del corazón y de la vida, del testimonio y de la convivencia. Nos perdemos lo mejor de nosotros mismos, lo más nuestro, cuando nos olvidamos del evangelio. Leer en comunidad el evangelio, dejarnos revisar en grupo de amistad, intentar una evangélica organización de los sentimientos, es la opción más hermosa y útil de nuestra vida. En todas las librerías tenéis publicados los evangelios del año litúrgico. Apenas cuestan nada. Pero el valor de tenerlos y usarlos es incalculable. Deberíais tenerlos todos. Y utilizarlos todos. Es como invitar a Jesús a entrar en vuestra casa. Él os salvará.

                                                              Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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