Domingo IV de Pascua

 

Lecturas:

Hechos 2, 14a. 36-41  –  Salmo 22  –  1ª Pedro 2, 20b-25

Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.
Por eso añadió Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

Comentario

YO SOY LA PUERTA DE LAS OVEJAS

2017, Cuarto Domingo de Pascua

            En el contexto de la pascua, Jesús se revela como Buen Pastor y en el evangelio de hoy afirma también que él es la puerta del aprisco. Con el apelativo de “puerta” quiere hacer referencia expresa a su connatural relación con las ovejas, en contraste con el ladrón que solo piensa en las ovejas para aprovecharse de ellas, y para ello asalta el vallado. La afirmación de Jesús se enmarca en el contexto cultural de su tiempo. La imagen de un pastor guiando su rebaño era familiar pues la ganadería era la base de la subsistencia de numerosas familias. Jesús se siente buen pastor del pueblo porque ofrece pastos ubérrimos, los máximos imaginables. Es lo que nos enseña a pedir en “el pan nuestro de cada día”. El verdadero pan es la filiación divina, que es la misma condición personal de Jesús, su conocimiento amoroso del Padre, su mismo amor. Jesús, como pastor, nos ofrece guía y conducción en el horizonte trascendente de nuestra vida. Y nos garantiza además seguridad, el sentimiento fundamental del hombre que sueña poseer lo más valioso para la existencia, sentido pleno y último. Él en persona es para nosotros pan, guía y seguridad.

Es preciso que no nos quedemos en las simples palabras, sino que sepamos penetrar dentro de quien las dice intentando comprender su sentido más profundo y los sentimientos que motivan sus afirmaciones. Jesús, hablando, nos ofrece su intimidad. Se nos da él mismo en persona y del todo. Cuando él se denomina “puerta” quiere expresar sentimientos de cercanía, de encuentro y proximidad. Nada tan triste como una persona cerrada, lejana y hermética, de la que no se sabe cómo es y cómo piensa, que nunca se da en verdad y proximidad. Una persona incapaz de confidencia y de confianza resulta siempre extraña. Siempre estará distante porque se nos muestra permanentemente ajena. Jesús nos comunica “todo lo que he oído al Padre”, es decir, cuanto tiene y es. Y nos lo ofrece como pan. Es decir, nos comunica la riqueza de su alma, sus sentimientos y valores, sus vivencias profundas, sus discursos y parábolas, su intimidad personal. Él en persona se hace para nosotros confianza y confidencia, don y regalo, comunicación y gracia. Muchos llegan a alcanzar en su vida solo un Jesús conocido, pero no vivido. Tienen información, pero no vivencia de él. Se quedan fuera de él. Jesús se dice pan verdadero. Pan es su conciencia filial, su intimidad personal. Comerle es sintonizarse del todo con él, organizar evangélicamente el corazón, hacer de su vida nuestra vida, tener sus sentimientos y motivaciones, vivir, conmorir y resucitar con él, tener su mismo Espíritu, poder decir en verdad que “mi vida es Cristo”. Le comemos escuchando, acogiendo, identificándonos con él.

La saciedad del hombre depende de que sea un ser abierto a Cristo y permanezca comunicado con él. Son hoy tiempos nada fáciles para la fe. Crece la indiferencia y se generaliza la inapetencia espiritual. Pero el sol, aun eclipsado, no por ello deja de estar ahí. Puede el hombre empobrecer su fe, pero no por ello su corazón dejará de estar hecho para el infinito. El hombre que ha perdido el deseo de infinitud es sumamente pobre y carece de horizonte. Carecer de fe, no haber logrado asombro y admiración ante los valores del evangelio resulta una insuficiencia insoportable. La frialdad e indiferencia del hombre es su máximo empobrecimiento.

En el evangelio Jesús se designa “buen pastor” y se denomina también “puerta” del aprisco por donde las ovejas entran y salen. Jesús es para nosotros salida, paso, libertad, orientación. En ningún tiempo como en este las palabras de Jesús adquieren tanto sentido. Nuestro mundo conoce grandes tristezas y amarguras. El hombre actual siente su vida como enigma y se interroga ansioso sobre el sentido de su existencia. Quién y qué es él mismo, qué sentido tienen el dolor, el mal, la muerte, qué significación tienen el desarrollo y los avances de la técnica y de las nuevas culturas que, junto a progresos indudables, traen indefectiblemente nuevas dificultades y nuevos sufrimientos, nuevas amenazas de disminución y de guerra, nuevas formas de dependencia y de limitación.

Jesús se dice hoy, refiriéndose a nuestro mundo, “Buen Pastor” y encomienda a sus discípulos pastorear al hombre actual. Y es evidente para todos que un modelo viejo de pastoreo ha muerto ya del todo y que todos esperan otro diferente. Un modelo de Iglesia ha caducado y muchos anhelan otro distinto. Esta es la gran afirmación, muy reiterada, de los últimos papas. Y es suma irresponsabilidad vivir como si no sucediera hoy nada en el mundo y en la Iglesia. Vivir de espaldas a los problemas y necesidades de los hombres, a sus esperanzas, ofrecer formas de religiosidad del pasado y para el pasado, insistir respondiendo hoy a preguntas que los hombres ya no se hacen, es desacierto y equivocación.

Jesús, Buen Pastor, nos pone en pista con la forma de pastoral que debemos ejercer los sacerdotes de hoy y los de mañana. Es evidente que los obispos y sacerdotes personalizan a Cristo. “Quien a vosotros oye a mí me oye”, “quien a vosotros acoge, a mí me acoge”, dice Jesús. Reproducir a lo vivo la imagen de Cristo pastor, tener sus mismos criterios y sentimientos, responder a las necesidades y sentimientos de los hombres de hoy, tratar adecuadamente al hombre de hoy, al niño y a la mujer de hoy, ser pastor de forma actual y no en formas arcaicas y pasadas, es difícil, pero necesario. Las exigencias actuales son apremiantes. El hombre actual se ha hecho extraño y lejano a la fe. Pero hay que ayudarle a cambiar. Y para cambiarlo, primero hay que amarlo, sea quien sea. Jesús no vino a condenar, sino a salvar a todos, incluidos sus propios enemigos. Pretender utilizar siempre la razón contra el hombre es condenar la misión. El primer rasgo de una nueva evangelización es la reconciliación universal. Esto pide desactivar todo tipo de violencia y de lejanía, reconociendo a todos como semejantes y diferentes. Pide querer y saber dialogar. Es preciso aceptar que es difícil tener siempre toda la razón. La mejor reconciliación es aquella que no cierra nunca el futuro de los otros. Siempre es bueno saber dominar los impulsos porque quien vive todavía a merced de sus impulsos no es todavía persona. No debemos ciertamente consentir que se realice nada contra nuestra propia dignidad, pero tampoco nada que vaya contra la dignidad personal de nadie, sea quien sea.

Buen pastor hoy es aquel que defiende más la riqueza espiritual del pueblo que su propio status clerical. Es preciso saber pasar de una Iglesia proveedora de servicios religiosos a una Iglesia comunidad responsable. De una Iglesia mantenedora de ritos a una Iglesia en sintonía radical con la palabra de Dios. De una Iglesia conservadora a una Iglesia misionera. De una Iglesia clerical a una Iglesia verdadero Pueblo de Dios.

Responder hoy a peguntas que el hombre no se hace, inculcar modos y formas que el hombre actual tiene por sobrepasadas, mantener culturas que nada dicen a nuestro tiempo, defender la costumbre más que la verdad, no hacer aflorar con más claridad la verdad de los ritos, no compartir la responsabilidad o mantener privilegios o diferencias que rebajan y ofenden, es anular la misión. El Papa Francisco dice de los nuevos pastores que la Iglesia necesita: “Pastores en salida, devorados por el celo de Dios, que arriesguen y se equivoquen, pero que hagan lio y salgan a la calle en busca de las ovejas perdidas”.

Cristo, buen pastor y puerta abierta haga de nosotros su rebaño dócil que vive en amor y comunión sincera y total.

 

                                                      Francisco Martínez

 

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