Domingo IV de Pascua, ciclo A

Lecturas

Hechos 2, 14a.36-41  –  Salmo 32  –  1ª Pedro 2, 20b-25

Juan 10, 1-10 . En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Comentario

YO SOY EL BUEN PASTOR

2020 4º Domingo de Pascua

Estamos viviendo el tiempo pascual, la fiesta vértice del año litúrgico. La liturgia nos ofrece unos evangelios en los que Cristo mismo nos revela el misterio de su muerte y resurrección. Quiere hacer en nosotros una como encarnación suya en la que él actualice y renueve todo su misterio redentor. Desea que seamos su cuerpo. Para ello la Iglesia no se limita a transmitir solo conocimientos, intenta provocar en nosotros una fuerte sintonía afectiva con él, que obra en nosotros una verdadera transformación interior. La Pascua representa para los creyentes el mayor acontecimiento de la historia. Lo más dichoso que ha podido ocurrir en nuestra vida es que Dios haya muerto de amor a nosotros. Dios nos ama hasta el punto de entregar a su propio Hijo a la muerte por nosotros. Él mismo se nos da también a nosotros en la entrega de su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”, nos dice Juan”. “Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”, añade Pablo. Este amor inmenso nos lo revela hoy Jesús mediante un símil tomado en aquel tiempo, de la vida cotidiana del pueblo: la figura del pastor que cuida de sus ovejas. Ante los ojos de los contemporáneos de Jesús aparecía cada día la imagen repetida de los pastores conduciendo, alimentando, protegiendo, defendiendo a sus ovejas. Jesús, pensando en su misión personal, afirma intencionadamente que el buen pastor da la vida por sus ovejas. Comenta también que el buen pastor conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen a él. Jesús ilumina también su misión afirmando que él es “la puerta” del aprisco. El buen pastor entra por la puerta, mientras que el ladrón asalta la valla para robar. Puerta, en su significado simbólico, significa entrada, comunicación, acceso, acogida, intimidad compartida. Jesús añade otra expresión muy sugerente. Dice que “él conoce a sus ovejas y que sus ovejas le conocen a él”. Conocer significa aquí intimidad, compartir, poseer en común, estar muy próximo, identidad. Jesús, concluida su misión temporal, subió a los cielos pero no se desentendió de la tierra. Su contacto con todos y cada uno es intenso y permanente. Llega a ser personal. Solo en la fe lo podemos percibir. Cuando hacemos un largo viaje en un tren rápido, observamos cómo ante nuestros ojos van pasando raudamente pueblos, uno tras otro, y en cada uno de ellos, sobresaliendo, vemos una torre, y bajo ella vemos una iglesia, y sabemos que en ella existe un sagrario, y en él una Presencia real y sacramental de Cristo. Millares de sagrarios se espolvorean por la redondez de la tierra. Y en cada templo, en cada sagrario, hay una Presencia real, apremiante e interpelante, de Cristo, amando, llamando, convocando a los hombres. Millones de iluminaciones y de impulsos fluyen cada día del cielo a la tierra. Todos los hombres, cada uno, millones de seres, en cada instante, mantienen o un diálogo explícito, o acaso una fugaz iluminación, consciente o subconsciente, en la que todos nos sentimos llamados, aceptando o rechazando, abiertos o cerrados, afirmando o negando. Nadie vive de forma neutra o indiferente. La interpelación, honda o tenue, fugaz o insistente, intensa o suave, nos alcanza a todos. De un modo u otro. Jesús mismo comentó que “quien no está con él está contra él”. Las llamadas a la fe, los interrogantes saludables, las llamadas de Dios a la fidelidad, a misiones personales o comunitarias: nadie se siente ajeno a las interpelaciones del Espíritu, a los apremios del bien y del mal. Para los que aman a Dios todo acontece para bien. Hasta los males, como la cruz o una pandemia. Todo tiene su cara positiva. Hay que saber interpretarla y acogerla. En el tejido de la humanidad late en cada momento un doble flujo perenne del Espíritu, uno divinizante que llena de oxígeno espiritual las células, y otro que va purificando y eliminando los restos pecaminosos y desechables. La acción permanente del Espíritu en el mundo es el suceso vértice de la historia universal y personal. La dicha es saber captarla y responder a ella. La acogida es salvación. Y el rechazo es perdición. Cristo es el Buen Pastor de la humanidad y a cada momento conduce, ilumina, impulsa. El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo. La “vida en Cristo” es “la vida en el Espíritu Santo.” Todo hombre está llamado a una filiación, una amistad, una esponsalidad de contextura divina. Todo ser humano se enfrenta al problema de su identidad trascendental, de su vocación trascendente, de su personal fidelidad a sí mismo y a las más hondas llamadas del ser, ante las instancias de la verdad y de la autenticidad, ante las exigencias de la historia. Jesús nos ofrece un proyecto de vida vivido previamente por él. La cruz, las bienaventuranzas, son su misma vida vivida por él, paso a paso, sorbo tras sorbo, suceso tras suceso. Su Espíritu penetra en nuestro espíritu y nos va configurando en cada momento con él, conviviendo, conmuriendo, resucitando con él, ascendiendo a los cielos con él, siendo glorificados con él, haciéndonos sentar ya en los cielos con él. Él es para nosotros pastor y puerta, conducción y acogida, invitación y aceptación, entrega y receptividad, luz y pan, horizonte y sentido, vocación y premio. Suyo es el conocimiento con el que conocemos y conoceremos, y el amor con el que amamos y amaremos. En él y con él vadeamos la Infinitud y alcanzamos nuestra Identidad. Él nos hace eternos y divinos. El drama es si nosotros estamos cerrados o abiertos a él, comunicados o incomunicados con él, en docilidad o indocilidad a él. Es si nosotros preferimos nuestra finitud a su Infinitud, nuestro tiempo a su Eternidad, nuestro proyecto al suyo. Nuestro problema es que nosotros hablamos poco sobre él, sobre las cosas de la fe. Y hablamos poco con él. Nos negamos a la divina Receptividad. Hacemos oración, pero la oración no nos hace a nosotros. Tampoco hacemos oración en común. No nos estimulamos unos a otros. No nos inquieta que él sea más conocido, más amado por todos. Nos preocupamos poco de la fe de los hombres, de aquellos mismos que amamos. Cristo resucitado sea nuestro Buen Pastor. Dejémonos conducir por él.

Francisco Martínez

www.centroberit.com   –  e-mail:berit@centroberit.com

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