Domingo IV de cuaresma, ciclo B

Lecturas

2ª Crónicas 36. 14-16.19-23  –  Salmo 136  –  Efesios 2, 4-10

Juan 3, 14-21

É.En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

Comentario

DIOS ENVIÓ A SU HIJO PARA QUE EL MUNDO SE SALVE POR ÉL

2018, Cuarto domingo de cuaresma

La liturgia nos va conduciendo hacia la Pascua, nuestra gran liberación. El libro de las Crónicas nos recuerda, en la primera lectura que acabamos de escuchar, la liberación de Israel. El pueblo vivió en continua necesidad de ser liberado de la esclavitud. Nación pequeña, fue permanentemente zarandeada por los grandes imperios del mundo. La cautividad y el exilio fueron una experiencia constante y dura y sintió con intensidad apremiante ansias de liberación. El Señor se manifiesta en los tiempos del exilio babilónico como el Dios que ama a su pueblo y se compadece de sus infidelidades. Mueve el corazón de Ciro, rey de Persia, para que permita retornar al pueblo con el fin de reconstruir el templo de Jerusalén y reanudar el culto. Pablo, en la carta a los efesios, dice de Dios que “es rico en misericordia”, y recuerda “el gran amor con que nos amó”.

Juan, en su evangelio, nos presenta a Nicodemo, fariseo, miembro del Gran Consejo o Sanedrín, que ostentaba categoría de jefe, acudiendo a Jesús para conocer de cerca su persona y su mensaje. Mientras las autoridades del templo reclamaban credenciales a Jesús, Nicodemo ve en él un enviado de Dios. Siente simpatía, pero pertenece al clan de los responsables, y por eso va de noche a verle, obstaculizado por las tinieblas recelosas que se resisten a aceptar a Jesús. En contraste con la mayoría de fariseos que ven con desconfianza a Jesús, Nicodemo, convencido de que viene de parte de Dios “pues nadie puede realizar las señales que tú estás realizando si Dios no está con él”, se acerca a él movido de curiosidad y respeto. Jesús lo lleva enseguida al fondo de su mensaje. Amparándose en un lugar del Antiguo Testamento, bien conocido por los dos, le explica que así como Moisés elevó la serpiente en el desierto para sanar las mordeduras del pueblo, así tiene que ser ahora elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Nicodemo, que demuestra no comprender bien a Jesús, conocerá pronto de hecho su elevación en la cruz. A esta elevación seguirá otra, consecuencia de la primera, su elevación a la gloria. Es el meollo de la misión de Jesús, el suceso cumbre de su vida y por ello Jesús alude a ella en su discurso. En el Antiguo Testamento, cuantos miraban el estandarte con la serpiente quedaban curados. Ahora Jesús es causa de salvación para todos los que confían en él. En la cruz Jesús mata el pecado del mundo. En ella el amor vence a todo el odio de la humanidad. Jesús soportó la cruz sin tener en cuenta la ignominia. Y este es el gran suceso y la gran señal. Jesús lleva a Nicodemo a la fuente misteriosa de su misión con palabras sorprendentes: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. Jesús hace explícitos los grandes trazos de su predicación. Se dice Hijo. Es la primera vez que él se designa así. Y como Hijo se revela como  el gran don de Dios a la humanidad. Dios nos ama en su propio Hijo. Ante el pecado del mundo, el Hijo no trae una misión judicial ni excluye a nadie de la salvación. Dios no defiende la justicia o la ley frente al hombre o contra el hombre. Defiende al hombre pecador. Dios hace justicia, pero de manera diferente a como la practican los hombres. La medida del amor de Dios a los hombres es la entrega del Hijo, entrega que llega a expresarse de forma exuberante en la entrega voluntaria del Hijo a la muerte. Solo el Hijo, que permanece en el hondón del Padre, conoce bien este hecho. Jesús lo explica diciendo “tanto amó Dios al mundo…”. Dios, entregando a su Hijo, obra en serio, irreversiblemente, incondicionalmente. Jesús se siente engendrado por el Padre. El Padre se le entrega él mismo al engendrarle. Esta entrega eterna se hace entrega histórica en la entrega temporal que el Padre hace de Jesús a los hombres. En la cruz está el Hijo amando. Y está también el Padre entregando a Jesús. ¡Qué amor el del Padre y el del Hijo a los hombres, que se expresa como entrega total, eterna y temporal, como lo que Dios es hacia dentro y hacia fuera! ¿Quién podrá separarnos de este amor de Dios manifestado en Cristo? Ciertamente Dios ama en serio y sus dones son irreversibles. Salvarse o no, es creer en este amor.

Dios ama siempre. Sigue amando en el exilio al pueblo de Israel y sigue amando siempre al hombre pecador, a pesar de su pecado. Dios no condena nunca, es el hombre el que se condena a sí mismo cuando se niega a creer. Jesús dice a Nicodemo: “Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz para no verse acusado por las obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. ¡Vivir como prófugos de la luz! ¡No ver y no querer ver! Este es el gran mal del hombre. No solo no ver, sino hacerse imposible el ver. El hombre que no vive como piensa, termina pensando como vive. Las fuerzas del ambiente, las pasiones del mundo y las obcecaciones del ego, forman un contexto oscuro difícil de superar. Muchos no habitan en la casa de la luz, sino en la de las tinieblas. Cuando piensan, no siempre su mente es translúcida. En muchos, hay procesos de conocimiento y de adaptación que no acontecen en el terreno de la razón, ni en el de la fe, sino más allá de ellas. Están sedimentados en aberraciones asumidas como verdad y que no lo son. Hemos nacido en un mundo de rutinas y tradiciones ancestrales que son costumbre pero no verdad. Poseemos muchas verdades parciales, narradas por unos con desacuerdo de otros; costumbres percibidas por nuestros sentidos, no por la fe. Tenemos la luz poderosa del evangelio, la maravillosa conciencia de Jesús, su mensaje, la obra más bella de la razón y de la fe, y no trabajamos con convicción para logar una organización evangélica del corazón, para configurar de forma más fraterna nuestra sociedad.

Nos acercamos a la celebración de los sagrados misterios y debemos saber penetrar más en la conciencia de Jesús cuando él realiza nuestra redención. Él nos enseña que su elevación en la cruz es la elevación y salvación de los hombres. Nos dice que la fuerza de Dios es él mismo en la cruz. El poder de Cristo es el amor sufrido. A nadie vence. Ante todos se humilla. Su éxito personal está en la aceptación del fracaso propio antes que avasallar a los otros. Su vida somos nosotros. Nos salva antes que salvarse él mismo. En Cristo la verdad total es el amor sin límites. Jesús es Hijo de Dios y lo manifiesta estando en la cruz y muriendo en ella. Precisamente porque es Dios no baja de la cruz. Es la confesión del centurión en el calvario. El Hijo de Dios toma posesión de su señorío real en la cruz, vivida en el momento de mayor debilidad. Cristo es condenado como blasfemo no solo porque se confiesa Hijo de Dios, sino porque se considera su enviado precisamente mientras es escupido, ultrajado, masacrado a los ojos de todos. Jesús en la cruz abandona la omnipotencia y asume la impotencia. De esta forma rompe la idea dominante de un Dios más poderoso que amante, entre sus contemporáneos, y afirma que “cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí”. Esta es la cruz que nos salva. Tomemos nuestra cruz de cada día y sigamos con amor a Jesús, amando en la dificultad. La elevación de la cruz es también la elevación de la gloria.

                                                                            Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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