Domingo IV de Adviento, ciclo A

Lecturas:

Isaías 7, 10-14  –  Salmo 23  –  Romanos 1, 1-7

Mateo 1, 18-24: El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Comentario

JESÚS NACE DE MARÍA, DESPOSADA CON JOSÉ, HIJO DE DAVID

2019, Cuarto domingo de Adviento

Celebramos el cuarto domingo del Adviento. La Navidad está ya próxima. La liturgia nos ofrece un cuadro de urgencia con una visión convergente que abarca la historia y se centra en el acontecimiento ya próximo del nacimiento del Hijo de Dios. La primera lectura es un fragmento del libro del Emmanuel, de Isaías, y está ambientada en el contexto histórico de la llamada guerra siro-efrainita. Tiene una perspectiva profética y es visto en relación con el nacimiento del futuro Mesías. El rey de los sirios o arameos y el rey de Israel, o reino del Norte, llamado a veces Efraín, habían formado una alianza contra Asiria, y querían obligar a Judá a unirse a su coalición. Ajaz, rey de Judá del 735 al 719, se resistía a ello, por lo que decidieron atacar a Jerusalén. Entonces el profeta Isaías va a encontrar al rey Ajaz y le ofrece una señal de Dios. El rey se niega poner a prueba a Dios, pero su actitud, aunque parece una respuesta respetuosa, no lo es, porque ya había puesto a prueba a Dios aliándose con Asiria, y en realidad lo que no quiere es ver su nombre relacionado con el de Dios. Con todo, Isaías le recuerda que la señal ha sido ofrecida por Dios mismo y que, por tanto, no puede rehusarla. Profetiza el nacimiento de un niño, llamado Emmanuel, que nacerá de una mujer joven, -el texto hebrero no habla de una virgen-, y que será el futuro hijo del rey. Dios mantiene su fidelidad y se hace presente más allá del rechazo humano. La crisis tiene al final una perspectiva esperanzadora. La tradición ve en la promesa de Dios un signo del don del Mesías. El evangelio de hoy insiste repetitivamente en el verbo “engendrar”. Dios es vida y prodiga la vida en favor de su pueblo. El evangelio habla expresamente del nacimiento humano del Hijo de Dios, pero parte de una situación desconcertante: las dudas de José. A pesar de ello Dios actúa incluso en unas circunstancias anómalas e irregulares y desbarata la lógica de las mentalidades humanas. En un marco apretado aparecen diferentes personas humanas, María, José, Jesús. Y aparecen también el Espíritu Santo, el Ángel del Señor, el Bautista. Se destaca la figura de José, dudando, pero teniendo compasión, y al fin, obedeciendo las palabras del Ángel. José es puesto en escena interpretando y dilucidando sueños. Es una persona profunda que escudriña la realidad y sabe leerla en hondura. El conjunto y sus múltiples circunstancias nos invitan a mirar lo pequeño, lo escondido, el lugar insignificante donde, sin embargo, tiene lugar el mayor suceso de la historia. Los hechos nos instan a preguntarnos cómo percibimos la realidad y dónde buscamos la presencia de Dios. Nos dicen a primera vista que la lógica divina poco o nada tiene que ver con la razón humana. El hombre siempre actúa con el poder y la fuerza. Dios, en cambio, en este marco grandioso, abandona su omnipotencia divina y se reviste de la impotencia humana. Asume lo que no es para confundir lo que es. Tenemos que saber contemplar y discernir, como lo hizo José con sus sueños. El cuadro del evangelio de hoy nos dice que el Engendrado por Dios en la eternidad, su Verbo, es también engendrado por una joven virgen en el tiempo y en la tierra, Jesucristo. Pero la acción prodigiosa proyectada por Dios no acaba en Nazaret o Belén. Es un suceso que adquiere mayor espesura y densidad en el correr de los tiempos, cuando se encarna en la Humanidad, en cada uno de los hombres que fueron y serán. Y esto nos afecta en gran manera a todos y a cada uno. Nuestro verdadero problema es hacer lo que José hizo, saber interpretar, saber leer el plan y la voluntad de Dios. Una cosa es lo que sucedió en el plano de la historia visible y otra superior es lo que sucedió a todo hombre del pasado, del presente y del futuro, envuelto en la realidad del misterio. Una cosa es lo sucedido en Nazaret y Belén y otra lo que ocurrió a partir de la resurrección de Jesús y de Pentecostés. En la encarnación, Dios asumió la naturaleza humana de un hombre singular y concreto. En Pentecostés asumió a toda la humanidad de los siglos, animándola, divinizándola, extendiendo a ella la vida precisa de su resurrección gloriosa. Muchos cristianos de todos los siglos han llegado a concentrar su atención, en exclusiva o preponderantemente, en Nazaret y Belén, en el Cenáculo y el Calvario. Se olvidaron del suceso creador y regenerador de la resurrección de Jesús y de Pentecostés. O si lo recuerdan lo hacen como si se tratase solo de la resucitación física y singular de un cuerpo y de su vuelta a la vida anterior, pero no de la animación de la comunidad en la vida gloriosa del resucitado. Las causas de este olvido han sido históricamente muy reales y concretas y ha tenido muy grave repercusión en la comprensión de la vida cristiana del pueblo. Redujeron la resurrección a ser solo argumento apologético de la divinidad de Jesús, y dejaron de contemplarla como verdadero fundamento de la vida cristiana del pueblo. No vieron que del cuerpo resucitado de Jesús fluyó en el instante de su resurrección una corriente de gracia y de Espíritu Santo envolviendo a la comunidad apostólica entera. Entendieron la muerte y resurrección de Jesús como satisfacción jurídica por los pecados del mundo, pero no como animación espiritual de la nueva humanidad. En su lucha contra los arrianos, que negaban la divinidad de Jesús, tanto defendieron su divinidad que se olvidaron de su humanidad vivificante y divinizadora como verdadera Mediadora ante el Dios de la salvación. Resultaron dos marcos distintos de la fe que deberían haber sido complementarios, pero no lo fueron para muchos. El primero, el Jesús temporal y terreno. “Aquel” Jesús de ayer. El segundo el cuerpo místico de Cristo, el que vive hoy y siempre en nosotros y con nosotros. Es la nueva humanidad en trance de conversión en imagen viva de Cristo resucitad o, o Jesús como misterio. Jesús nació ayer de María y está hoy naciendo en nuestras vidas por medio de la liturgia y de la caridad activa. Las fiestas no contienen solo el recuerdo del ayer, contienen la realidad misma que conmemoran. Y este es el mayor suceso de la fe. Está bien recordar su venida temporal en Belén. Pero nosotros debemos centrarnos en la venida real y espiritual de Cristo hoy a nuestras vidas. La verdad fundamental del cristianismo es que Cristo vive hoy con nosotros, en nosotros, dentro de nosotros, nos está haciendo concorpóreos suyos, solidarios de su persona y de su destino. De tal manera existimos en Cristo Jesús que su vida, y los misterios de su vida, sus mismos sentimientos, se reproducen y actualizan en nosotros de tal manera que “somos vivificados en Cristo” (Col 2,13), “concrucificados con él” (Gal 2,19), “muertos con él” (2 Cor 4,19), “sepultados con él en el bautismo” (Col 2,112), “resucitados con él” (Col 3,1), “sentados en los cielos con él” (Ef 2,5-6). ¿De qué nos sirve que Dios haya venido al mundo si no viene realmente a nosotros? Que Cristo haga su Navidad en nosotros y que nosotros seamos Navidad de Dios en favor de todos los hombres

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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