Domingo IV cuaresma, ciclo A

Lecturas

1ª Samuel 19, 1b.6-7.10-13a  –  Salmo 22  –  Efesios 5, 8-14

Juan 9, 1.6-9.13-17.34-38: En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Comentario:

CURACIÓN DEL CIEGO.

2020 Domingo 4º de cuaresma

Hemos llegado al centro de la cuaresma. El evangelio de este cuarto domingo adensa su mensaje y Juan nos ofrece uno de los relatos más expresivos, orientado a prepararnos a la vivencia de la pascua. Nos habla de la curación de un ciego de nacimiento. El simbolismo expresivo de esta ceguera radical, y de su sanación, es tan intenso que, a pesar de la viveza del relato, este queda en un plano subordinado en relación con el objetivo principal de Jesús que quiere curar nuestras perversas cegueras del alma. Haremos muy bien si nos emplazamos a nosotros mismos dentro de la escena para que Jesús nos cure nuestras cegueras y nos conceda la mirada maravillosa de la fe. Sin duda, a fuerza de ver mal, tenemos la peor de las cegueras, la de la mentalidad. Hemos perdido el sentido de lo eterno, el sentido de Dios, nuestro valor absoluto personal. Y esto es un mal muy grave porque cuando nos alejamos de Dios nos alejamos de nosotros mismos. Jesús acaba de afirmar “Yo soy la Luz del mundo” (Jn 8,12). Ahora lo va a explicar dando vista a un ciego de nacimiento. El ciego que no conoce la luz es imagen de los que nunca han podido saber qué son ellos mismos, lo que es el hombre y el por qué y para qué de su propia existencia. Ante el ciego, Jesús escupe en tierra, hace barro con su saliva y le unta con barro en los ojos. Se pensaba que la saliva curaba. Hacer barro con la saliva hace referencia a la creación del hombre del barro de la tierra por parte de Dios. El Ungido por excelencia, Jesús, unge los ojos cerrados del ciego y le abre al conocimiento humano y creyente. Los fariseos, representantes del poder religioso y político, aparecen desconcertados porque, ante la actuación de Jesús, se derrumban ante el pueblo no solo los fundamentos teológicos de su sistema, sino también su propio prestigio personal. A ellos no les fascina la espectacularidad del milagro. Les carcome la pérdida de su propio prestigio ante el poder de Jesús. Delatan una cerrazón radical. Primero niegan el hecho considerándolo un engaño. Y cuando, ante la evidencia de los hechos, esto ya no les sirve, apelan a la autoridad funcional que ellos se atribuyen para declarar lo que Dios quiere o no quiere. No les interesa la sorprendente curación de un hombre, el asombro de que vea por primera vez, sino la infracción de la ley, porque ellos piensan que Jesús, curando, trabaja en sábado y quebranta la ley. Reflejan un Dios al que no le interesa el hombre, sino, ante todo, la observancia de la ley y la sumisión del hombre. Algunos de los fariseos descubren que un hecho como este no podría venir más que de Dios. Ven el poder de Dios, pero no el amor del Padre al hombre. Unos y otros se refugian en la incredulidad. Admitir el hecho destruiría sus prejuicios y privilegios. Les ciega el interés. No conocen la libertad: viven en las tinieblas y oscuridad. Y esto les es muy rentable. Los fariseos acuden al padre del ciego esperando de él la confesión de que su hijo no era ciego. Pero los padres confirman su ceguera. Y como estos tienen miedo a que los fariseos les echen fuera de la sinagoga, rehúsan toda complicidad con el hecho de que su hijo vea, y declaran que no saben quién lo ha curado. Como si adquirir la vista fuera un crimen que les impidiera alegrarse de la curación del hijo. La cerrazón de los fariseos es total y provoca el pánico de los padres. Los padres no pueden manifestar su alegría por la curación del hijo ni tampoco pueden mostrarse agradecidos a Jesús. Los fariseos, en el colmo de su cerrazón, dictaminan que Jesús es un pecador, porque ha curado en sábado, y proclaman que el bien del hombre es una ofensa a Dios. El ciego deberá admitir que habría sido mejor seguir siendo ciego porque la vista de la que ahora goza es contraria a la voluntad de Dios. Los fariseos defienden su postura negando la evidencia. Son enemigos de la luz. El ciego no se mete en cuestiones teológicas. Sabe que era ciego, ciego total, y que ahora ve. Esto le transforma y le hace feliz. Él ve ahora, pero los maestros están ciegos. El ciego se desentiende de lo que ellos predican y comienza a creer en Jesús. Pero los fariseos no solo se manifiestan como ciegos. Aparecen, además, como culpables de la ceguera de los demás. Ellos son la tiniebla densa que produce la ceguera del alma de muchos. Deforman la realidad y no tienen otro recurso que el de la violencia. Jesús da la vida y ellos la opresión. El evangelio del ciego nos afecta a nosotros. Somos ciegos. No vemos muchas realidades esenciales de nuestra vida. Tenemos muy borrosa nuestra propia trascendencia. Ver, y ver bien, es la puerta del saber y de ser. Nada existe en el corazón que no haya entrado por los ojos. Somos lo que vemos y asumimos con libertad. Es imposible amar lo que se desconoce. Hoy, las tinieblas del desconocimiento, o de mal conocimiento, bloquean seriamente la luz de nuestra fe. Son muchos los que viven atrapados, reducidos, en una concepción materialista de la vida. Otros muchos lo están también porque viven enclaustrados en un sistema exclusivamente teórico o conceptualista: piensan que poseen una realidad por el hecho de que tienen, sin más, nociones sobre ella. No pocos realizan expresiones piadosas y espirituales, sin que por ello vivan la vida del Espíritu Santo. Son pocos los que se dejan iluminar por el Espíritu. No todo conocimiento vale. Hay un conocimiento que solo es información: simplemente están informados. Hay quienes tienen conocimientos de las verdades de fe, de los enunciados del magisterio, y algunos hasta saben teología. Pero el verdadero conocimiento viene de lo alto. Muchos no piensan ni discurren, son iluminados. Nadie ama pura y exclusivamente por procesos de información o de formación intelectual. Quien se exhibe al sol se calienta. El calor no procede de él. Le viene de lo alto. El conocimiento que viene de arriba es llamado “revelación”. Afecta al hombre entero, sobre todo al corazón. Es “el conocimiento del amor” como dice Pablo (Ef 3,19). Activar solo el cerebro no es poner en marcha al hombre entero. “En tu luz veremos la Luz” (Slm 35,10) dice bellamente el salmo. Dios, cuando se nos da, y nosotros le dejamos entrar, nos comunica el mismo conocimiento con el que él conoce y con el que quiere que nosotros le conozcamos. Solo Dios puede adentrarnos en su misterio. “Conoceré como soy conocido”, dice Pablo (1 Cor 12,13). “Jesús, estremecido de gozo, dijo: gracias te doy, Padre, porque has dado a conocer estas cosas a los sencillos” (Mt 12,13). Jesús abrió los ojos a los discípulos de Emaús: “Entonces les abrió la inteligencia y le reconocieron” (Lc 24,31). Jesús mismo afirmó: “Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre” ( Jn 6,44). Hay un hecho evangélicamente cierto: nosotros no podemos producir su presencia. Si está es porque él viene. Lo nuestro es pedir con fe: “Señor, que vea” (Mc 10,51). Es tener corazón limpio y saber ver los signos de su presencia en nuestro mundo. Entre otros son: la lectura honda del evangelio, a ser posible comentada con personas de inquietud creyente. El estudio profundizado de la sagrada liturgia, depurada de la rutina y de la superficialidad. El estudio acompañado de los núcleos fundamentales de la fe. El conocimiento ahondado del concilio Vaticano II. La integración participativa en una comunidad de fe confesante y dinámica. El compromiso estable por la práctica solidaria, caritativa, en alguno de los espacios donde el hombre sufre. La amistad acompañada y compartida en la fe. Que el Señor nos abra los ojos a la grandeza de una fe viva y operante.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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