Domingo IV Adviento , ciclo C

Lecturas

Miqueas 5, 1-4  –  Salmo 79  –  Hebreos 10, 5-10

Lucas 1, 39-45

En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

 

¿QUIÉN SOY YO PARA QUE ME VISITE LA MADRE DE MI SEÑOR?

2018-19 Domingo 4º de Adviento

Avanzamos en el Adviento y la Navidad es ya inminente. Conviene que tengamos claro qué quiere aportar este tiempo sagrado a nuestra vida y con qué actitud deberíamos disponernos a ello. Está en relación con la razón de ser de nuestra propia existencia. Deberíamos saber ser libres ante la presión que ejerce ante nosotros el ambiente pagano y el mismo acontecimiento cultural de la navidad, para vivirlo en el contexto de una fe viva en consonancia con el evangelio y con lo que en verdad celebra una liturgia verdadera. Es cierto que la fe hay que saber inculturarla. De lo contrario no podría encarnarse en el mundo. La fe es auténtica cuando llega a impregnar el ambiente, las costumbres, las conciencias. Pero nunca podríamos reducir la fe a costumbre cultural con claro detrimento y disminución de los contenidos de nuestras celebraciones y de nuestras vidas. Es preciso vivir la fe y de la fe. El adviento nos conduce a decir sí a la esperanza fundamental del hombre. Es imposible vivir sin esperanza, porque ella es el comienzo de la verdad y de la realidad absoluta. Es triste vivir en falso. Es deplorable perder el sentido de lo eterno y caminar sin rumbo, perdidos. 

María recibe el mensaje de la encarnación y, al aceptar, Dios mismo se  encarna en ella. Este es el suceso más grande de la historia de la humanidad. Nos afecta profundamente a todos. Porque el destino verdadero de la encarnación de Dios no es el pesebre de Belén, sino la humanidad entera, que es divinizada. María reacciona con una fe exultante. Ella es lo diametralmente opuesto al fenómeno cultural y religioso contemporáneo de la frialdad e indiferencia. Quien no da sentido importante a su vida es porque no ha comprendido todavía el mensaje de la encarnación, ni ha sabido buscar, ni se ha enterado suficientemente. En realidad no tenemos motivos para ser optimistas ingenuos ni tampoco escépticos decepcionados. Pero sería verdaderamente cínico vivir alegremente una vida desfundamentada. Después de la encarnación, no somos polvo de tierra. María e Isabel, ante el anuncio del ángel, creen en su vocación trascendente. Y creyeron precisamente cuando Dios les pidió algo que rebasaba inmensamente lo ordinario. En todo hombre suelen ser más grandes sus deseos que la realidad. Todos experimentamos una vocación al “todavía más”, a la superación y trascendencia. Los sueños e ideales, los deseos y necesidades insatisfechas son una constante en la vida de todo hombre. María colaboró con Dios, no sin antes ser saludada como  “llena de gracia”.  Lo propio aconteció con Isabel de la que Lucas afirma que “se llenó de Espíritu Santo” para situar a María y situarse ella misma en la perspectiva de Dios. Ante la llamada de Dios, las dos mujeres creyeron y respondieron con ánimo generoso. De este modo María superó su pequeñez e Isabel su impotencia e incapacidad. Porque para Dios nada hay imposible. Dios, en el inicio, creó al hombre a imagen y semejanza suya. Decidió hacerse amigo del hombre y caminar siempre con él. Quiso que hombre no viviese solo, alejado de él. La vocación del hombre es Dios y solo Dios puede conducir al hombre en su terreno. Pero el hombre, en todo caso, ha de reconocer su nativa incapacidad de tener un horizonte tan inmenso, propiamente divino. María recibió en su seno a Dios y todo hombre recibe también una vocación que le sobrepasa. El hombre sobrepasa al hombre porque Dios va con él y le ha revelado que quiere caminar con él. Y el hombre ha de aceptar respondiendo con fe y alegría. La pequeñez del hombre hace patente la grandeza de Dios, porque el hombre llega a ser grande cuando se deja acompañar por Dios. La encarnación de Dios es el suceso más grande de la historia y la fe no es madura hasta que el hombre se apercibe y hace la experiencia de ello. Si Dios se ha encarnado, esto significa que Dios nos ama en serio, que se nos da del todo comprometido, sin retractación posible. Si Dios está con nosotros, y existe para nosotros, esto debe fundamentar la confianza esencial de cada uno de nosotros. La mayor alegría de Dios es que tengamos confianza en él, que le dejemos hacer de Dios. No solo deberíamos creer en Dios. La fe no llega a ser madura sino cuando llegamos a creer en el amor de Dios. 

Quien tiene a Dios y se deja poseer por él siente el ensanchamiento de su corazón y hace cosas grandes en favor de los demás. María recibe el anuncio de la encarnación, y una vez que ha consentido, y se ha realizado en ella la venida de Dios, en lugar de encerrarse en sí misma, va a Isabel. Y va aprisa. Lo que lleva dentro se le impone hacia fuera. Y necesita comunicarlo. Dios es así porque es Bondad expansiva. Y María vive no relamiendo su grandeza personal, sino sirviendo a los otros. Y comienza por Isabel. No lo hace solo de palabra, sino actuando. Y actúa sirviendo. La grandeza de Dios es la felicidad del hombre. Cuando el hombre se expone a Dios siempre experimenta que crece y se desarrolla. Dios no nos roba, ni viene a implicarnos en una moral restrictiva. No nos hace esclavos, sino libres. Viene a liberarnos de la ley y a introducirnos en la experiencia de la gratuidad absoluta divina. Todos los encuentros que narra Lucas después de la encarnación son gratificantes y faustos. Nos dicen lo que ocurre al hombre cuando Dios se comunica. Así acontece, primero, entre María e Isabel. Las dos acusan la dichosa resonancia de acontecimiento. El saludo de María hace saltar de júbilo a Isabel que grita: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Y Juan salta de júbilo en el vientre de su madre. Isabel grita También a María: “¡Dichosa tú porque has creído!”. Es la fe en Dios, y en el amor de Dios, lo que origina esta explosión de alegría. Dios siempre lleva a salir de sí y al encuentro comunicador.   

La alegría profunda es la comprobación de que Dios anda cerca, de que estamos construyendo nuestra identidad en su verdad. Todo hombre tiene en su interior la vena y mina de su verdadera grandeza y de su alegría, pero ha de saber extraerla, creyendo y siendo coherente con lo que es y tiene dentro, en lo más profundo. Las máximas alegrías son  las que proceden de dentro. Las cosas no tendrían atractivo si Dios no se les concediese. Es un contrasentido amar las cosas que sin Dios no existirían y no amar al autor de las cosas. Dentro del hombre está Dios en persona, y está esperando y amando. Si Dios nos da a su Hijo y esto funda nuestra esperanza ¿por qué no somos coherentes, orando y amando? Recibamos la encarnación y seamos encarnación. Tengamos el coraje de romper la cultura de la indiferencia y de la frialdad. Creer en la encarnación y en la navidad es creer que somos como la humanidad complementaria de Cristo donde él renueva su vida y los misterios redentores de su vida para alegrar a Dios y para hacer bien a los hombres. Preparemos nuestra fe y nuestra esperanza porque nada quiere tanto Dios como vivir en nosotros, y amar, sanar y curar, desde nosotros. Nuestra vida nuca puede tener tanto sentido y valor como cuando la vivimos creyendo y amando. Que él nos ayude a creer y a amar.  

 

 

Descarta el documento en formato .pdf
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *