Domingo III ordinario, ciclo B

Lecturas

Jonás 3,1-5. 10  –  Salmo 24  –  1ª Corintios 7, 29-31

Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Comentario

CONVERTÍOS Y CREED LA BUENA NOTICIA

2018, Domingo 3º Ordinario

El evangelio de hoy nos sitúa en el pórtico de la misión pública de Jesús. La Navidad nos ha introducido dentro del máximo acontecimiento de la historia del mundo: la encarnación de Dios. Con el nacimiento humano de Dios en el mundo, los hombres son ya otra cosa. La encarnación de Dios es la divinización del hombre. Concluido el tiempo introductorio que relata el nacimiento y la vida oculta, Jesús aparece en el evangelio eligiendo a sus colaboradores y proclamando públicamente el advenimiento del reino de Dios. Afirma: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia”. La noticia que ofrece Jesús cierra una época vacía de la historia de la humanidad e inaugura una nueva, luminosa y definitiva. Jesús aparece venciendo  el mal, el miedo y la contingencia, la ambigüedad y la angustia, la duda y la desesperanza. Él es personalmente advenimiento y realización de aquello que subyace en los anhelos y en la expectación de todos los hombres y de todas las épocas. En Jesús y con él entra en el mundo la Novedad radical. Es preciso saber reconocerlo y hacer la decisión de aceptarlo. Nos va todo en ello.

En el trasfondo de las palabras de Jesús estaba la opresión romana, la miseria y pobreza del pueblo, una vida dañada de soledad, de limitación y carencia, la incapacidad liberadora de los responsables del pueblo. Jesús aparece ofreciendo la máxima noticia imaginable: “Creed la Buena Noticia”. Y como signo de ello inaugura la liberación de los oprimidos, la curación de los enfermos, la liberación de los poseídos de cualquier mal. A la perversidad de los reinos humanos, que generan cautividad y esclavitud, sobreviene ahora el Reino de Dios, ofreciendo paz, alegría y abundancia.

La invitación de Jesús a la conversión, que anuncia el evangelio, va precedida de dos lecturas: una relata la prodigiosa conversión de Nínive, la ciudad pecadora. Es una narración más didáctica que histórica. La conversión es general y profunda y todo ello aparece como obra de Dios. Jonás se niega a predicar la conversión a la ciudad, y pone de manifiesto que frecuentemente la dificultad de convertir no está en los destinatarios, sino en los propios evangelizadores. Dios siempre realiza su obra salvadora a pesar de toda clase de dificultades. El mundo está establecido en el pecado y la maldad, pero la representación de este mundo pasa, dice Pablo en su carta primera a los corintios. Y todo pasa porque es relativo. Lo esencial es el reino de Dios  que Jesús ofrece: entrar en él, asumirlo, convertirnos a él.

Jesús, frente a las potencias del mal que subyugan al mundo, ofrece el reinado de Dios. Es la influencia y el desbordamiento del bien suplantando las potencias del mal. Es el sentido decisivo de lo eterno relevando la vida sin sentido. Es la sustitución de la mentira por la verdad, del egoísmo por la solidaridad, del centramiento en el ego por la superabundancia de la misericordia entrañable.

Jesús inaugura el Reino de Dios anunciando que “se ha cumplido el plazo”. La encarnación de Jesús representa la venida de Dios al mundo, de la eternidad al tiempo. Con Jesús la plenitud la tenemos ya, está aquí, en medio del tiempo. Él en persona es el dichoso exceso de nuestra identidad. Es nuestra vocación humana, divina y eterna, nuestro horizonte y nuestra meta. Después de Cristo no hay ya nada. Él es nuestro acabamiento y nuestra bienaventuranza. Dice Jesús que “el Reino de Dios está cerca”. Él, encarnándose, se ha situado cerca de los hombres. Y con él nos viene  a nosotros su filiación divina personal que él hace nuestra. Ahora la gran noticia es su persona, su encarnación personal en el mundo y a favor de los hombres. El meollo del mensaje inicial de Jesús es “convertíos”. Debemos entender hoy la expresión de Jesús. Cuando el trasfondo del término “conversión” lo solemos referir solo o principalmente a un cambio legal o moral, se genera en nosotros una actitud recelosa, costosa, aburrida. Todo hombre cree que es siempre mucho más divertido ser libres, independientes, emancipados. El niño pasa de la infancia a la vida adulta logrando su independencia y autonomía. No ser dependiente de nadie es un gran anhelo y máxima ambición. Jesús no viene solo para que seamos “buenos”, sino para divinizarnos, para introducirnos en la esfera de Dios. Dios nos creó no solo como criaturas, sino como imagen suya. Nos diseñó en  su mismo Hijo y nos predestinó a existir con él y en él. La encarnación de Jesús no es un suceso fortuito y aislado. Está diseñada y ejecutada en función de nuestra vocación y destino eterno. Somos hijos de Dios porque es la misma filiación divina de Cristo la que nos penetra y envuelve.

Cuando Jesús nos emplaza a convertirnos, vincula la conversión a la aceptación de su persona, al ofrecimiento del reinado de Dios. La conversión no lleva a la ley ni acaba en la ley, sino en la persona de Jesús. Y esto es una gran gracia, un privilegio, un gran júbilo. Cuando uno en la vida encuentra una máxima oportunidad de cara al trabajo, o al matrimonio, o a un destino excepcional, ordenarle que esté alegre y dichoso, por el imperativo de la ley, es un insulto. La alegría, o brota de dentro, o no es verdadera alegría. La conversión nos lleva a la participación de la Divina Naturaleza, a la experiencia de la paternidad de un Dios que es verdadero Padre para nosotros, a la animación de nuestra vida por el Espíritu de Dios que nos ofrece el mismo conocimiento de Dios y el mismo amor de Dios. Nos traslada al espíritu de las bienaventuranzas, de las parábolas y discursos de Jesús, no solo conocidas, sino vividas. La mayor tragedia de la Iglesia no es el alejamiento de los que se van, sino el alejamiento del evangelio en los evangelizadores que predican su palabra, no la de Dios; se predican ellos, no el evangelio. No es lo mismo predicar en la misa que predicar la misa. Los textos sagrados, bien entendidos, son siempre gran noticia. Si no emocionan es que no lo son. Una homilía no es buena porque tiene un chispazo de buen decir, plagio de un poeta o literato. No pocos predicadores, con la excusa de ser sencillos apenas dicen nada. Una predicación que no eleva, que no derriba la vulgaridad, que no hace feliz, no es cristiana.

La verdadera carcoma de la fe cristiana es la rutina pertinaz de muchos cristianos. Muchos han envejecido su fe más que su propia persona. Son viejos porque han decidido ser viejos. La rutina lleva necesariamente a la mediocridad. La máxima recomendación divina de todos los tiempos es la de amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, con todas las fuerzas. Y esto hay que hacerlo siempre. El cielo es la fijación de amor con el que hemos llegado a amar en la tierra. La mediocridad es máximo problema de los cristianos de hoy. Viven en perenne tentación de fuga, de intento de cobijarse en su privacidad. Son fugitivos de la oración y de la comunidad, los dos pilares de una perseverancia dichosa. Su verdadera tragedia es que no dejan a Dios ser y hacer de Dios en sus vidas. Están siempre ausentes de donde se libran las batallas del fortalecimiento y vigorización de la fe. Ni se encienden ni encienden a los demás. Cada uno vive aparte su individual historia de salvación. No han entendido todavía que el cristiano se salva salvando. Son ausentes perpetuos. No han penetrado nunca en el tálamo esponsal de la mística, de la alegría de la fe y de la comunidad. Creen que porque saben verdades, poseen la verdad. Y la única verdad es la vida, la del evangelio. Hacer tensamente consciente y dichosa nuestra fe y nuestro apostolado es la mayor riqueza de nuestra vida. Esto es gracia de Dios. El nuevo corazón, la verdadera conversión, el cambio de actitudes y valores, es don de Dios y hay que desearlo y pedirlo insistentemente en la oración. Si nos limitamos a pensar solo en lo que nosotros hacemos, seremos siempre unos disminuidos espirituales. Debemos pensar más en lo que Dios hace y quiere hacer en nosotros. Es imposible que el Sumo Bien, la Suma Verdad, no quiera que cada uno de nosotros amemos de todo el corazón.

                                                  Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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