Domingo III ordinario, ciclo A

Lecturas

Isaías 8,23b-9.3  –  Salmo 26  –  1ª Corintios 1, 16-13. 17

Mateo  4, 12-23:   Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos». Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Comentario

SE ESTABLECIÓ EN CAFARNAÚN PARA QUE

SE CUMPLIERA LO DICHO POR ISAÍAS

2020, 3º Ordinario

La lectura del evangelio sitúa a Jesús en la región de Galilea, la tierra donde había vivido los años de su infancia y de su juventud, aunque no nos emplaza en Nazaret sino en Cafarnaúm, junto al lago de Galilea. El texto tiene gran relieve porque alude a hechos decisivos: el punto de arranque de la misión pública de Jesús, la elección de sus primeros discípulos y la formación del primer núcleo de comunidad en torno a su mensaje. La actividad pública y la proclamación del mensaje de Jesús se van a emplazar en un viaje de Jesús y sus discípulos de Galilea a Jerusalén, en una especie de cátedra ambulante en la que Jesús va a ir realizando los signos de su mesianismo y va a ir explicando en discursos y parábolas la naturaleza de la misión recibida del Padre de los cielos. Jesús comienza su misión dejando Nazaret y asentándose en Cafarnaúm. Bajo este frío dato de Mateo se encubre para Jesús un momento de profunda tensión emotiva: el abandono del hogar y la vida itinerante. Cafarnaúm era una población activa rodeada de ciudades cosmopolitas provenientes de la gentilidad: Tiberíades, Betsaida Julias, Tariquea. De allí partía la “Via maris”, la ruta hacia el mar, arteria de enlace internacional entre Damasco y Egipto. Esta tierra estaba habitada por una población de gran vitalidad y de mayor abertura humana. Galilea fue llamada mucho tiempo “de los gentiles”, extranjeros paganos, a causa de su población preponderante después de las deportaciones. Este dato, ya en Mateo, puede comportar un indicio de universalidad en la intención inicial de Jesús de irradiar su mensaje a todas las naciones o gentes. Mateo constata que el pueblo estaba asentado en tinieblas. Para él la presencia de Jesús representa la venida de la Luz o del Sol naciente que va a iluminar las tinieblas y va a convocar a todos a seguirle. Jesús comienza su predicación llamando a todos a la conversión. El motivo es la llegada del reino de los Cielos. No enseña mediante temas o proposiciones. Su evangelio tiene la belleza y generosidad de la luz que se difunde desde su persona iluminando todo el horizonte invitando y atrayendo. Ofrece una idea germen destinada a cuajar en el alma de toda una colectividad. Todos debieron sentir la invitación a realizar algo que coincidía con la realización plena de sus propias aspiraciones personales. Jesús dice a todos: “convertíos porque llega el reino de los cielos”. Solo Mateo indica esta fórmula. Los hebreos, por reverencia, solían sustituir el término Dios por otra denominación convencional. Lucas y Marcos hablan más bien del “Reino de Dios”. La fórmula no fue acuñada por Jesús. Existía ya en el vocabulario religioso del pueblo. Jesús la purificó de sus adherencias menos espirituales. Ambas fórmulas se dan por sinónimas. La idea está muy enraizada en el Antiguo Testamento y explicaba la soberanía trascendente de Yahveh mediante la imagen social de la realeza terrena. Dios asocia esta idea de realeza a la dinastía de David. El público que escuchaba a Jesús tenía interpuestas entre sí mismos y la Biblia muchas ilusiones populares. Unos no esperaban nada. Simplemente vivían su vida. Otros observaban mecánicamente la ley sin comprometer el amor. Anidaba también un cierto espiritualismo puro que circunscribía su religiosidad al orden moral y religioso. Existían corrientes que cultivaban una cierta situación interior referida a una agrupación espiritual constituida solo por santos. Y ayer, como hoy, muchos centraban su espiritualidad en la espera de una poderosa intervención de Dios al final de la historia. La conversión que Jesús predica es una reordenación teocéntrica de la vida entera, del pensar, sentir y vivir que quedará perfectamente reflejada en el Padre nuestro y en las bienaventuranzas. Desde el primer momento va configurándose progresivamente una línea centrada en la persona y acción peculiar de Jesús que responde a la idea de “Siervo de Yahveh” de Isaías, del “Hijo del hombre” de Daniel y del “Hijo del Padre” manifestada por la voz misteriosa del Padre en el Bautismo y en la Transfiguración. La idea pasa también por la imagen del cordero pascual libremente sacrificado por todos. El núcleo del mensaje es el amor y servicio al hombre, sanándolo, liberándolo de sus servidumbres y ataduras, y, sobre todo la entrega generosa que se expresa no mediante los poderes de la tierra, sino en la pedagogía de la debilidad, en la fuerza del propio anonadamiento. En concreto, en el poder de la cruz. El evangelio representa, pues, un posicionamiento de futuro en orden a la evangelización. Por un lado está el pueblo, amalgama de increencia, de fe residual del pasado, sedimentación de costumbres y tradiciones de un tiempo remoto, subyugado por invasores extraños que imponen su ley esclavizante y recaudadora. Por otro, los fariseos y saduceos, mantenedores del orden legal y moral, de las viejas costumbres y de una observancia rutinaria, literal y puntual. Y ante todos ellos aparece Jesús con una propuesta radical de Dios como Padre de todos, y de los hombres como hermanos. El evangelio de hoy concluye con dos narraciones de vocación y seguimiento de los primeros discípulos de Jesús. Se trata de una de las más íntimas vivencias del cristianismo de primera hora, la de seguir a Jesús. Este seguimiento afecta a dos círculos concéntricos, el de los discípulos y el de la multitud. En nuestro evangelio se habla, primero de la vocación de Simón Pedro y la de Andrés, y después, de la de Santiago y Juan. En el trasfondo psicológico de los relatos se respira un recuerdo autobiográfico imborrable de los protagonistas del evangelio que, primero, debieron sentir una emoción indescriptible al sentirse llamados por Jesús y que, después, la supieron reflejar cuando ellos mismos dieron cuenta a la comunidad y a los hagiógrafos de aquello mismo que les había sucedido personalmente con Jesús. Dice el evangelio que los elegidos, al instante, dejando las redes, le siguieron. Es de señalar la radicalidad del seguimiento. “Dejar las redes”, para un pescador profesional, tiene sabor de nostalgia y es expresión de la radicalidad del seguimiento. La elección de Jesús representa en la vida un don extraordinario. El cambio de vida que ello supuso en los discípulos fue dramático. En lo esencial de esa elección estamos incluidos cuantos gozamos de la fe. Es gracia y don supremo. Seguir a Jesús es siempre máxima opción. Lo cambia todo. Nosotros nos hemos encontrado con la fe en el seno de una familia creyente con la connaturalidad del aire que respiramos. Superando rutinas, deberíamos agradecer a Dios este supremo don de sentirnos amados y elegidos y deberíamos replantear nuestra vida como seguimiento seriamente consciente y radical. El espacio del encuentro lo ha macado ya la Iglesia de los inicios cuando, después de la resurrección del Señor, se ha reunido siempre y en todos los lugares, dominicalmente, para escuchar los evangelios. Lo hizo obedeciendo al mismo Señor. Los evangelios proclamados no son la crónica de un difunto. Son Jesús mismo hablando él en persona hoy y a cada uno de nosotros. La eucaristía dominical es la escuela de Jesús. Es el día que hace el Señor. En él se nos da él mismo. Y para siempre. Como los primeros discípulos, sintamos el gozo supremo se sabernos amados y elegidos por el Señor y la alegría de saber escuchar y seguir.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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