Domingo III de Pascua

Lecturas:

Hechos 2, 14. 22-33  –  Salmo 15  –  1ª Pedro 1, 17-21

Lucas 24, 13a. 15-17a .19b-32

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: «¿Qué?»
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Comentario

LE RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN

2017, Domingo tercero de Pascua

            Celebramos hoy el tercer domingo del tiempo pascual. En la primitiva Iglesia era este un tiempo denso y rico en el que los nuevos bautizados recibían una instrucción especial, la mistagogia, dedicada a ahondar y saborear el misterio vivido el día de la pascua al recibir el bautismo. Saborear era no solo aprender y memorizar, sino integrarse en la comunidad de fe mediante una convicción profunda y una emoción sentida. Tanto la enseñanza como la celebración estaban orientadas a conseguir no ya  un Cristo conocido, sino vivido. Contrasta esto con la fe usual de tantos cristianos de hoy que solo recibieron conocimientos y normas, fórmulas de viejos catecismos y de tradiciones heredadas que hoy ya no son suficientes para vivir una fe dichosa y convincente.

El evangelio de hoy representa una intensa catequesis que pretende evangelizar la frialdad e indiferencia, el desánimo creyente o el abandono y dejación de la fe, ese fenómeno actual de tantos cristianos que han abandonado la práctica religiosa y se han distanciado de ella desalojándola de sus convicciones y de sus vidas. La escena del camino de Emaús nos pone en pista para saber reconocer a Cristo en nuestras eucaristías haciendo arder nuestro corazón, si es que no ha ardido nunca, mediante un conocimiento entusiasmado de lo que implica para nosotros su resurrección según el testimonio fuerte de las Escrituras.  El evangelio de hoy es como una aparición de Jesús resucitado que se ofrece como cumplimiento de todas nuestras aspiraciones y deseos y nos pide un corazón disponible para encontrarle.

Dos de los discípulos abandonan Jerusalén desalentados, y se dirigen a Emaús. La ejecución de Jesús había puesto fin a su proyecto de vida junto a él y retornan a su vida anterior. Mientras que unos discípulos se habían escondido atemorizados en Jerusalén, con las puertas bien cerradas, otros huyeron lejos. Una esperanza inicial e ilusionada quedó finalmente derrumbada en todos ellos. Ya en los inicios del cristianismo, en los mismos discípulos de Jesús, se produjo el primer desánimo de la fe. La dejación de la fe, traumática en unos casos y lenta e imperceptible en otros, ha sido siempre en la historia del cristianismo un fenómeno importante. Muchos creyeron y después dejaron de creer. Otros creían que creían, pero nunca llegaron a creer en serio. No pocos asumieron creencias y prácticas más religiosas que cristianas, pero también las fueron perdiendo pausada e imperceptiblemente. No es raro ver a quienes viven en una ambigüedad tal que aunque creen y practican, su fe no es sino un residuo religioso, ambiguo e irreconocible, en relación con la verdad del evangelio. La pérdida o relajamiento de la fe es un fenómeno de siempre, pero, sin duda, reviste hoy un realismo muy especial.

Jesús subió a los cielos, y lo que era visible en su humanidad corporal, pasó a los sacramentos de la Iglesia. “No os dejaré huérfanos”, dijo (Jn 14,18). Los discípulos de Jesús, primero, y los creyentes de todos los siglos, después, están invitados a aceptar la ausencia corporal de Jesús después de su resurrección. Él subió verdaderamente a los cielos y está allí sentado junto al Padre. Ahora él está con nosotros, pero de otra manera misteriosa que, bien entendida y asumida,  puede incluso ser más penetrante y asombrosa. Él ahora está soplando su Espíritu en la comunidad de creyentes para ser él en nosotros, para formar su Cuerpo místico. Creer en esta nueva presencia y sentirse en contacto explícito e intenso con ella es lo que responde a una fe normal, correctamente planteada. Emaús es un evangelio necesario y prodigioso que revela el camino del encuentro de quienes, después de la ascensión de Jesús a los cielos, quieren encontrarse en verdad con  él. No hay otra vía. Escritura y eucaristía, palabra y pan, he ahí el camino. Jesús lo afirma expresamente. “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!” (Lc 24,25). “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24,32) ), dicen los discípulos”. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24,30). Dios está en su Palabra. En los que entienden y asumen su verdadero sentido y significado. Dios es Palabra, y obra y crea hablando. No hay nada donde no existen las palabras. Hablar es expresarse. Es una intimidad que se exterioriza. Pone en común el mundo de quien habla con el de los que son hablados, el de los demás. Es oferta de ser. El yo no es concebible sin un tú. Es en la palabra donde el hombre mora, vive y convive y se da. El hombre necesita hablar y ser hablado. El lenguaje más hermoso es el del amor, el del sentido, el que reflejan los símbolos cuando decimos algo inefable e inexpresable. La palabra nos saca de nosotros mismos y nos traslada al otro, a lo inexplicable y maravilloso. Nada tan dichoso como decir al otro palabras, piropos de amor, provocando gozo, alegría, felicidad. Dios, cuando habla, no transmite solo sentimientos. Crea el ser. Nos da su Ser.

En las Escrituras está Dios, está el Verbo, la Palabra. Además del sentido original, del momento en que se produce la palabra, sigue un sentido más pleno, espiritual, que es el que la Palabra tiene en cada tiempo y lugar en el correr de la historia. La relectura de la palabra de Dios es algo constitutivo del texto. Es una palabra que se escribió para ser proclamada siempre en la asamblea reunida, como viva y actual. Jesús es su Palabra. Cuando en la liturgia se proclama esta Palabra, “es Cristo mismo quien habla” (SC 7). Y se dice él mismo, él comunica su propia vida. Oír, acogerle, es comulgarle, comer su cuerpo. Cuando el evangelio es proclamado, tenemos que permanecer en actitud de comunión, no solo para saber, sino para vivir. La palabra no es concepto, sino vida. Es la persona misma. Escuchar es entrar en comunión.

Jesús está también en el pan compartido. Dar pan, hacerse pan para el otro, es dar vida. Es entrar dentro del otro y vivir en él. En la eucaristía no comemos pan material, comemos la persona y vida de Jesús, su amor, sus sentimientos. Decir que Cristo es pan de vida es decir que sus dichos y discursos, sus parábolas, su intimidad personal pasan a ser nuestra propia vida. Él mismo se hace vida dada. Es verdadera comunión de vidas. La comunión se produce cuando comemos el pan en la forma del evangelio proclamado. No hay comunión sacramental del pan donde no hay comunión espiritual de la palabra. Cuando oímos el evangelio y después comemos el pan, comemos a Jesús en la forma que el evangelio proclama. Comer a Jesús es ser él, dejarle ser en nuestra vida y mentalidad. Cuando uno come eucaristía y evangelio, su vida es Cristo.

Los discípulos de Emaús hicieron una confesión preciosa que tiene sentido perenne y universal. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32). “Explicar las Escrituras” significa abrirse a la amistad personal con Jesús. Es decir, abrirse a su persona, a sus sentimientos, a su evangelio. Saber solo muchos catecismos e incluso teología, no es suficiente. Nuestro cristianismo actual tiene una carencia imperiosa de Cristo, de vivencia personal con él. No es lo mismo saber sobre Cristo que saber a Cristo. Sin Cristo no hay cristianismo. Sin una relación personal, de amigo, de esposo, de padre, no hay fe viva. La fe es original e inexorablemente relación personal. El cristianismo, antes que un sistema de dogmas y de normas, antes que una religión, antes que una práctica “religiosa”, es una persona, Jesucristo. A los discípulos de Emaús, que ya conocían y seguían a Jesús, el Resucitado les abrió los ojos. Y ellos no solo lo conocieron, sino que lo reconocieron en el corazón, afectivamente. Y este es nuestro camino. Que Jesús ponga su evangelio en nuestro corazón, en nuestras motivaciones y sentimientos.

                                                            Francisco Martínez

 

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