Domingo III de Adviento, ciclo B

Lecturas

Isaías 61, 1-2a.10-11.13  –  Salmo: Lucas 1, 46-50.53-54  –

1ª Tesalonicenses 5, 16-24

Juan 1, 6-8.19-28

.Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Comentario

EN MEDIO DE VOSOTROS HAY UNO QUE NO CONOCÉIS

2017, Domingo 3º de Adviento

            Adviento es un tiempo de espera alegre y alborozada. La celebración de la Navidad se ha caracterizado siempre por su fuerte resonancia social. Pero la alegría a la que convocan los textos litúrgicos de hoy desborda en gran manera esa alegría social. Se nutre de las más ricas esencias bíblicas y litúrgicas. Es preciso saber profundizar en ellas. Nadie como la palabra de Dios nos puede dar la razón explícita de esa alegría. Este tercer domingo de Adviento ha sido tradicionalmente llamado “Gaudete”, o “Alegraos”, la primera palabra latina de la antífona introductoria a la misa, que se ha recitado durante siglos al celebrar la eucaristía de este domingo. El texto está tomado de la carta de Pablo a los filipenses y dice: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres”. Esta alegría ha de extenderse a toda nuestra vida cristiana. Si no estamos muy alegres, si estamos tocados de la frialdad e indiferencia ambientales características de nuestra época descreída, eso es señal de la debilidad de nuestra fe. Las verdaderas alegrías brotan de lo más profundo, y están relacionadas con la especial presencia de Dios sentida y experimentada. La palabra de Dios y los textos litúrgicos nos dicen que “el Señor viene” y que “la salvación está cerca”. En el evangelio de hoy Juan exclama: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo”.  Cuando Jesús se acerca a Juan para ser bautizado, Juan dirá alborozado: “¡Este es!”.

Los que se han formado bien en la fe saben que la Navidad no es simple recuerdo del pasado, que es una fiesta que contiene la realidad misma que conmemora. Cristo que vino ayer históricamente a Palestina, viene hoy con una realidad profunda, vivificante, espiritual, a cada uno de nosotros, anticipando en nosotros la salvación definitiva. Esta venida actual, en el Espíritu Santo, hace nuestra existencia eterna. Lo que nos regala, entrará ya en el cielo. Son los valores y dones propios de la vida eterna.

 

UN JUBILOSO ANUNCIO DE LIBERACIÓN

El evangelio de este domingo viene precedido de dos textos bíblicos. El primero pertenece a Isaías. Presenta a un personaje misterioso que proclama de parte de Dios un mensaje de gozo y de salvación. Anuncia buenas noticias a los necesitados: la sanación y curación de los desahuciados, la proclamación de una amnistía a los presos o la de un año de gracia o jubileo en el que las deudas son perdonadas y los esclavos son puestos en libertad. Esta alegría es comparada a la de los nuevos esposos en su fiesta nupcial, o a la alegría que produce la exuberancia de la tierra cuando hace germinar lo mejor de sus frutos. El segundo texto es de la primera carta a los Tesalonicenses en la que Pablo anuncia la venida del Señor y pide que presentemos nuestro cuerpo, alma y espíritu bien dispuestos a la recepción del don.

El evangelio presenta el testimonio de Juan sobre Jesús, como testigo de la luz. En una primera escena Juan aparece dialogando con los líderes del pueblo, sacerdotes y levitas, que le preguntan: “¿quién eres tú?”. Juan responde: “soy la  voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor”. Ante la insistencia, Juan señala el núcleo del mensaje: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y a quien no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. Juan describe todas estas cosas “al otro lado del Jordán”. Lo que quiere destacar el evangelio es precisamente lo que está sucediendo en las dos orillas. En una orilla vive mucha gente establecida en la práctica de una fe tradicional que ha derivado en simple costumbre social, en tradiciones rituales sin veracidad ni sinceridad. Allí vive la gente procurando su interés, porfiando, luchando, incurriendo en la desfundamentación y mediocridad. Allí ejercen su ministerio los responsables del templo y de la ley, manteniendo un culto vacío, reducido a rutinas piadosas sin referencia viva y esencial al Dios vivo. En la otra orilla, en cambio, está el desierto, lugar del vacío, de la soledad y del silencio. Lugar donde no hay vida, donde habita la nada. Y aquí es donde aparece Juan Bautista, alejado del ruido y de la vana palabrería. Y sobre todo, alejado de una práctica religiosa vacía, que olvida al Dios verdadero y practica la ganancia interesada. Y allí precisamente está bautizando Juan, realizando la inmersión y la ablución en el agua como símbolo de un nacimiento nuevo que clausura el pasado y abre a un futuro distinto y superior. Todo esto coincide con el mensaje inicial de Jesús que aparece proclamando: “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la buena noticia”.

 

LA RADICAL NOVEDAD

Juan aparece en el desierto clamando: “Allanad el camino al Señor”. Dice que ya está en medio de la gente aquel que viene a salvar a todos aunque todos le desconozcan. Añade que él bautiza con agua de purificación, pero el que viene tras él va a bautizar en el Espíritu Santo.

Jesús sigue siendo, también hoy, desconocido por muchos. Le conocen quizás informativamente, como personaje singular que ha vivido en la historia. Pero no como el Señor de sus vidas. Y quien nos salva no es solo el Jesús conocido, sino el Cristo vivido. Es, como dice Juan, el que nos bautiza en el Espíritu Santo.

Bautizar es sumergir, desaparecer en el agua, eliminar lo sucio y viejo. El bautizo se realiza mediante una acción simbólica de ser sumergido y emerger. La realidad simbolizada es el enterramiento y la resurrección del Señor que se actualizan en los bautizados. El bautizado muere de la misma muerte de Jesús y resucita de su misma resurrección. Lo que aconteció en Jesús acontece ahora en el bautizado. Es un gesto eficaz, eternizante, divinizador. Es un verdadero nacimiento a lo alto. Jesús explicó a Nicodemo que el bautismo hace nacer a lo alto, partiendo del agua y del Espíritu. Para Jesús, y después para la Iglesia, el bautismo es una nueva creación. Es el nuevo diluvio que anega a la humanidad pecadora y salva a la humanidad fiel. Es la nueva separación de las tinieblas y de la luz magníficamente expresada en la curación del ciego de nacimiento que, al ser iluminado por Jesús, pasa de la increencia a la fe, de las tinieblas a la maravillosa claridad de Dios. Es el nuevo éxodo que abre paso en las aguas a los bautizados hacia la nueva patria y sepulta mortalmente a los enemigos. El bautismo de Juan era un bautismo de penitencia para remisión de los pecados. El bautismo de Jesús concede el Espíritu Santo y regenera divinamente. Es una realidad profunda de fe que agrega a la comunidad de los salvados y a su estilo de vida. Los bautizados abandonaban la vida pagana social renunciando a Satanás y a sus pompas, es decir, a los espectáculos donde fieras y gladiadores mataban para divertir a la gente, a los oficios de la prostitución, de acuñadores de emblemas del Cesar-dios, de las competiciones violentas. El bautismo es un gesto de Jesús que perdona el pecado original y los pecados personales, haciendo de cada bautizado no un instrumento de perdición, sino de relaciones positivas y bienhechoras. El bautismo incorpora a Cristo y a la vida de Cristo haciendo del bautizado una nueva criatura. Pone a los bautizados en comunión con el misterio de la Trinidad y les otorga la capacidad de poder correalizar la vida y felicidad de un Dios Trino como infinito y dichoso intercambio de Ser, de Conocer y de Amor. Nos hace partícipes de la Divina Naturaleza y nos constituye como verdaderos hijos de Dios. Disfrutar de estos bienes supone conocerlos hondamente y vivirlos gozosamente.

                                                                Francisco Martínez

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