Domingo III cuaresma, ciclo C

Lecturas

Éxodo 3. 1-8a.13-15  –  Salmo 102   –  1ª Corintios 10, 1-6.10-12

Lucas 13, 1-9  –  En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.» Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?» Pero el viñador contestó: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».»

Comentario

SI NO OS CONVERTÍS, TODOS PERECERÉIS

2019, Domingo tercero de Cuaresma

Avanzamos en la vivencia de la cuaresma, camino de la pascua, y las lecturas de este domingo nos convocan a realizar una verdadera conversión. Vivir la pascua representa una verdadera gracia de Dios. Es la vida resucitada del Cristo hoy viviente en los cielos que él mismo nos infunde mediante el don del Espíritu Santo. Al acogerle en nosotros, debemos vivir una vida según él. No se trata solo de que organicemos una vida espiritual, sino dejarnos animar y conducir en todo por el Espíritu mismo de Jesús. Este es el fundamento de la verdadera conversión. En la primera antigüedad, en este tercer domingo de cuaresma, se practicaban los escrutinios a los catecúmenos. Eran examinados sobre la sinceridad de su conversión y vivencia de la fe, antes de recibir el bautismo. Hoy la liturgia nos invita a nosotros a realizar esta misma conversión. Pero ¿qué significa la conversión? En el evangelio de hoy Jesús nos da una explicación fundamental de ello. Dice Lucas que algunos se acercaron a Jesús contándole un suceso horrible. Unos galileos fueron asesinados por Pilato en el mismo templo de Jerusalén mezclando su sangre con la de los animales dispuestos para el sacrificio. Aparte de la masacre, la mezcla de sangre humana con sangre animal era abominable para los judíos y lo era también que todo ello sucediera en el recinto sagrado del templo y en tiempo de Pascua. El crimen horrendo no podría ser más provocativo. Era opinión popular generalizada que los males que acaecían a las personas eran castigos de Dios por pecados cometidos. La muerte denigrante de aquellos hombres galileos tenía que ser consecuencia de terribles pecados personales. Pero Jesús rechaza de plano esta creencia popular. Y apela a un nuevo ejemplo. La torre de Siloé, en la muralla de Jerusalén, se derrumbó aplastando a dieciocho personas que murieron en el acto. Jesús, frente a la creencia general, afirma que estas desgraciadas personas no eran en aquel momento más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén. Y pone a todos sus oyentes frente a sus propios pecados personales. Niega la relación mecanicista entre pecado y castigo terreno. Se opone a una concepción de la justicia divina ciega y cruel, que castiga de forma inmisericorde, y confiesa a Dios como un ser amante que busca el diálogo con las personas y que se expresa con abundante misericordia. Jesús lo confirma con la parábola de la higuera que no da fruto. Símbolo del pueblo de Israel, en la Biblia, Jesús la identifica con los que le están escuchando. No dan frutos, no corresponden al amor de Dios. Pero la misericordia y paciencia de Dios les ofrece una nueva oportunidad. El labrador cava alrededor de la higuera y la abona para que dé fruto. Jesús quiere que fructifiquemos. La cuaresma es tiempo propicio para ello. Es tiempo de conversión. Convertirnos es aceptar la vida nueva que Cristo nos da y ser coherentes con ella. Es cambiar no solo los actos, sino las actitudes. Y no solo cambiar las actitudes, sino dejarnos transformar por el don de Cristo, dejarnos divinizar por él. El evangelio nos dice que el hombre no puede convertirse a Dios si no es previamente rescatado del pecado en el que yace. Un muerto no puede darse la vida. El hombre no puede por sí mismo alcanzar la vida de Dios. Si la posee es porque él viene y se da. La conversión verdadera no se limita a superar una condición pecadora, es el paso a una vida totalmente nueva. Según Pablo es “un ser con Cristo”, “un morir y resucitar con Cristo”, “ser nueva criatura”, “revestirse del hombre nuevo”. San Juan habla de un verdadero “renacimiento”, del “paso de las tinieblas a la luz”, “de la muerte a la vida”, “del odio al amor”, “de la mentira a la verdad”. Se trata no solo de una conversión del estado de pecador, sino de la transformación de la condición humana a la de resucitados según el Espíritu. El móvil de la conversión no es tanto la amenaza de un castigo cuanto la fascinación dichosa de poder correalizar la vida de amor trinitario divino. Esta conversión total no puede ser obra del hombre; solo es viable mediante el don y gracia de Dios. El hombre por sí solo tiene dificultades insalvables para poder convertirse en verdad y sinceridad. Necesita de Dios para querer y poder. Vive el gran equívoco de creer que tiene algo, que alcanza algo por el mero hecho de que ha llegado a conocerlo. Una cosa es conocer y otra es ser. La verdadera conversión cristiana no es solo cambiar pensamientos y disposiciones. Es aceptar a Cristo en la propia vida, ser él en la realidad cotidiana, vivir su mensaje personal de las bienaventuranzas y de la cruz. La verdadera conversión no penetra del todo en el hombre hasta que alcanza a vivir con entusiasmo la vida en Cristo. El hombre no camina por sí mismo hasta que no se mueve por dentro, en su personal intimidad, cuando su libertad personal está motivada, impactada, entusiasmada. La verdadera alegría de la fe depende de una evangelización profunda del corazón humano. El cristianismo tradicional de ayer no posee fuerza suficiente para motivar el corazón del hombre de hoy. Es preciso saber contar con una formación más evangélica, con una verdadera iniciación a lo más determinante y peculiar de la vida cristiana. Hay que atreverse a superar el viejo moralismo no reduciendo la fe a los deberes morales. Ser cristianos no consiste solo en ser buenos, sino en dejarse transformar y divinizar. Es necesario conocer vivencialmente “la Buena Nueva”, el don de Dios, la vida en Cristo o en el Espíritu de Cristo tal como emanan del evangelio de Juan o del mensaje de Pablo, y tal como lo celebra la liturgia del misterio pascual. Existe hoy entre nuestros cristianos una dificultad peculiar y es la fundamentación de la vida cristiana en devociones populares, más que en la vida en Cristo, tal como la desarrolla en la Iglesia el año litúrgico. La conversión cristiana no es solo conversión moral, sino conversión al misterio de Cristo, a la vivencia intensa de los misterios de su vida, en especial, de su cruz y resurrección. Convertirnos en verdad es formar parte activa y responsable en la comunidad de salvación, la parroquia, el movimiento, la asociación. Cuando Dios ama a alguien le concede el don de una comunidad viva y practicante que se deja convocar por Cristo, que escucha su palabra y la vive en la entrega de la vida cotidiana, que vive en el Espíritu de Cristo y da testimonio explícito de él, que acoge en grupo de fe la palabra de Dios de los evangelios dominicales y hace una organización evangélica de los sentimientos y del comportamiento. Una conversión auténtica nos emplaza en la historia viva y real de los hombres para sentirnos responsables de su fe, de la justicia en el mundo, de la promoción de los valores humanos y evangélicos, de la solución adecuada y creyente de los problemas personales y sociales. Salvarnos en verdad no es el resultado de ajustarnos a unas normas morales, sino de una presencia activa y responsable en las exigencias de la historia de salvación de Cristo. Preocuparnos de los demás no significa solo ser magnánimos y nobles. Depende de nuestro modo concreto de ser y crecer. Crecemos amando. Los otros son nuestra perfección y crecimiento. Los otros poseen lo que a nosotros nos falta. Todo en la vida nos ha venido por donación y el máximo crecimiento en la riqueza del amor nos viene por la vía de la solidaridad y de la generosidad. Recibimos dando. Somos lo que damos. Solo el amor hace crecer y madurar. La conversión cristiana verdadera, en su último estrato, es amar y servir. El Señor nos lo haga comprender y nos dé un corazón nuevo.

Francisco Martínez www.centroberit.com

E-mail:berit@centroberit.com

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