Domingo II ordinario, ciclo C

Lecturas

Isaías 62, 1-5  –  Salmo 95  –  1ªCorintios 12, 4-11

Juan 2, 1-11

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.
Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.
Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.»
Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»
Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.
Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba.
«Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio
y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.»
Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

ESTE FUE EL PRIMERO DE LOS SIGNOS QUE JESÚS REALIZÓ EN CANÁ DE GALILEA


2019, 2º Domingo Ordinario

Se ha acabado el tiempo de Navidad y entramos en el tiempo Ordinario, en su primera etapa de siete domingos hasta la Cuaresma. Aunque el evangelista del año es Lucas, en este domingo leemos un texto de Juan. En él continúa el tema de la manifestación de Jesús al mundo. Ahora lo hace a sus propios discípulos en una boda en Caná de Galilea, a la que están invitados. 

Esta boda tiene un aspecto marcadamente simbolizador en relación con la nueva alianza de Dios con los hombres fundada en Jesús. Se trata de una boda anónima donde novio y novia no tienen nombre, ni rostro ni voz. Sus numerosos detalles apuntan a la imagen de la antigua alianza del Sinaí. Jesús, el nuevo esposo, se hace presente en la antigua boda y en ella anuncia el cambio a la nueva, manifestando que “ha llegado su hora”. Ni María, al dirigirse a Jesús le llama hijo, ni Jesús al dirigirse a María le llama madre, sino “mujer”, pues también ella pertenece todavía a la antigua alianza. En María termina lo viejo y comienza lo nuevo. María señala a Jesús la carencia de vino, símbolo del amor, según el Cantar de los Cantares. Israel permanece aún en la condición antigua, la de la ley, no la del amor. Todavía no hay boda. María expone a Jesús lo intolerable de la situación, esperando que él ponga remedio. No puede saber lo que Jesús hará, pero sabe muy bien lo que a Israel le falta. María espera que Jesús dé una solución. Pero Jesús le hace ver que la antigua alianza ha caducado y no ha de ser revitalizada. Lo que ahora viene representa una novedad radical. María se anticipa y dice a los sirvientes que hagan lo que Jesús indique. Allí estaban colocadas seis tinajas de piedra destinadas a la purificación de los judíos, cada una de unos cien litros de agua. La finalidad del agua era la purificación de los judíos, un concepto ritual que dominaba la Ley antigua. Pero la ley esclaviza, hace observantes, pero no amantes. Jesús trasforma el agua en vino, la vieja alianza en la nueva, basada ahora en una relación filial del pueblo con Dios como Padre. Jesús convierte el agua en vino, la ley de piedras en amor. El amor lo va a dar ahora el Espíritu y ello representa una purificación superior que alcanza los corazones. Moisés dio la ley, pero Jesús da la gracia y la verdad (Jn 1,17).   

Caná es la parábola de la elección del hombre por Dios para establecer con él una lianza nueva, esponsal. Habla de nosotros. Significa una prodigiosa vinculación de Dios al hombre que da nuevo sentido a su existencia. La Biblia entera es un testimonio clamoroso y fehaciente de esta nueva relación de Dios con el hombre. Dios quiere ser el tú del hombre y decide que el hombre sea el tú de Dios. Dios, en Adán, no creó una naturaleza humana, sino personas, seres correspondientes, capaces de responder libremente. La historia no es una realidad sin proceso, sin sujetos ni fines. Creer es hacer la experiencia de la libertad y saber y querer darla y comprometerla lealmente. En la boda dos se hacen una sola carne. Esto pide un cambio profundo, transformación y conversión del uno en el otro. Y este es el mensaje de Caná. Jesús transforma el agua en vino, la ley en amor, la distancia y frialdad en entusiasmo. Dios se acerca al hombre y lo diviniza. La dimensión divinizante de la humanidad es el capítulo más estremecedor de la Revelación. Es verdadera transformación, conversión, divinización. Y el hombre debe responder esponsalmente. La insuficiencia crónica de la fe de los creyentes de todas las épocas ha estado, y está, en resaltar casi siempre la parte del hombre, la ley, el esfuerzo y la obediencia, y no la iniciativa divinizadora y transformante de Dios y de su acción. Dios diviniza al hombre, lo lleva a su terreno, lo transforma en él mismo. No quiere que el agua permanezca siempre como elemento purificador, como en Israel, sino que se convierta en vino, en amor esponsal. Pedro lo describe diciendo que con Cristo “nos han sido concedidas preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais  partícipes de la naturaleza divina” (2 Pdr 1,4). Participar de la divina naturaleza es lo mismo que  divinización, comunión de vida con el Padre y con el Hijo. Es no ya vivir una vida espiritual cualquiera, sino la vida en el Espíritu de Dios. La abundante y honda teología de Pablo y Juan hablan de esta fuerte impronta divina en el hombre. Las expresiones más audaces acontecen al describir el proyecto divino sobre el hombre como “vida en Cristo”, como “filiación divina” apoyada en la misma filiación divina de Cristo. Si en el Antiguo Testamento se habla en seis ocasiones de Dios como Padre, en el Nuevo Testamento se enumeran no menos de 258 ocasiones. Es la presencia y mensaje de Jesús en persona lo que determina esta ascensión. Esta condición filial rebasa absolutamente el concepto de simple adopción y habla de una verdadera participación en el ser de Dios motivada en una libre elección divina. Se trata de la misma vida del Padre en cuanto Padre, de la vida del Hijo en cuanto Hijo, y de la donación del mismo Espíritu que se une a nuestro espíritu para deificarle. Es Cristo dándonos la vida, conformándonos con él, haciéndonos “hijos en el Hijo”, capacitándonos para vivir, sentir y actuar como él. Es presencia divina divinizadora y es la divinización que se sigue de esta presencia. Esta divinización no es autopromoción humana. El hombre puede endiosarse, pero no divinizarse. Solo Dios diviniza. Esta divinización no es alienación, sino humanización plena y madura del hombre.

Cristiano es aquel que ha llegado a vivir ambiente personal de bodas. En la fe, Caná es él y cada uno de nosotros. Es aquel que se siente afectado, interesado, dichosamente aludido, pues es el elegido como el “tú” de Dios, para vivir eternamente en unión y comunión con él. “Semejante es el Reino de Dios a unas bodas”, así define Jesús lo medular de su mensaje. Dios ama al hombre y lo ama esponsalmente. Todo cristiano debe dejarse amar y amar. El amor es el reflejo del ser de Dios en nosotros, el eco de su esencia en la nuestra. Y sin amor no hay boda, ni tampoco confianza o fe. Todo el amor que hay en el mundo es señal de la presencia de Dios en la historia. Los griegos pensaron que la razón era siempre divina. Pero lo verdaderamente divino en el hombre es el amor, porque Dios es amor. El “agapé” es superior al “logos”. El amor va más allá de la simple razón. El “mirad cómo se aman” ha hecho más por la difusión del cristianismo que todos los discursos de sus apologetas. Para afectar y convencer al hombre hay que amarlo. Para que el hombre se mueva hay que conmoverlo. Para ello no se pueden sustituir en la catequesis las personas y las relaciones por las cosas y las posesiones, ni siquiera celestes o divinas. El cielo es Dios en persona. Dios no está en los cielos. Es el cielo. Los sacramentos son Cristo en persona en el suceso actualizado de su entrega de amor en la cruz y resurrección, no mecanismos de productos causados, o productos destinados a la posesión más que a la relación. El cristianismo no es un banco de haberes, ni tampoco un comercio ventajoso, sino un altar esponsal. La gracia no es un tesoro, sino el hecho de caerse en gracia personal, una relación candente, no algo sino Alguien en mi vida. El cristianismo no es un pueblo observante bajo una ley que sujeta, sino un suceso libre y una situación esponsal. 

Recuperar la fe requiere recuperar el amor. No podemos vivir restando y disminuyendo al otro, en las relaciones personales y sociales, siendo negativos, atacando, crispando, denunciando, convirtiendo la prensa diaria en el basurero nacional e internacional, recordando eternamente los pecados de los otros, hablando pertinazmente de tolerancia cero, de la no prescripción de los pecados, de la pública divulgación de las intimidades personales. El Señor nos conceda la gracia de amar y de amar con el amor de la cruz, que todo lo supera y todo lo vence amando. El amor es la palabra definitiva de Dios, es su última palabra. Y debería ser también la nuestra. 

Francisco Martínez 

www.centroberit.com

berit@centroberit.com

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