Domingo II después de Navidad

Lecturas

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12  –  Salmo 147  –  Efesios 1, 3-6. 15-16

Juan 1, 1-18 : En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario

Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

2020 Domingo 2 después de Navidad

Hace pocos días contemplábamos el misterio de Belén, el Hijo de Dios encarnado y nacido en espacios de máxima pobreza. Desde aquella primera Navidad histórica el pueblo cristiano ha celebrado siempre la Navidad revistiendo aquel momento de encendido entusiasmo explosivo y alegre. En este segundo domingo después de la Navidad, los textos de la palabra de Dios se centran en una afirmación trascendental: aquel niño nacido en expresiones de impotencia y de máxima pobreza, es el Verbo Divino, el verdadero Hijo de Dios. Los textos, en especial los de Juan, nos ofrecen una visión asombrosa. Pero lo verdaderamente increíble es que, viniendo a los suyos, muchos no le reciben. Esta infortunada actitud fue una realidad ayer y lo es también hoy. Vivir de espaldas a la venida de Dios a nosotros es no solo ilógica, sino inmenso desacierto. Vino ciertamente y está viniendo también hoy a nosotros como Dios y amigo, y sin embargo preferimos vivir nuestra vida renunciando al Absoluto, por falta de fe. Hemos escuchado tres lecturas. En la primera, del libro del Eclesiástico, se nos ha dicho que la Sabiduría de Dios, personalizada, habita en medio del pueblo dándose e iluminando. Quiere hacer sabedores y conocedores del gran don de Dios. La carta a los Efesios, nos habla del gran plan de Dios de hacernos hijos adoptivos suyos otorgándonos la misma filiación divina de su Hijo. Juan, en el prólogo de su evangelio, habla de la venida del Hijo al mundo y del drama de su acogida por parte de unos y de su rechazo por parte de otros. El mayor suceso de la historia del universo y de la humanidad es que Dios ha venido a nosotros, porque nos ama, a compartir con nosotros su vida y divinidad. Se trata de una historia real. Lo ha hecho a través de la sucesión de unas etapas de las que nos habla la Revelación. El Verbo eterno de Dios es su mismo Hijo, Imagen y Conocimiento del Padre. Es igual a él. “El Padre y yo somos una misma cosa” (Jn 10,30). Depende del Padre en virtud de una generación eterna. Pero esto no es dependencia causal sino de origen eterno. Expresa al Padre como su resplandor y Palabra. El Verbo vino al mundo y se hizo hombre. Paso increíble, sorprendente, que origina una nueva e inaudita historia y crea un nuevo universo no por todos percibido, y menos, gozado y disfrutado. En Cristo un hombre es personalmente Dios. Y en Cristo el Verbo eterno se hizo personalmente hombre. Esta asombrosa unión de dos naturalezas, divina y humana, en una misma e idéntica persona, es causa y modelo de lo que Dios quiere hacer con todo hombre. Lo hizo así para que la vida y felicidad de Dios sea también la del hombre. Cristo en la tierra viene de Dios y retorna a Dios. Pero ahora no se va solo. Él se lleva a los hombres con él. El Verbo encarnado no sólo vino al mundo, al hombre, a todo hombre. Se apropió del mal de los hombres, de su pecado como alejamiento y negación de Dios, para experimentar en su carne la violencia de lo que significa obedecer, volver, retornar, reconocer al Padre. “A quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). La cruz supuso el gran retorno al Padre, el acto total de la vida de Cristo. Si el hombre, siguiendo a su ego se aleja y distancia, Cristo, en un acto sobrehumano, retorna y se devuelve al Padre. La cruz no es simple instrumento de tortura. Es el contraegoísmo del mundo. Un acto decidido y aceptado. La cruz es la contrahistoria concreta del mal, es fidelidad, obediencia, seguimiento. Es toda la realidad del amor negado por la humanidad en su historia, pero ahora restablecido. “Se anonadó a sí mismo” (Fl 2,6-8) allí donde los hombres se engrandecen en exceso a sí mismos. Pero la resurrección de Cristo no fue la simple resucitación de un cadáver, o una simple vuelta a la vida anterior. La resurrección de Cristo y la vivificación de la comunidad representan, de repente, un mismo acontecimiento. La vida gloriosa de resucitado quedó repentinamente reflejada en el grupo de los discípulos, manifiesta a todo el mundo, mucho más que en la persona física de Jesús al que, resucitado, vieron solo unos pocos. Al Jesús conocido siguió un Jesús intensamente vivido. Del cuerpo del resucitado al cuerpo de la comunidad fluyó una corriente admirable de vida nueva, de Espíritu Santo, que provocó un cambio dramático haciendo converger sucesos humanamente imposibles, verdaderamente admirables: la comunidad entera de repente reconoce que Cristo ha resucitado, sale del encerramiento a la calle, refleja manifiestamente un cambio y nuevo estilo de vida verdaderamente admirable, sale del ocultamiento y se presenta a las autoridades clamando que han asesinado al autor de la vida predicando la conversión, revelan de repente la fuerte irrupción de una poderosa fuerza divina que origina en ellos una nueva fascinante evangelización. Se aprecia algo evidente: la Iglesia nace en la resurrección y esto se refleja notoria y públicamente. En la carta a los Hebreos y en el Apocalipsis vemos a Cristo ahora ya como Mediador siempre vivo y siempre en acto, intercediendo por todos. “Por él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18). La Iglesia terrena aparece como “una cosa en Cristo”, “la plenitud de Cristo”, el Cuerpo de Cristo”. La vida de la Iglesia no es sino “la vida en Cristo”. La vida cristiana es repetir la vida de Jesús en la comunidad y en cada uno de sus miembros. Los seguidores de Jesús celebran cada año su vida, su Pascua y de este modo se unen e incorporan a él. Las fiestas no son recuerdos del ayer. Contienen la realidad misma que conmemoran. Cristo mismo es la vida de la comunidad que en el tiempo se va cristificando, divinizando. Los cristianos, gracias a Cristo, y con su ayuda, no caminan al cielo desnudos de mundo y de historia. En su historia creyente engloban todas las realidades temporales viviéndolas según Cristo. Los valores terrenos, humanos, sociales, económicos son también contenido lógico y natural de la expresión de su fe. A Dios no van sin cuerpo, sin historia, sin ambiente, sino integrando todo en la verdad, en la justicia, en la solidaridad universal. La paz, la promoción, el desarrollo, la familia, la sociedad, la cultura, las relaciones regionales, nacionales e internacionales forman también parte del contenido de su fe. La palabra de Dios nos dice hoy que la Iglesia no es eclesiocéntrica, sino cristocéntrica. La Iglesia solo existe desde Cristo y en Cristo. Cristo es lo mejor que le ha ocurrido a la Iglesia y al mundo. Debemos asumirlo con fe. Incorporarnos a él es llegar a ser Dios con él. ¿De qué sirve que Cristo haya venido al mundo si no viene a cada uno de nosotros? Cristo es para todos el Camino, la Verdad y la Vida.

Francisco Martínez

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