Domingo II de cuaresma, ciclo A

Lecturas

Genesis 12, 1-4a  –  Salmo 32  –  2ªTimoteo 1, 8b-10

Mateo 17, 1-9: En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Comentario

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR ,2020

En este segundo domingo de cuaresma, la liturgia pone ante nosotros la escena radiante de la transfiguración del Señor. El relato del Tabor es una clara resonancia del Sinaí. A la revelación de la ley, sigue la revelación del Hijo de Dios al que la voz del cielo invita a escuchar. Efectivamente el significado central de esta página es la revelación del Hijo de Dios y la fe de la Iglesia en torno a Pedro. Comprenderemos mejor este suceso si tenemos en cuenta los acontecimientos inmediatamente anteriores: la confesión de Pedro, la predicción de la pasión, las pistas para el seguimiento de Jesús. El monte alto, en la práctica de Jesús, significa el lugar aislado de la multitud, idóneo para la revelación de la majestad de Dios, propicio para tratar a solas con él en la oración. El Tabor judío es en adelante el nuevo Sinaí cristiano. Mateo dice que Jesús se transfiguró ante los discípulos. Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En las apariciones el blanco suele ser el vestido de Dios. Es como un fulgor radiante, signo de la presencia divina. Es llamado también “Gloria”. La transfiguración ocurre mientras Jesús ora. La contemplación asimila el hombre a Dios. En el transcurso aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Muchos comentaristas ven en ellos la personificación de la Ley y los Profetas. Ante la situación de inefable bienestar, Pedro exclama: “es bueno estarnos aquí; si quieres haré tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para Elías”. Pedro, al fatídico presentimiento de la ida a Jerusalén opone la dichosa realidad del “aquí”. Dice: mejor es quedarnos aquí que ir a Jerusalén. En la escena aparece una nube luminosa que les cubre mientras una voz clama: “Este es mi Hijo, el Amado, en el que me he complacido: escuchadle”. La voz habla a la futura comunidad para decirle la única palabra que el Padre dirige en todo el Nuevo Testamento a los hombres al presentar a Jesús como nueva Ley viviente. La transfiguración es la predicción de la resurrección. Jesús impone secreto incluso en relación con los restantes discípulos. Mientras tanto el estilo de Jesús seguirá siendo el de la humildad escondida. Los escritores de todos los tiempos han considerado este relato de la transfiguración como la experiencia momentánea del gozo perenne futuro, con el fin de confortar con su nostalgia la dolorosa marcha del camino. La transfiguración de Jesús es un gran signo profético de su persona y obra y también de la vida y destino de sus seguidores. El Hijo, el Verbo, aparece ante los discípulos como gloria del Padre. El Padre, cuando le engendra, trasfunde en él lo que él mismo es, la gloria: “Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia de verdad” (Jn 1,14). Jesús viene para entregar su palabra, su intimidad, sus signos, que no son sino la transparencia de la gloria del Padre. Ha venido “para irradiar el conocimiento de la gloria que está en la faz de Cristo” (2 Cor 4,6). Jesús mismo afirma: “Padre, quiero que donde esté yo, estén ellos conmigo para que contemplen mi gloria, la que tú me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo” (Jn 10,24). Cuando el Padre le asciende al cielo, le glorifica, le constituye “Señor de la gloria” (1 Cor 2,8). La vida cristiana es la gloria de Cristo en nosotros: “Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, de gloria en gloria, conforme a la acción del Señor que es Espíritu” (2 Cor 3,18). La resurrección de Jesús y la nuestra son lo mismo. Creer, orar, vivir el amor fraterno, dejarse iluminar y transfigurar definen el seguimiento de Cristo. La vida cristiana o es transfiguración en la gloria de Cristo, o no es verdadera vida cristiana. “Somos hijos de la luz, no de las tinieblas” (Ef 5,8). Esta es la verdad de fondo del cristianismo. Ser cristianos es dejarse iluminar. Bautizados son los “iluminados” (Hbr 6,4). Esta trasformación radica en lo profundo del alma y reverbera al exterior por el testimonio. La luz, la alegría, la dicha y felicidad son el distintivo del cristiano. Si no las posee es porque o está deformado o no está debidamente formado. La transfiguración de Jesús es también la trasfiguración del cristiano, su seguidor e imitador. La vida cristiana no es una moral autónoma e independiente. El comportamiento cristiano es la consecuencia de su deificación en Cristo. El hombre se realiza como tal en comunión de vida con él. Es, ante todo, “imagen de Dios”. No imagen estática y atemporal, como lo es la fotografía o un cuadro, sino activa, dinámica, viviente, histórica. No es lo que hace un artista, cuando pinta o esculpe, sino unos padres cuando, dándose a sí mismos, engendran al hijo en semejanza suya. Dios crea al hombre como un ser abierto a él mismo, con capacidad de relación personal íntima de hijo, de amigo y de esposa. Dios no solo le ha dado origen, sino que ha establecido su índole personal y social. Le ha capacitado para la relación con él. Dios es su principio y no podría no ser su fin. El hombre está hecho para el Infinito. Está puesto en la existencia para participar del mismo ser y felicidad de Dios. El destino del hombre es su divinización, su ser en Cristo. Dios se ha humanado para que el hombre sea divinizado. El hombre tiene un fin divino, un desenlace que rebasa su estructura nativa. Según el diseño creador, lo que el hombre es por creación no le basta para ser lo que debe ser, hijo de Dios. Dios ha querido crear un ser finito, pero llamado a la infinitud. Le ha dado una capacidad, una ordenación interna que le habilita de hecho para convivir y compartir con Dios, para correalizar su misma vida y su felicidad. Estamos modelados y remodelados cristológicamente desde el principio. Cristo es nuestro origen y es nuestro fin. Lo que él es por naturaleza nosotros lo somos por gracia. Cuando el hombre, que es imagen de Dios por creación, deviene ser en Cristo por la gracia, llega a ser cabalmente más humano, más libre, más fraterno y solidario más creyente, más y mejor hombre. La fe no es una obligación, es una gracia. Quien se ha obligado en serio en favor del hombre es Dios, y lo ha hecho comprometiendo la palabra más seria que tiene, su propio Hijo. Él mismo se ha obligado dándonos a Cristo. Con ello la voluntad de Dios en favor del hombre es irrecusable. Si nos ha entregado al Hijo, incluso en la misma experiencia de la cruz, Dios nos ama en serio y nadie nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo. Lo propio del amor es tomarse en serio las cosas, la confianza, la entrega, la unión y comunión. Dios se ha obligado antes para que el hombre se obligue a sí mismo después. Para ello Dios mismo nos da “el corazón nuevo” con el que debemos responder. El don de Dios no nos hace esclavos, sino libres. La libertad del hombre es fruto de la liberación de la gracia de Dios. El hombre es tanto más libre cuanto más recibe la gracia de Dios. La gracia sana la libertad para que seamos libres de nuestros malos instintos. Con la gracia de Dios el deleite del bien nos hace vencedores contra el placer del mal. El hombre debe actuar con libertad porque esto es lo maravilloso en la relación amorosa. Dios quiere que el hombre ame. El amor a Dios es el mejor amor que el hombre puede tenerse a sí mismo. Es tanta la bondad de Dios para con los hombres que quiere que sean méritos de ellos lo que es don suyo. Amemos a Dios y nos amaremos a nosotros de la mejor manera posible.

Francisco Martínez

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