Domingo II de Adviento, ciclo C

Lecturas

Baruc  5,1-9  –  Salmo125  –  Filipenses 1, 4-6, 8-11

Lucas 3, 1-6

EN el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
«Voz del que grita en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
allanad sus senderos;
los valles serán rellenados,
los montes y colinas serán rebajador;
lo torcido será enderezado,
lo escabroso será camino llano.
Y toda carne verá la salvación de Dios».

Comentario

TODA CARNE VERÁ LA SALVACIÓN DE DIOS

2018  Segundo domingo de Adviento

            La palabra de Dios quiere confrontarnos en este segundo domingo de Adviento con el suceso más importante de nuestro momento histórico social y personal: Cristo que vino está viniendo ahora a nosotros, viene ciertamente hoy a mi persona. No se trata de su venida histórica ayer en Palestina, ni de su venida final al fin de los tiempos. Hoy viene, misteriosamente, pero realmente, a cada uno de nosotros por medio de la fe y la celebración de la fe. Se trata de estar advertidos, de conocer el tiempo, de no vivir a espaldas del suceso más determinante de nuestra vida. Es lo que hace nuestra identidad. Ninguno de nosotros veríamos como congruente en nuestra vida tener una cita importante, un encuentro decisivo, una invitación a comer, y vivir despreocupados y ausentes, a espaldas de la realidad que vivimos.

Hemos nacido en un ambiente de inmenso cansancio creyente que se resiste a vivir de la fe y está inmerso en la vaguedad social ambiental. Estamos sedimentados en estratos fosilizados que han arrinconado la fe. Hemos perdido el sentido de Dios, de la vida de fe comunitaria, de una actitud responsable en la esperanza y en el amor cristianos. Estamos errando el camino y marchamos por sendas perdidas al amparo de nuestro pensamiento individual material. Y el adviento nos urge a recuperar la senda del encuentro, a rehacer la orientación  y restaurar la vida.

Hemos escuchado tres lecturas. La primera es del profeta Baruc. Fue el secretario del profeta Jeremías. En su tiempo, muchos judíos vivían en la diáspora y se planteaban la cuestión de qué significaba ser judío y vivir en la dispersión, lejos de Jerusalén. El texto es un poema de aliento y consuelo y da ánimos para ser fiel a Dios, porque un pueblo solo puede vivir en la esperanza. La segunda lectura pertenece a la carta de Pablo a los filipenses. Pablo escribe desde la prisión. Da gracias a Dios por un pasado lleno de gratos recuerdos de personas que le ayudaron en su acción misionera y muestra su confianza en el Dios que comenzó la obra y que la llevará seguro a su feliz término. Pide que la comunidad de amor siga creciendo en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Estas expresiones nos animan a nosotros a confiar y esperar. En el evangelio, Lucas hace una introducción solemne enmarcando la predicación de Juan en el contexto histórico de su tiempo. No pretende narrar historia, sino señalar el momento importante en el que Dios comienza a hacer su historia de salvación comenzando por el ministerio de Juan. El Bautista recibe la palabra de Dios mientras permanece en el desierto. El lugar de la prueba y de la tentación es también el lugar del encuentro, de la escucha y de la acogida de la voluntad de Dios. El desierto es el lugar de la verdad. En el ruido no se oye a Dios. Nos invita a salir de nuestro ambiente, de nosotros mismos, al desierto del silencio, para percibir mejor lo que Dios quiere de nosotros.

El mensaje medular del adviento nos lo ofrece el evangelio: “preparad el camino del Señor; allanad sus senderos; elévense los valles: desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios”. Es tiempo sagrado de revisión. Y debemos asumirla con interés. Cuando no logramos una cita pronta del médico, protestamos. La salud lo primero. Sin embargo, espiritualmente no procedemos así. Tenemos un problema grave. Estamos enfermos y no lo sabemos. Somos ambiente. Tenemos un contagio maligno y convivimos a gusto con él. Estamos extraviados y nos mantenemos a gusto. Estamos alienados y en lugar de buscar la salud, nos imponemos a los demás, haciéndoles aceptar nuestra sinrazón y nuestros criterios torcidos. Hay un hecho histórico que es muy general y no por eso es verdad. Todo lo contrario. Los hombres que no viven como piensan terminan pensando como viven. Se creen modelos a seguir. Y son fuente de error. Creen que hay verdad donde solo hay costumbre. Racionalizan el error. Este error perturba las relaciones, causa guerras injustas, lleva a situaciones de mal. Y lo peor, disminuye a Dios en la vida de todos.

Hoy, cada uno de nosotros, representa un drama personal, social, espiritual. Un drama personal porque vivimos en la superficialidad y no en el centro. Tenemos muchas dependencias falsas y no somos interiormente libres. Vivimos en función de lo que nos gusta, no de lo que nos conviene. Somos un drama social porque estamos identificados con el ambiente, somos ambiente, no somos nosotros mismos en nuestra identidad profunda  evangélica. En nosotros habla el ambiente de la calle, pero no nosotros. Y somos un drama espiritual porque absolutizamos lo relativo y relativizamos al Absoluto. Tenemos una imagen mental de Dios, pero no nos dejamos tener por el Dios vivo. Dios no nos cambia. No mejoramos. Lo que hacemos no es representativo de aquel seguimiento de Cristo del que habla el evangelio. Tenemos prácticas culturales, de costumbres heredadas, pero que no están en el núcleo de una fe real.

La vivencia fiel de evangelio nos confronta con la necesidad de un cambio radical. No valen los paños calientes. No sirve hacer cosas buenas. Hay que hacer lo que hay que hacer. De lo contrario, seguiremos peor, ahondando nuestra inconsciencia, creyendo que estamos en el camino, cuando en realidad estaremos aumentando nuestro endurecimiento pesando que hacemos algo. Y seguiremos no haciendo nada.

Quiero señalar tres pasos importantes que debería seguir un cristiano que quiera actualizar su fe. El primero es dejarse acompañar. Todos los obispados de la Iglesia universal han impulsado la presentación de nuevos catecismos. Muchos de ellos los renuevan con rapidez sorpresiva. Esto nace de la certeza del inmenso desajuste entre lo viejo y lo nuevo, entre lo antiguo y actual. Hay contenidos antiguos que incluso pueden ser perjudiciales para los hombres de hoy. El clamor de los Papas es contundente y unánime: “Es preciso plantear  el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos” (Juan Pablo II, Simposio Obispos 1985). Efectivamente, si los cristianos no somos capaces de recrear hoy una cultura creyente, en un mundo que se nos va, será la cultura agnóstica la que hará de los cristianos, ateos. El segundo paso para hacer efectivo ese acompañamiento es asumir  el evangelio semanal de los domingos comentado en grupo de fe con  el estudio de la correspondiente homilía que responda seriamente a los textos.  El tercer paso es la pertenencia a una pequeña comunidad viva que ponga en tensión la fe. Sin comunidad de fe es impensable la vida cristiana.

Todo ello ha de estar orientado a reconquistar la emoción de ser cristianos. La fe cristiana solo es verdadera cuando ha sido capaz de conquistar los estratos profundos de los sentimientos nobles. El cristianismo es el anuncio de la Buena Nueva, de la novedad más radical  y extraordinaria que el hombre podría imaginar. Lo que más honra a Dios en la fe del hombre es la alegría porque le dice que estamos contentos con él. Nadie tiene fe suficiente, o la recupera, si no ha alcanzado la alegría emocionada de creer. La alegría de la fe es el test que garantiza que creemos de verdad. La alegría solo se produce cuando alguien ha hecho resonar lo profundo del alma. Vivir en la mediocridad no es creer. Dios lo merece todo de nosotros. Y el hombre no está entero donde no se siente feliz. Si queremos fundamentar nuestra alegría, renovemos nuestra fe.

                                                             Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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