Domingo I de cuaresma, ciclo C

Lecturas

Deuteronomio 26, 4-10  –  Salmo 90  .  Romanos 10, 8-13

Lucas 4, 1-13 –

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.” Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo.” Jesús le contestó: “Está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”. Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Jesús le contestó: Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Comentario

LAS TENTACIONES DE JESÚS 2019,

Domingo 1º de Cuaresma

Un año más inauguramos la cuaresma camino de la pascua. Los textos litúrgicos representan un clamor a la conversión. Convertirnos significa poner nuestra afectividad en la pista adecuada, reconocer nuestra identidad profunda y amarla, entusiasmarnos con Dios y su plan sobre nosotros. El evangelio no nos arrastra a una situación extraña o ajena. No nos impone añadidos o extrañezas. Asume y reafirma la verdad estructural de nuestra vida. Quiere que seamos plenamente lo que somos en realidad: personas, hombre o mujer. La divinización plena que conlleva nuestra vocación cristiana la realiza Dios en nosotros impulsando nuestra mejor identidad madura e integral. Pero hay un hecho real: no estamos en pista, vivimos desorientados, no somos nosotros mismos, no tenemos una clara conciencia de nuestro propio mal. Nos hemos deslizado en la fe, nos hemos desviado de la verdad y caminamos por sendas perdidas. Hemos llegado a identificar nuestra fe más con representaciones culturales obsoletas del cristianismo que con el evangelio. Hay mucha frialdad e indiferencia en nuestra respuesta a Dios. Nos hemos enclaustrado en un moralismo o legalismo que inhibe la libertad y la gratuidad. Y todo ello porque hemos sucumbido a la tentación de conducirnos nosotros por nosotros mismos; porque hemos decidido vivir guiados más por nuestro instinto personal que por nuestra razón y nuestra fe, más por nuestra individualidad que por nuestra generosidad comunitaria. La cuaresma es una inmensa gracia de Dios que nos congrega a la verdad e identidad. El camino y el modelo es Cristo. El evangelio narra las tentaciones de Cristo y su modo de vencerlas. Las tentaciones de Jesús son las nuestras. La cuaresma es el tiempo del discernimiento y de la lucha, de la decisión y de la victoria. El evangelio nos invita al seguimiento de Cristo despojándonos de todos nuestros disfraces, mentiras y disminuciones para vivir en autenticidad, verdad y plenitud. Las tentaciones de Jesús tienen conexión con lo acontecido en la sinagoga de Nazaret. En ella Jesús se había declarado enviado de Dios. Ahora, en el relato de las tentaciones, Jesús demuestra que es fiel a la voluntad de Dios en el fondo de la misión encomendada y en las maneras de ejecutarla. La narración de las tentaciones representa una penetración en el alma de Jesús para ser testigos del drama impresionante que representa rechazar a Satanás y la fidelidad a Dios cumpliendo su voluntad, no la propia. Jesús rechaza todas las maneras de poder que la mentalidad humana asume como apropiadas y coherentes para actuar como representante del Dios Todopoderoso. Dios prefiere no los caminos del éxito humano, sino del aparente fracaso. Actúa no venciendo, sino aceptando ser víctima. ¿En qué consistieron en verdad las tentaciones de Jesús? ¿Cómo se enteró la comunidad de un suceso tan personal y particular? Por supuesto, es imposible para nosotros probar la realidad histórica de estas escenas de tentación. Pero sería un error atribuir todo a la imaginación. Resulta difícil, imposible, que la comunidad pudiera crear estos relatos. Solo Jesús podía revelar su intimidad. Y Jesús habla aquí de una experiencia real por la que él pasó, desde luego con un lenguaje figurativo para impresionar a sus oyentes. La base real del relato es el hecho mismo de la tentación cierta que Jesús tuvo que afrontar durante su misión. Fue una prueba real. Lucas no hace injusticia a los hechos históricos al incluir el dramatismo de estas escenas en un solo episodio y al desenmascarar al verdadero autor de las tentaciones poniendo en sus labios una enorme carga de seducción. Se trate de un hecho en lenguaje figurado, o dramatizado, o de interpretación parabólica, la verdad de fondo resalta mucho más que lo que podría ofrecer un ingenuo literalismo. Es un símbolo de la seducción que encerraba la hostilidad, la oposición e incluso el rechazo que Jesús mismo tuvo que afrontar continuamente durante su ministerio público. Todo esto está ciertamente en la base real de la vida de Jesús. La oposición era tan fuerte que se veía impelido a usar los poderes de Hijo para vencer y triunfar. Pero no lo usó. En la primera escena Jesús se enfrenta con el reto de hacer uso de sus poderes de Hijo en provecho propio, sin que eso tenga nada que ver con la misión que se le ha confiado. Es utilizar la misión en provecho personal, nutrir el ego por medios que no están en el guion de Dios. Es el privilegio o “el milagrito”, que tanto nos gusta a nosotros. No lo normal y corriente de la vida. La segunda escena ofrece a Jesús la posibilidad de aceptar todos los dominios del mundo tal como se los ofrece uno que no es Dios. Comporta reconocer como dueño y señor a alguien distinto de su Padre. En la tercera escena se pone en prueba de nuevo la condición filial de Jesús. Se le pide que haga uso de sus poderes para manifestarse con toda ostentación ante sus contemporáneos, acomodándose así a las ideas vigentes sobre lo que debe ser un verdadero jefe del pueblo. Jesús se somete al plan del Padre de vencer el orgullo con la humildad, el egoísmo con la entrega y generosidad. La cuaresma es el tiempo propicio para la conversión. La conversión es verdadera transformación. Cambia no solo los actos, sino también las actitudes. Y no solo las actitudes, sino la mentalidad y la existencia entera. Es no solo esfuerzo del hombre, sino gracia de Dios. La dificultad para una verdadera conversión es que el mal afecta también a nuestro conocimiento. Obramos el mal pero hemos olvidado nuestro mal. Somos un enfermo que está por diagnosticar. Al alejarnos de Dios nos hemos alejado de nosotros mismos. Vivimos fuera de Dios y fuera también de nosotros mismos, de nuestra verdadera identidad. La parábola del hijo pródigo nos marca el camino del retorno. Primero, tenemos que reconocer a Dios como Padre, ¡y qué Padre! No es suficiente una conversión moral o legal. Se trata de recuperar la actitud afectiva del mejor de los hijos con el mejor de los Padres. El cielo de Dios, la alegría del Padre, es la recuperación sincera del hijo. “Volveré junto a mi padre”, dice el hijo. Y debemos decirlo y sentirlo nosotros. En segundo lugar, necesitamos reconocer la infinita distancia existente entre el hijo pecador y el Padre amantísimo. “En la casa de mi Padre hay abundancia mientras yo muero de necesidad”, dice el pródigo. Dios es la identidad del hombre, lo mejor del hombre. Quien carece de Dios carece del Infinito. En lugar de comer en la mesa paterna, se alimenta de migajas, de las algarrobas que comen los cerdos. En tercer lugar, debemos desear y pedir estar junto a Dios, como esclavos y siervos: “como uno de tus jornaleros”, dice el hijo pródigo al desear volver. Dios tiene en sus manos la luz con la que nosotros podemos reconocer nuestro error y la fuerza y capacidad con la que nosotros podemos cambiar. “Dame un corazón puro”, es la petición que la liturgia pone en nuestros labios. No solo tenemos nublada nuestra mentalidad. Está deformada nuestra razón y perturbada nuestra voluntad. No solo obramos mal, hemos deformado nuestra propia razón, nuestra forma de opinar y decidir. Tenemos muchos “demonios vestidos de ángel de luz”. A fuerza de exigir unas verdades se nos han olvidado otras más fundamentales. La antigua cristiandad ha acabado con el evangelio y las bienaventuranzas, sin caer en la cuenta de ello; en consecuencia, si se quiere hacer algo, hay que insertar de nuevo el cristianismo, el verdadero evangelio, en esta vieja cristiandad. Una sincera conversión nos devuelve la identidad, suscita la alegría de Dios y hace posible la verdadera evangelización. Dios nos ayude a una conversión sincera

. Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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