Domingo I de Adviento, ciclo A

Lecturas

Isaías 2, 1-5  –  Salmo 121  –  Romanos 13,11-14

Mateo 24, 37-44: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre»

Comentario

ESTAD EN VELA PARA ESTAR PREPARADOS

2019  Domingo 1º de Adviento (A)

Comenzar algo nuevo es siempre ilusionante. Inaugurar un año litúrgico responde a lo verdaderamente trascendente y decisivo en nuestra vida. La Iglesia inicia hoy el Adviento, un espacio fuerte para la vivencia en el que la esperanza de todos los creyentes es activada con miras a una realización más plena. En el fondo del Adviento está Dios, nuestro Padre, saliendo a nuestro encuentro para gratificarnos en su Hijo. Cada Adviento deja en nosotros una huella de vida eterna. Los anillos concéntricos del tronco de los árboles revelan, cuando son cortados, los años que tienen de vida. De igual modo, cada año litúrgico deja una impronta de la vida de Cristo en nuestra vida. Cada año, de Adviento a Pentecostés, la vida del Señor se graba en nosotros. Y esta imprimación realiza nuestra identidad divina y eterna y responde al fin absoluto de nuestra espiritualidad y de nuestra vida. Adviento significa venida. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida del Señor. Esta venida de Cristo al mundo se realiza bajo un triple plan: pasado, Cristo vino ayer corporalmente a Palestina; presente, Cristo está hoy viniendo misteriosamente en la liturgia; futuro, Cristo vendrá como Señor y Juez en el juicio final. Ahora nos importa en gran manera ahondar en la naturaleza de esta segunda venida de Cristo hoy a nosotros mediante la sagrada liturgia. Nos afecta profunda y directamente a nosotros. En ella Cristo está viniendo hoy misteriosamente a la comunidad cristiana. El Adviento no es solo memoria y recuerdo de aquella primera venida histórica en Belén. El Adviento-Navidad contiene la realidad misma que conmemora. Cristo, que vino ayer al mundo, ahora, en el poder del Espíritu, viene al hombre, a cada hombre, al interior del hombre. Estamos ya “en la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4), en “la última hora” (1 Jn 2,18). El Verbo Eterno de Dios se unió ayer en persona al Hombre Jesús. Dos naturalezas, una divina y otra humana, formaron una sola persona. Ahora es el tiempo del Cuerpo Místico de Cristo, nosotros, pues ya ahora nos vamos transformando y configurando en él. Con ello, “el fin de los tiempos” se ha trasladado al centro de la historia, al aquí y ahora de nuestra existencia, la de cada hombre. Esta es la verdad fundamental del cristianismo: Cristo vive ya hoy con nosotros, en nosotros, dentro de nosotros. Nos está haciendo concorpóreos suyos, solidarios de su misma persona y de su destino. Sin esta transformación actual no hay salvación. Viviendo “en Cristo Jesús”, su vida, los misterios de su vida, sus mismos sentimientos, se reproducen y actualizan en nosotros que repetimos y reflejamos en nuestras vidas la vida del Señor. Dios se hace hoy Navidad en los cristianos y Dios quiere que los cristianos nos hagamos Navidad de Dios para los hombres. La Iglesia es sacramento de Cristo para el mundo. La Navidad coincide con la misión, que es la prolongación de la encarnación, de la Verdad y del Bien en favor de todos los hombres. El sentimiento fundamental del Adviento es la esperanza. La esperanza es tan antigua como el hombre. Todo el Antiguo Testamento es un clamor de súplica y espera. La celebración histórica del Adviento es muy antigua en la Iglesia. Ya el Concilio de Zaragoza en el año 380-301 manda que se vaya a la Iglesia diariamente del diecisiete de diciembre al seis de enero, y esta costumbre se hizo común en el norte de España y en el sur de Francia. La venida de Cristo al mundo fue anunciada por Isaías, señalada por Juan el Bautista, acogida con fidelidad ejemplar por María. Si los profetas nos dicen cómo será el Mesías, Juan el Bautista nos dice quién es el Mesías. Y nos grita: “Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielos” (Mt 3,2). María es la gran figura del Adviento. Ella vivió el mejor adviento desde la anunciación al nacimiento de Jesús. Fue fiel acogedora de la palabra de Dios hecha carne en ella. Su propia sangre fue la de Jesús. María es Jesús comenzado. Ella hizo posible la primera Navidad y es modelo y cauce para todas las venidas de Dios a los hombres. El Adviento requiere de nosotros unas disposiciones especiales. Primero, una actitud de verdadera espera. Lo que no se espera no acontece. El Adviento es una anticipación del último día. No debemos ser como los siervos dormidos del evangelio, o como las vírgenes necias. Es preciso vivir en actitud de espera. El Adviento nos hace darnos cuenta de la necesidad de Dios en el mundo: debe volver la esperanza a una humanidad desencantada y desamparada. Las aspiraciones modernas de unidad, de comunidad, de dicha y de paz, son puntos magníficos de inserción en la Buena Nueva de Cristo. Vistos en profundidad, solo él posee y da esos bienes. Es preciso caminar abiertos al espíritu del Adviento, leyendo los textos del evangelio y de la liturgia, escuchando, acogiendo, comprendiendo. Lo más distintivo de estos textos es la alegría. El hombre está hecho para el Absoluto y su logro es el contenido más profundo de la Navidad. Las alegrías fuertes son las que proceden de dentro, de la fe. Lo señalan los ángeles a los pastores: “Os anuncio un gran gozo… que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy un Salvador” (Lc 2,10-11). Pablo escribe a los filipenses: “Alegraos en el Señor; otra vez os lo digo: alegraos” (4,4). La conversión conlleva una alegría que estremece los mismos cielos: “Habrá más alegría por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia” (Lc 15,7). Jesús dice a los suyos: “Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado (Jn 15,11). En el Adviento la lectura y meditación de los textos es una oportunidad de oro para lo más importante de la vida: conocer de cerca a Dios en su propia palabra. En este tiempo Dios abre su propia entraña y nos regala a su Hijo para sumergirnos en la sabiduría y gozo del Espíritu Santo. Los textos, y sus comentarios, nos ofrecen un conocimiento singular del Hijo, que siendo rico, por nosotros se hace pobre para enriquecernos en Dios. Debemos reflexionar sobre el hecho esencial de la encarnación que pone a Jesús misteriosamente, pero realmente, dentro de nosotros. Es preciso saber experimentar su presencia viva y real. Muchos, la mayoría, tienen en su fe una presencia disminuida. No es él, sino solo una imagen mental de él. No es Alguien, sino algo. Cuando piensan o dicen que van a él, no salen de ellos mismos. No le rezan a él, se rezan a sí mismos. Conocido bien el espíritu del Adviento y de la Navidad, debemos hacernos presentes en la historia de la salvación de nuestro mundo ambiente, de las instituciones, de la sociedad, viviendo en gran solidaridad con los necesitados. En realidad, Dios hace su encarnación en nosotros en la medida en que nosotros sabemos encarnarnos en los demás y en sus necesidades. Quien tiene a Dios y se deja tener por él, siente y obra como él. El Señor nos ayude a ser generosos.

Francisco Martínez

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