Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Lecturas:

Isaías 50, 4-7  –  Salmo 21  –  Filipenses 2, 6-11

Pasión de Nuestro Señor según san Lucas: En aquel tiempo, los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas llevaron a Jesús a presencia de Pilato. No encuentro ninguna culpa en este hombre Y se pusieron a acusarlo diciendo «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributosal César, y diciendo que él es el Mesías rey». Pilatos le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». El le responde: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto. Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes,que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre si. Pilato entregó a Jesús a su voluntad Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos vociferaron en masa: «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás». Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Por tercera vez les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: «Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Caed sobre nosotros», y a las colinas: «Cubridnos»; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿que harán con el seco?». Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. Este es el rey de los judíos El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo:«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. Todos se arrodillan, y se hace una pausa El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo».

Comentario

DOMINGO DE RAMOS, 2019

Con este domingo, llamado de Ramos, entramos en la Semana Santa cristiana. Para ser coherentes con nuestra fe, y madurarla, es muy importante que celebremos lo que vivimos y que vivamos lo que celebramos. El camino hacia la verdad es uno y concreto y son muchas las insuficiencias y desviaciones de la realidad. No pocos escogen en estos días la senda de la evasión y de la distracción. Con ello malogran las grandes oportunidades de gracia que nos ofrecen estos días santos. Otros creen que lo determinante de este tiempo son las bellas y emotivas procesiones y ceremonias que nos ofrecen las ciudades y pueblos de la España creyente tradicional. Lo cual es muy insuficiente. Es como si alguien, en lugar de comer un fruto sabroso, comiese tan solo su cáscara. Es necesario conocer el Triduo Santo por dentro, en su significado y contenido original, y vivirlo explícitamente en la fe y el amor. Esto afecta expresamente a la identidad misma de nuestra fe. Hacernos ausentes de la fe en estos días santos, o limitarnos a ser espectadores en la calle, afecta a la veracidad misma de nuestra fe cristiana. La liturgia maravillosa de estos días singulares y, más en concreto, sus lecturas bíblicas, nos explican el gran misterio que celebramos y que dan sentido a nuestra vida. Para vivir en verdad nuestra fe cristiana es preciso que tengamos en cuenta algo esencial y terminante. Los cristianos no celebramos hoy el aniversario de la muerte de Cristo, el recuerdo vacío de lo que realmente sucedió ayer. Lo que aconteció ayer en la muerte y resurrección de Cristo se re-presenta y se actualiza aquí y ahora, se hace misteriosamente contemporáneo, y ahora nos corresponde a nosotros ser protagonistas. Una comparación aclarará lo que os digo: si fuéramos actores de alguna representación escénica, o si estuviésemos comprometidos en ser costaleros, o pregoneros, de un paso procesional seríamos fieles y puntuales y no faltaríamos a la cita. Ningún actor se ausenta de la escena el día de la representación. Pero nosotros ahora, como creyentes, somos los actores principales, insustituibles, de la más candente realidad, la celebración de la salvación del hombre. Y no podemos estar ausentes del máximo drama del mundo y de la historia, que es actualizar hoy ante los hombres el misterio de Cristo, su muerte y resurrección en favor de los hombres. Nos comprometimos a ello el día en que nos bautizaron cuando el sacerdote, nuestros padres y padrinos hicieron por primera vez la señal de la cruz en nuestra frente, comprometiéndonos al seguimiento de Cristo en la vida. Hoy, el Cristo del Jueves, Viernes y Sábado santos somos nosotros, y lo somos de forma insustituible. Nosotros, la comunidad cristiana, somos ahora el Cuerpo Místico de Cristo que hoy revive su vida y sus misterios en favor del mundo. Este es el testimonio fehaciente de la fe apostólica y de los santos Padres, y la del más genuino magisterio de la Iglesia. El Cristo que hoy revive el misterio de la muerte y resurrección de Cristo somos nosotros, la comunidad cristiana. No es ni el Papa, ni el obispo ni el sacerdote, que son los servidores o ministros de la celebración. Estar presentes o ausentes determina la verdad y autenticidad de nuestra fe y de nuestra responsabilidad en la fe de la Iglesia. Hagamos explícito el significado real de estos días santos. El punto de partida es el gran drama moral de nuestro mundo: la presencia activa del mal en el hombre. El mal abate al hombre y destruye la imagen de Dios en el hombre. Quebranta el sentido profundo de la vida y pervierte la historia universal y particular. El mal proviene del egoísmo y es la disgregación interior y exterior del hombre. El egoísmo, la ambición, la ira, la violencia, son esencialmente anticonvivencia e insolidaridad. El hombre hace el mal, pero lo peor de su mal es que no tiene conciencia de ello. El pecado es mal del corazón, el peor de los males. Es corrupción y pérdida de sentido y de identidad. El pecado compromete el sentido de la vida del hombre y hace inviable su horizonte último y definitivo. Es enfermedad y arrastra a la muerte. Con el pecado el hombre bloquea su misma felicidad. Cristo, por amor, asumió nuestro mal, nuestra iniquidad. Se encarnó y se apropió de nuestros pecados. Por nosotros se hizo pecado (2 Cor 5,21) y maldición (Gal 3,13-14). La cruz de Cristo es la verdadera contrahistoria del mal. Si el egoísmo mata al hombre, en la cruz Cristo, tomando nuestros crímenes, los mata en su propia carne obrando a la contra, amando y teniendo misericordia. Se hace vencedor haciéndose víctima, recorriendo el camino contrario a los deseos de poder y de dominar. En la cruz la Omnipotencia se hace impotencia. Y lo hace libremente. Se anonada siguiendo el camino contrario al orgullo y al odio. Es un camino inaudito: a nadie se le ocurre ganar perdiendo, o afirmar a los demás desafirmándose a sí mismo, o exaltar a los otros en el rebajamiento de sí mismo. Cristo representa el triunfo del amor sufrido. Amó uniendo los extremos del máximo pecado y el máximo amor. Y quiso que este mismo suceso perdurase siempre y fuese apropiado y celebrado por todos sus seguidores. Creer en Jesucristo es hacer su misma vida, su muerte y resurrección. No solo fue humilde y veraz, fue la misma humildad y verdad. Vivió su identidad mesiánica como verdadero servicio. Convenció al mundo de que solo se ama bien a alguien cuando es capaz de sufrir por él. E hizo de su entrega señal de su seguimiento. Queridos hermanos: en estos días santos seamos protagonistas de la redención de Cristo, amando hasta el extremo con él, conmuriendo y resucitando con él.

Francisco Martínez

www.centroberit.com –  E-mail:berit@centroberit.com

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