Domingo de Ramos, ciclo a

Lecturas

Isaías 50, 4-7   –  Salmo21  –  Filipenses 2, 6-11

Mateo 26, 14-27,66. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»» Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.» Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro¿Soy yo acaso, Señor?» Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.» Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?» Él respondió: «Tú lo has dicho.» Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: + «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.» Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.» Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.» Pedro replicó: Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.» Jesús le dijo: «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.» Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. » Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.» Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.» Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.» Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.» De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.» Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.» Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es; detenedlo.» Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!» Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?» Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.» Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.» Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: «Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.»» El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?» Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.» Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.» Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?» Y ellos contestaron: «Es reo de muerte.» Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?» Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo.» Él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé qué quieres decir.» Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno.» Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre.» Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.» Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo: «No conozco a ese hombre.» Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.» Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!» Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.» Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús respondió: «Tú lo dices.» Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?» Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» Ellos dijeron: «A Barrabás.» Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «Que lo crucifiquen.» Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!» Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!» Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: «Elí, Elí, lamá sabaktaní.» C(Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste.» Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios.» Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: «A los tres días resucitaré.» Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos.» La última impostura sería peor que la primera.» Pilato contestó: «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.» Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro. :

Comentario:

DOMINGO DE RAMOS

Este domingo, llamado “de Ramos”, nos sitúa en el pórtico de los días santos de nuestra redención. Es un reto importante que sepamos situarnos adecuadamente ante ellos para vivirlos con autenticidad. Se trata del máximo drama de la humanidad, el de su redención. La Iglesia, ya desde sus mismos inicios, se sintió convocada el domingo por el mismo Señor para celebrar el misterio pascual, y la Iglesia madre de Jerusalén comenzó a conmemorar los sucesos de la redención en los mismos tiempos y lugares en que acontecieron. Así nacieron la celebración semanal y la anual de la pascua. La preocupación fundamental no fue en ningún modo revivir sentimentalmente los recuerdos de un difunto, sino obedecer a su Señor haciendo lo que él hizo y como él lo hizo, pero ahora en su propia vida. Esto fue aconteciendo en la profunda convicción de fe de que el Señor se hacía misteriosamente presente en las mismas celebraciones animando a su comunidad. En ellas se proclamaban los evangelios y se celebraba la eucaristía. La comunidad y todos sus miembros vivían la convicción intensa de que se reunían no solo para recordar o intentar una imitación sentimental y moral, sino para vivir una transformación muy real, sacramental. La comunidad se sintió desde el principio, ella misma, cuerpo del Señor, su Cuerpo Místico. Y vivió la fe de que lo que ella celebraba era la misma muerte y resurrección del Señor, pero ahora en su misma vida. Sin esta realidad, todo lo que nosotros ahora podemos celebrar se hace insuficiente y aun ajeno a la misma vida cristiana. Ser cristianos, entonces, era participar activamente en estas reuniones. “No desertéis de vuestras asambleas”, dice la carta a los Hebreos (10,25). Es preciso que nosotros sepamos ahora prepararnos a celebrar el Triduo Santo “por dentro”, el auténtico y verdadero, porque ello afecta a nuestra misma identidad cristiana. Afecta también, y mucho, al bienestar de toda la humanidad. No es correcto hacernos ausentes de la fe en estos días santos o limitarnos a ser pasivos espectadores en las calles ante las representaciones escénicas de la pasión del Señor. El Domingo de Ramos nos introduce a la vivencia a de la Semana Santa, o más en concreto, del Triduo Sagrado. En aquella primera manifestación triunfal que relata el evangelio de hoy, el pueblo sencillo aclamó al Señor. Mientras tanto, sus enemigos tramaban su muerte. Esta realidad persiste hoy cuando en la vida real unos toman partido por el bien y otros por el mal. Jesús vivió en Jerusalén el máximo drama de la historia del mundo: la presencia activa del mal en el hombre. El mal corrompe al hombre y le destruye como imagen de Dios, atrofia el sentido profundo de la vida y pervierte la historia. El mal proviene del egoísmo y es disgregación interior y exterior del hombre. El egoísmo, la ambición, la violencia, son esencialmente disminución del hombre, anticonvivencia e insolidaridad. El pecado es mal del corazón, el peor de los males. Es corrupción y pérdida de sentido y de identidad. El pecado no es el pequeño drama de saltarse la ley, sino la contribución personal al mal profundo y universal de la humanidad. Cristo, por amor, no nos redimió a distancia, asumió personalmente nuestro mal. Se encarnó y se apropió de todos nuestros pecados. Por nosotros se hizo pecado (2 Cor 5,21) y maldición (Gal 3,13-14). La cruz de Cristo no es una anécdota histórica, sino la más formidable contrahistoria del mal. Si el egoísmo destruye al hombre, en la cruz Cristo, tomando nuestros males, los mató en su propia carne obrando a la contra, amando y teniendo misericordia ante la ofensa. Se hizo vencedor haciéndose víctima, recorriendo el camino contrario a los deseos de poder y de dominar. En la cruz la Omnipotencia se hace impotencia. Y lo hace libremente. Se anonada siguiendo el camino contrario al odio y al orgullo. Es un camino inaudito: a nadie se le ocurre ganar perdiendo, o triunfar mediante el fracaso personal, o afirmar a los demás desafirmándose a sí mismo, o exaltar a los otros en el rebajamiento de sí mismo. Cristo no devolvió mal por mal. Representa el triunfo del amor sufrido. Amó uniendo dos extremos, la máxima ofensa y el máximo amor. Y quiso que este mismo suceso, único y singular, perdurase siempre y fuese celebrado por todos sus seguidores. Creer en Jesucristo es adorar su cruz, no la de palo, sino la de su amor personal. Él nos enseñó que solo amamos en verdad al hombre cuando somos capaces de sufrir por él. La cruz, el amor en la indiferencia y la contrariedad, es el distintivo de los seguidores de Jesús. Es lo que en verdad celebramos ahora los cristianos si realmente amamos a Jesús. Jesús nos invita en estos días a vivir la cruz. Es la fuerza de Dios en Cristo. Jesús en la cruz rompe con la imagen siempre dominante de un Dios omnipotente y afirma que precisamente cuando sea levantado de la tierra atraerá a todos hacia él (Jn 12,32). Cristo no ama el pecado, pero ama a los pecadores. No ama la ofensa, pero ama a los que le ofenden. Protesta como nadie contra el dolor y el sufrimiento de todos los hombres, el de los que lo sufren y el de que lo causan. Lo hace desde la máxima solidaridad asumiendo en su carne todas las consecuencias del egoísmo humano. Dios, en Cristo, no solo no es causa del sufrimiento: es víctima del mal del mundo. Y lo asume libremente no para denunciarlo, solo, sino para vencerlo. El silencio de Dios no es la última palabra. Dios ama a los ofendidos, y también a los ofensores. Todos necesitamos de la misericordia. Es mayor milagro de Dios su misericordia universal que la venganza justiciera que algunos desearían. Todos somos pecadores y todos necesitamos de misericordia.

Francisco Martínez

www.centroberit.com   –  e-mail:berit@centroberit.com

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