Domingo de Ramos 2017

 

Lecturas

Isaías 50, 4-7  –  Salmo 21  –  Filipenses 2, 6-11

Pasión de nuestro Señor Jesuscristo según san Mateo 27,11-54

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.”»
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió:
«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?» Él respondió:
«Tú lo has dicho.»
Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
«Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo:
«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
Pedro replicó:
«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
Jesús le dijo:
Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
Pedro le replicó:
«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
Y lo mismo decían los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
«Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
Después se acercó a Jesús y le dijo:
«¡Salve, Maestro!»
Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
Entonces dijo Jesús a la gente:
«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
«Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.”»
El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
Jesús le respondió:
«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
Y ellos contestaron:
«Es reo de muerte.»
Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
«También tú andabas con Jesús el Galileo.»
Él lo negó delante de todos, diciendo:
«No sé qué quieres decir.»
Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
«Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
Otra vez negó él con juramento:
«No conozco a ese hombre.»
Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
«No conozco a ese hombre.»
Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
Pero ellos dijeron:
«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
«¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús respondió:
«Tú lo dices.»
Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
«¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
Ellos dijeron:
«A Barrabás.»
Pilato les preguntó:
«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
Contestaron todos:
«Que lo crucifiquen.»
Pilato insistió:
«Pues, ¿qué mal ha hecho?»
Pero ellos gritaban más fuerte:
«¡Que lo crucifiquen!»
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
Y el pueblo entero contestó:
«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
«¡Salve, rey de los judíos!»
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
«Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
(Es decir:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
«A Elías llama éste.»
Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
«Realmente éste era Hijo de Dios.»
Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré.” Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos.” La última impostura sería peor que la primera.»
Pilato contestó:
«Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

Comentario

ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN

2017, Domingo de Ramos

            La entrada de Jesús en Jerusalén es un gesto profético, un magnífico pórtico de la pasión. En él se cruzaban dos historias. Una en el plano manifiesto de los hechos concretos, y otra, más real y profunda, en el mundo de las intenciones y motivaciones reales. Jesús, en esta escena, se mofa de quienes con este tipo de actos tiranizan, se imponen y hacen víctimas y ofrece una visión diferente, avalada por Dios y por los más sencillos del mundo, que responde a su mensaje capital. Es llamativo que Mateo inicie su evangelio con la figura de Herodes, de los sacerdotes y fariseos buscando la muerte de Jesús niño, y lo acabe también presentando a Pilato, a los sacerdotes y fariseos intentando juntos la muerte de Jesús. Jesús aparece siempre, de principio a fin, como rey, pero de una manera diferente a la de los reyes de la tierra. Nada tiene que ver con el estilo de los poderosos del mundo. Jesús, entrando en Jerusalén sentado en una borrica, ridiculiza el poder de quienes tiranizan. No lo hace en un caballo enjaezado, sino en un animal humilde y prestado. No le corean legiones de vistosas tropas desfilando, sino un grupo de hombres, mujeres y niños del campo venidos en peregrinación a Jerusalén No se producen discursos triunfales, sino aclamaciones de personas sencillas a quien viene en nombre del Señor. No se exhiben largas filas de prisioneros sobre los que ejercer el dominio; se ofrece la intencionalidad manifiesta de aparecer como servidor del mundo hasta la muerte. Jesús ridiculiza un estilo de vida y propone otro diferente.

 

JESÚS, O EL NUEVO MODELO DE VIDA

La entrada de Jesús en Jerusalén y su posterior pasión, confronta expresamente dos modelos de vida y toma partido por un modo, frente a otro, de ser persona y de relacionarnos con los demás, de establecer relaciones sociales, de mantener amistades y de convivir, de construir nuestras comunidades y parroquias, nuestros pueblos y ciudades, de vivir la fe y de ejercer la participación social y política. No es un suceso aislado y ambiguo. Está en referencia con nuestro comportamiento cotidiano en nuestras relaciones con los demás. Aquí hay mucho que aprender, mucho que reflexionar y cambiar sobre nuestra forma de estar con los demás. ¿Cómo vivimos y convivimos? ¿Por qué preferimos a unos y desechamos a otros? ¿A quién seguimos, vitoreamos y votamos? ¿A quiénes confiamos nuestras vidas?

Proclamamos hoy la pasión de Jesús según Mateo. Leemos lo que aparentemente sucedió, pero deberíamos entender por qué sucedió todo aquello, y luego deberíamos saber interpretarlo en nuestras vidas. Porque lo que sucedió, sigue sucediendo hoy en nuestro alrededor. Jesús vivió en su vida de cada día un modo diferente de ser persona, ridiculizando el éxito contra el otro, el vencer al otro y anhelar tener razón contra él para imponernos y aplastarle. Jesús rechazó el vivir frente, contra, o por encima del otro. Marginar al otro, desconsiderarlo, gozar de tener razones contra él, hacerle daño, silenciarlo, todo esto es lo que Jesús rehúye.

Jesús, en lugar de atacar y condenar, asumió nuestros males y se los apropió para matarlos en su propia carne. “Se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte” (Fil 2,8). Debemos caminar en estos días santos de la mano de Jesús, entrando dentro de él, en sus sentimientos e intimidad, sin detenernos en lo que solo es cultura popular, sin estancarnos en las celebraciones rituales litúrgicas en lo que tienen de mera repetición, de costumbre y de rutina. Cuando sucedieron los acontecimientos originales se dieron diferentes escenas, personajes, fragilidades humanas, desaciertos sociales y morales que hoy se repiten entre nosotros. Los Pilato y los fariseos, los sacerdotes o pueblo sencillo viven y perduran hoy y toman partido en favor o en contra de Jesús, de acuerdo con el comportamiento que mantenemos con los otros, allí donde Cristo vive y sufre. El proceso contra Jesús comportó entonces una injusticia planetaria en la que el hombre condenó a Dios. Y este acontecimiento sigue y perdura hoy en nosotros.

La muerte de Jesús no es sin más algo absolutamente querido por Dios, ni aceptado por el mismo Jesús. Es algo asumido como compromiso en un estilo de vida de servicio y de solidaridad inaudita que consiste en amar en la dificultad, amar en la enemistad, amar siempre. El realismo de la pasión y muerte de Jesús nos pone en referencia con el mal físico, moral, social y espiritual que causamos en la vida cotidiana y que en Jesús ha sido superado y trascendido en un amor más sobrehumano que inhumano. Jesús siguió amando donde el amor humano se quiebra y no aguanta. Amó hasta el extremo. Fue un amor sin límites, el amor que nunca falla, jamás se quiebra, que no representa una ejecución sino una entrega libre: “Nadie me quita la vida, yo por mí mismo la doy” (Jn 10,18). Lo más dichoso que ha podido ocurrir en nuestra vida es que Dios, en Cristo, haya muerto en cruz por amor a nosotros. En Cristo, Dios mismo renunció a presentarse como omnipotente ante nosotros y optó libremente por manifestarse como impotente ante los poderes del mal, respondiendo no con fuerza y resentimiento, sino con tolerancia y amor. La cruz es el abrazo de Dios a los verdugos de su Hijo (Liturgia del Viernes santo). “Soportó la cruz sin tener en cuenta la ignominia” (Hbr 12,2).

Acompañar a Jesús en su pasión es hacernos capaces de amar hasta el sufrimiento. Es tener un amor grande. La piedad sincera, nuestra relación con Dios, tiene un comprobante muy claro: la delicadeza de trato que observamos con los demás cuando nuestras relaciones están llenas de espíritu de cortesía, de elegancia y de sentido de detalle. Quien tiene a Dios y es tenido por él le irradia y revela en las relaciones con los otros. Es un error hacer sufrir, murmurar o acusar a los otros en nombre de Dios. Nuestra fuerza debería ser inequívocamente la vivencia de un amor  grande y sincero. El amor sufrido no es una injusticia cuando expresa amor. El amor sufrido no es algo inhumano sino sobrehumano. Condenar y acusar es un signo de debilidad. Solo tendrá perdón el que es capaz de ofrecerlo. La fuerza de Dios es la cruz o el amor sufrido. “Cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí”, dijo Jesús (Jn 12,32). Deberíamos en estos días celebrar la verdad humana y social de los hechos, no ritualidades vacías que no expresan lo que significan. La verdad última de nuestras relaciones es el perdón y la reconciliación, la comunicación y la comunión. Es un triunfo difícil, pero el único verdadero. Jesús triunfó frente a un mundo de injusticias y de resentimientos. Y nosotros debemos hacer lo mismo. El triunfo verdadero no es el de la venganza, el egoísmo o el rencor. Es más difícil vencerse a sí mismo que vencer a un ejército. La cruz no fue un triunfo contra nadie, sino la derrota del mal. Es el modo de cómo reaccionamos ante las dificultades, y revela hasta qué punto estamos con el Cristo que entra en Jerusalén y que permanece en la cruz. Jesús, entrando victorioso en Jerusalén, canoniza la humildad solidaria y derrota el orgullo prepotente. Acompañemos a Jesús en estos días, en sus sentimientos, en su viernes de muerte y en su sábado de gloria.

                                                                               Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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