Domingo de Pentecostés, ciclo C

Lecturas

Hechos de los Apóstoles 2, 1-11  –  Salmo 103  –

1ª Corintios 12,3b-7. 12-13  –

Secuencia: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequia, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Evangelio; Juan , 19-23: AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Comentario

COMO EL PADRE ME ENVIÓ, ASÍ OS ENVÍO YO

RECIBID EL ESPÍRITU SANTO

Pentecostés 2019

Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, culmina la cuarentena pascual. No es una celebración independiente, sino el colofón de la pascua. Tampoco es hoy, propiamente hablando, la fiesta del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad, sino el inicio de la presencia permanente y dinámica del Espíritu de Jesús iluminando, impulsando, transformando a sus seguidores para que vivan una vida testimonialmente cristiana. Pentecostés es el acontecimiento originario y permanente de la Iglesia. Más que del Espíritu Santo en su naturaleza íntima, hablamos de su efusión en la comunidad cristiana y de su acción permanente en ella y en cada uno de los creyentes. El Espíritu vive y actúa siempre en todos respetando su libertad personal. Esta presencia constituye lo esencial de la vivencia de nuestra fe; pero el Espíritu Santo sigue siendo el gran desconocido para muchos creyentes. Vivimos hoy la era de las comunicaciones. Todos vivimos conectados. Hasta cuando caminamos por la calle o nos trasladamos en autobuses urbanos, suelen ser muchos los que van con el teléfono al oído, hablando a veces ruidosamente. Muchos de nuestros niños y jóvenes, hasta cuando están comiendo, no dejan el móvil. A pesar de esta hiperconexión exagerada, el hombre actual es pertinaz en su desconexión más lamentable, la que mantiene con el Espíritu Santo. Lo tiene dentro y lo ignora. Está en su casa y no se entera. Y sin embargo, el Espíritu es la gran posibilidad de la existencia del hombre, su dignidad y destino más glorioso. El Espíritu aparece activamente presente en el hecho originario de la creación y en el momento en que la Iglesia nace. Es siempre agente de vida superior, de unidad y concordia en las situaciones de distanciamiento e incomunicación de los pueblos. Hace germinar y florecer los dones naturales y nos capacita para una existencia superior y divina. El Espíritu Santo aparece presente en la vida terrena de Jesús como autor de los hechos trascendentales: la encarnación, su investidura y declaración como Mesías e Hijo de Dios, el nacimiento de la Iglesia. El Espíritu es la gran promesa de Jesús. Promete enviarlo al ausentarse él. No se trata de una sustitución, sino de un nuevo modo suyo de presencia y de encarnación, más íntimo y penetrante, y, además, en todos. A Cristo junto al hombre debía suceder Cristo dentro del hombre. La era de Cristo es la era del Espíritu. El Espíritu hace Pentecostés y es Pentecostés. Crea vocación y convocación o llamada. Lo renueva y vivifica todo. Elige apóstoles. Crea concordia y unanimidad, hace de muchos “un solo corazón y una sola alma”. Cuando el Espíritu se comunica provoca unidad y comunión: “nadie llamaba suyos a sus propios bienes, sino que lo tenían todo en común”. Hace de los hombres hijos de Dios. Es para todos “arras”, “prenda” y “primicia” de la gloria. Con él Dios se hace cercano, Cristo vive en el presente, el evangelio es palabra viva de Dios, el pan se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, con él la Iglesia es Cuerpo místico de Cristo y no una simple organización humana, con él la liturgia es no ya recuerdo del pasado, sino memorial y suceso contemporáneo, actualidad viva, acontecimiento permanente. Gracias al Espíritu, Cristo vive ofreciéndose en nosotros y se actualizan en nosotros los misterios de su vida. Pentecostés es la fiesta de la nueva humanidad. El creyente es cuerpo, alma y espíritu. El Espíritu “se derrama” en nuestro espíritu y “permanece” actuando en nosotros, dentro de nosotros. El creyente, mediante el Espíritu, es insertado en el mundo de Dios para hacerle capaz de correalizar su vida, su amor, su felicidad. Gracias al Espíritu, Dios es la vocación, el horizonte y el destino del hombre. El Espíritu deifica al hombre. Dios creó al hombre a su imagen, y la imagen reclama ardientemente al modelo. Dios capacita al hombre en su apertura al infinito. Ha querido situarlo en una atmósfera invadida por la gracia, por el deseo profundo e innato de un “siempre más”, de “un más todavía”. El hombre, en su fondo más genuino, es deseo y necesidad. Y llega a ser él mismo cuando busca sinceramente a Dios y se ordena a él. Distanciarse de Dios es distanciarse de sí mismo. Solo con Dios y en Dios llega a ser él mismo, porque Dios se hace lo mejor de él, lo más suyo de lo suyo. El hombre nunca dejará de ser lo que Dios le ha hecho, imagen de Dios, necesidad de infinito. Y solo puede llegar a serlo con la gracia y el poder del Espíritu. El Espíritu es su destino y es también la fuerza y la posibilidad de obtenerlo. Pentecostés es la fiesta del hombre realizado, vencedor, que tiende a su verdadera identidad. Pentecostés es la mayor gracia de Dios al hombre, porque la donación de su Espíritu es siempre realidad bienhechora y dinámica. El Espíritu es el poder y la fuerza de Dios, y mediante él el hombre correaliza la vida y felicidad divina. Un cristiano que solo vive de referencias externas desconoce el aspecto más glorioso de la fe. Es una desgracia que el cristiano viva entretenido en cosas que sin Dios ni siquiera existirían. Dios mismo, mediante su Espíritu, habita, permanece, mora y actúa en el interior de cada hombre. Le ilumina y mueve desde dentro, desde su propia intimidad. Interviene en la pura receptividad del hombre creando capacidad, fuerza, conocimiento y amor, gozo y paz. Dios obra en lo más hondo de la inteligencia y del corazón del hombre dilatando, ensanchando, potenciando. El creyente, todo creyente, suele experimentar en ocasiones una fuerza superior que le impulsa con eficacia. A veces, y sin él procurarlo, siente una fuerza superior que le ilumina y le mueve, le hace conocer y amar, una fuerza que se realiza en él pero no por él. Entonces, él no piensa, es iluminado. No obra, es movido. Siente, a pesar del ambiente de frialdad e indiferencia que domina nuestra época, un impulso de adhesión plena y dichosa para seguir a Dios. Es una connaturalidad, una docilidad especial, una disponibilidad gozosa que acerca a Dios. Hay en la vida de todo cristiano momentos de luz y de atracción, momentos creativos y natalicios que nos hacen sentir el vacío de una vida vulgar y pedestre, y que avivan los deseos y aspiraciones más nobles. No es algo que nos sucede, sino Alguien que llama y ayuda. Son las dichosas oportunidades de ser mejor, de ascender, de integrarnos en una vida con horizonte y sentido superiores. Pentecostés es la fiesta del hombre que quiere ser y crecer y siente necesidad y anhelo. Es creador de cercanía y de intimidad, de solidaridad y comunión, de convocación y de amistad creciente, de integración y de participación, de convergencia y convivencia. Nos hace sentir más gusto y atracción por las personas que por las cosas, nos inclina más a darnos que a recibir, más a la solidaridad y responsabilidad que al individualismo y al aislamiento. Pentecostés es invitación y gracia de Dios a la superación y crecimiento, al conocimiento superior y al amor sincero y efectivo, a la convicción de que hacemos algo provechoso no cuando satisfacemos nuestro gusto, sino cuando mejoramos a los demás. Está muy bien ayudar y colaborar, educar y formar. Pero la necesidad más apremiante de la Iglesia de hoy es la de acercar a los creyentes a la presencia y acción de ese magisterio interior y directo del Espíritu en cada hombre, iluminando, impulsando, conduciendo, creciendo. El Espíritu es el don supremo y el magisterio más glorioso del hombre, de todo hombre. Él nos conduce, como afirma Jesús, al conocimiento de la verdad plena.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   E-mail: berit@centroberit.com

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