Domingo de Pascua de la resurrección del Señor

Lecturas:

Hechos 10, 34a. 37-43  –  Salmo 117  –  Colosenses 3, 1-4

Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Comentario

HA RESUCITADO EL SEÑOR

2017, Domingo de Resurrección

            Hermanos: ¡feliz Pascua de resurrección! Durante todo este día, durante la octava pascual y durante cincuenta días la liturgia seguirá clamando “¡Este es el día que ha hecho el Señor!”. Son palabras del salmo 117 con las que una persona que debió experimentar una gran curación, acompañada por un gran cortejo de familiares y amigos, se acercó al templo de Jerusalén para dar gracias a Dios. La liturgia las ha tomado ahora para que la comunidad evoque el suceso más grande de la historia, la resurrección del Señor. Un día tan grande que ha sido reconvertido por las comunidades de todos los siglos en una cincuentena de días para poder festejar mejor el fundamento de nuestra fe cristina.

Cristo ha resucitado y nosotros con él. En la vigilia pascual celebramos el simbolismo del cirio que, encendido en las tinieblas exteriores, penetra triunfal en el templo, el lugar de la asamblea, inundando el ambiente de luz. La luz es vida, la vida nueva del Resucitado que aparece encendiendo, de su misma luz resucitada, la candela de todos y de cada uno. El simbolismo representa una realidad más real, pues ciertamente lo que celebramos en verdad es nuestra vida en Cristo. El suceso fundamental de la Iglesia está en el hecho de que del cuerpo resucitado del Cristo viviente en los cielos está fluyendo una corriente permanente de vida resucitada hacia el cuerpo de la Iglesia terrena que nos va configurando a cada uno de los creyentes progresivamente con él. Este hecho representa la primera y máxima definición de la Iglesia. No celebramos hoy la resurrección de aquel Jesús histórico de la Palestina de ayer, sino nuestra resurrección hoy gracias a la influencia viva del Cristo viviente en los cielos. Su misma vida resucitada es hoy nuestra vida cristiana. No es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace en nosotros incorporándonos a su Hijo.

Dios es Luz. La luz expresa de forma maravillosa el misterio de la vida. En las sucesivas lecturas de la vigilia pascual se rememoran las cuatro noches más oscuras del mundo, la de la creación como paso de la nada a la existencia; la de la fe de Abraham, como paso de la ignorancia al conocimiento de Dios; la del Éxodo, como paso de la esclavitud a la libertad; la de la promesa del Mesías liberador, el enviado de Dios que nos trae la Revelación. Jesús es el camino, verdad y vida del mundo. Cuando viene al mundo cambia la historia. La duración ya no es solo tiempo que fluye, sino también concentración en el Hoy eterno de Dios, recapitulación y transformación de la humanidad en Cristo. Con Cristo y en él, penetramos ya ahora “en la última hora” (1 Jn 2,18), “en la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4), en “la vida eterna” (Jn 3,15). La Pascua hace de los hombres contemporáneos de Cristo y de los misterios redentores de su vida. Los creyentes de todos los tiempos y lugares revivimos el mismo suceso original de Cristo implicando en él nuesros problemas y tensiones para poder renovar la creación entera, sometida a la frustración. Cristo resucitado significa para nosotros la vida nueva, el suceso más real y grande en nosotros y para nosotros.

La celebración de la pascua representa un gran misterio que es preciso conocer y vivir bien. Es memoria de un pasado, Cristo muerto y resucitado; es misterio actual en nosotros que aquí y ahora estamos ya pasando de la muerte a la vida; y es profecía o anticipación del futuro pleno, pues participando de la pascua participamos anticipadamente de la vida eterna del Cristo glorioso de los cielos.

Cristo con su muerte destruye al hombre viejo. Resucitando él nos ofrece ya ahora su nueva vida resucitada. Esto es lo que nosotros llamamos la gracia. Los agraciados somos nosotros que comenzamos a resucitar ya ahora de su misma resurrección. Cristo tomó el suceso de su muerte y resurrección y lo ritualizó en la Cena. La cena es la cruz resurrección que se actualiza en la eucaristía. La eucaristía es la muerte resurrección de Jesús hecha posible gracias a la institución de la cena. Jesús mandó a su Iglesia celebrar su memorial haciendo lo mismo que él hizo. Ahora la pascua es el suceso no de Cristo solo, sino suyo y de la Iglesia, de la cabeza y del cuerpo.

La pascua es siempre una intervención gratuita de Dios que salva. En la pascua hebrea Dios libera a su pueblo de la servidumbre de Egipto, le encamina hacia la tierra de la libertad. En Cristo, Dios interviene para sacarle del sepulcro y de la muerte y otorgarle la resurrección. Ahora Dios nos da al Hijo para que vivamos por él. Le ha constituido Señor, nuevo Adán, Espíritu vivificante. Sentado a la derecha del Padre envía el Espíritu a la Iglesia, su cuerpo. La vida de la Iglesia es la resurrección de Jesús. Cristo resucitado vive en la Iglesia. La vida cristiana es advertir su presencia y hacerla propia. La misión, el apostolado, la misma fe, no son sino el testimonio de esta experiencia nueva. Es reflejar a Cristo. Es poder decir en verdad “somos testigos”. Todo ello, incluido el hacerlo consciente, es don de Dios.

La resurrección de Jesús es ahora la vida de la Iglesia. Y la Iglesia ha de ser pascua del mundo, fermento de la nueva humanidad. La Iglesia hoy ha de celebrar el memorial del Señor no ya en los gestos repetidos de una liturgia rutinaria, sino en la vida real. No se pueden separar el culto y la vida. Jesús criticó el culto vacío: “Misericordia quiero, y no sacrificio”, dijo evocando a los profetas. Afirmó que no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. Que el culto no agrada a Dios si no realiza lo que significa. Jesús mismo anunció un nuevo régimen cultual diciendo que el vino nuevo del evangelio no puede ser puesto en los odres viejos de la ley. Ahora el nuevo templo es el Cuerpo del resucitado o la nueva comunidad de fieles. Y el sacrificio no es “un” sacrificio, sino la vida solidaria de los creyentes. Y los sacerdotes ya no son una casta, sino el “pueblo sacerdotal”. La carta a los Hebreos recuerda: “El hacer el bien y el compartir los bienes, esos son los sacrificios que agradan a Dios” (13,15-16). La eucaristía es no solo dar sino darse. Ser pascua hoy de Cristo para el mundo es convertirnos, en él y con él, en don de paz, de alegría y de amor para todos.

La pascua de Cristo nos fuerza a un nuevo tipo de presencia pastoral y espiritual en el mundo. El modelo de una Iglesia del pasado está ya agotado. Lo dicen las estadísticas actuales. Hace pocos años el 90% de las personas se confesaban cristianas en España. Hoy, en otras encuestas, lo hacen no más del 40%. ¡Sorprendente! ¿Cómo alguien podría quedarse tranquilo, pasivo, afirmando que hacemos ya todo lo debido, o que aquí no pasa nada? El deseo de cambio y renovación es un anhelo universal. Creer que hacemos todo lo preciso es mentira e hipocresía. El exceso clerical, la insuficiencia del laicado, la situación de alejamiento de la Iglesia y de la práctica religiosa, el abandono de la moral de la Iglesia, el distanciamiento generalizado del mundo de la juventud, del trabajo y de la cultura, la dificultad de encontrar un leguaje y una comunicación más efectivas e impactantes en el mundo moderno, y otras causas, son un clamor que nos convocan a la responsabilidad, a la inquietud espiritual y pastoral.  Cristo sea nuestra pascua y que nosotros sepamos ser pascua de Cristo para todos los hombres nuestros hermanos.

                                            Francisco Martínez

 

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