Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Lecturas

Hebreos 10, 34a.37-43  –  Salmo 117  –  Colosenses 3, 1-4

Juan 20, 1-9: EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Comentario

PASCUA DE RESURRECCIÓN, 2019

Hermanos, ¡felicidades!, ¡enhorabuena! ¡Cuántas veces hemos dicho estas expresiones con ocasión de los acontecimientos dichosos de nuestra vida! Hoy y en este momento, lo volvemos a repetir. Lo hacemos con emoción, porque ahora nos referimos al suceso cima de nuestra existencia y de la existencia de la humanidad. La resurrección de Cristo es el suceso cumbre de la historia. Afecta de forma trascendental a la verdadera identidad del hombre. El hombre, en verdad, no nació en el Génesis, sino en el sepulcro de Jesús. Entonces nació no el hombre terrenal, sino el celeste y eterno. El que posee como sobre-alma el Espíritu de Cristo resucitado animando su vida, comunicándole el conocimiento y el amor característicos de Dios. La resurrección de Jesús hace al hombre eterno. Los cristianos de nuestra generación viven gran pobreza formativa y espiritual. No es de extrañar tanta defección y frialdad hoy. Una de las causas más poderosas de ello es el reduccionismo de la imagen de Cristo a la consideración exclusiva de su presencia temporal en Palestina con el olvido de la grandiosa visión del Misterio de Cristo, de Juan y Pablo, que nos ofrece la imagen del Cristo hoy glorioso y resucitado, cabeza vivificante de la comunidad cristiana, animador de la vida divina y gloriosa de la comunidad eclesial que vive en el tiempo. Como consecuencia de este lamentable reduccionismo, el proceso de divinización del hombre queda reducido a una fría imitación moral, legal y externa, esfuerzo del hombre más que don y gracia de Dios. Se trata de una mutilación espantosa en la que se desvanece la verdadera imagen de Dios y su obra y solo cuentan el hombre y su esfuerzo. El magisterio cotidiano de la Iglesia actual, de obispos, sacerdotes y catequistas, y la enseñanza de la fe cristiana, deben comprometerse en un gigantesco esfuerzo histórico para curar la mirada del pueblo de Dios, y resituar al Cristo glorioso celeste como única cabeza y fundamento animador de la vida cristiana en su más imperiosa integridad. Ello lleva consigo la absoluta superación de la pobre idea mantenida por evangelizadores, y no pocos sacerdotes, que se cierran al misterio y mantienen una ascensión espacial de Cristo a lo alto del espacio celeste, con el pretexto de optar solo por cosas sencillas e inteligibles. Lleva también consigo la absoluta afirmación del protagonismo de Cristo y el rechazo de diversas formas de dominación, de fondo y de forma, en la conducción pastoral de la Iglesia. El pensamiento eje, vertebrador, de la comprensión de la Iglesia es, y no puede ser otro que el Cuerpo glorioso y resucitado del Cristo hoy viviente en los cielos que permanece transmitiendo una corriente de vida resucitada, de gracia y de Espíritu Santo, en favor de la comunidad eclesial que peregrina en el tiempo, animándola, divinizándola. La mayoría de los textos pascuales que hablan de la resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento no se refieren a la resucitación física de su cuerpo, sino a la vivificación espiritual del Cuerpo Místico o comunidad cristiana. Jesús mismo esconde intencionadamente el hecho de su resurrección personal contemplada como simple resucitación de un cadáver y nos dice enfáticamente “Dichosos los que sin ver creen” (Jn 20,29). No es el retorno a las condiciones de esta nuestra existencia terrena lo que cualifica ahora la resurrección de Jesús. Jesús, al resucitar, pasa a una forma de existencia gloriosa y definitiva junto a Dios y ahora su nueva vida glorificada converge en la manifestación de acontecimientos sorprendentes en la Iglesia terrena: la irrupción de una poderosa fuerza divina que conmueve y transforma a la comunidad, una experiencia interna e intensa que estremece a todos sus discípulos en el gozo del Espíritu Santo, un nuevo y fascinante estilo de vida de los creyentes que asombra y seduce a todos, la transmisión de un admirable mensaje o revelación testificado, creído y transmitido con alegría y coraje. Este es el mensaje de los apóstoles y lo que determina el nacimiento de la primera comunidad cristiana. Los apóstoles lo proclaman con énfasis y firmeza conscientes de que es el verdadero fundamento de la nueva fe: “Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos” (Hc 17,3), “lo ha exaltado a su derecha” (Hc 5,31), “lo ha vivificado” (1 Pdr 3,18), “lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos” (Fl 2,9-10), “lo ha glorificado” (Jn 12,16). Ahora, lo que en realidad mueve a todos es la fe en Jesús resucitado presente en su comunidad y animador de la misma. Ahora todos entienden por qué y para qué ha venido Jesús. Entienden que Jesús es inseparable de su obra. Jesús se ha ido a los cielos pero permanece en los suyos de una forma más penetrante que ayer. Lo aseguró él mismo. Ahora vive en la comunidad. Ella misma es el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo vive hoy en el hombre. Cristo es el camino del hombre y el hombre es el camino hacia Cristo. La cristología se hace antropología. Y todos entienden bien aquello de “lo que a estos hicisteis, a mí lo hicisteis”. Gracias al don del Espíritu Santo se está anticipando en el hombre la resurrección de Jesús. La máxima urgencia pastoral del momento la menciona ya Lucas en el camino de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y comprendieron” (Lc 24,31). Quien sitúe a Jesús como objeto de curiosidad terrena, y se pregunte por detalles físicos, en lugar de contemplarle en la fe, seguirá viendo erróneamente al hortelano, a unos vulgares caminantes, a un fantasma. Pero no a él. La verdad de fondo de la resurrección del Señor es que, resucitando él, nos está ya resucitando a nosotros. Nos está dando ya los dones definitivos. Por nosotros se encarnó y murió. Por nosotros y para nosotros está enviando hoy su Espíritu Santo. Nos pone en comunión permanente con él, nos está resucitando en él y nos está sentando ya con él en los cielos (Ef 2,6). Vive ya con nosotros y para nosotros anticipando en nosotros el futuro. Debemos hacer la experiencia de su presencia en nosotros. Lo quiere él. Una doctrina verdadera se convierte en falsa a causa de la somnolencia y la frialdad. Si no pensamos y creemos, tampoco veremos y gozaremos. Creer es caminar en la luz. Debemos, todos, proclamar en nuestras vidas que Jesús ha resucitado. Al Cristo proclamado ha de seguir en nosotros el Cristo vivido. Esto reclama amor. Si Dios es amor, resucitar es amar. Y esto es lo que necesita el hombre de este tiempo y de todos los tiempos. Para cambiar al hombre hay que amarlo. Si amamos, es que Cristo resucitó. El Señor nos ayude a lo más maravilloso que puede tener la vida de un creyente: que en nosotros vean los hombres que él ha resucitado en verdad.

Francisco Martínez

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