Domingo 8º ordinario, ciclo A

Lecturas:

Isaías 49, 14-15  –  Salmo 61  –  1ª Corintios 4, 1-

Mateo 6, 24-34

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gante de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

Comentario

NO OS AGOBIÉIS POR EL MAÑANA

2017, 8º Domingo Ordinario

            Jesús, en el evangelio, nos habla de la correcta orientación fundamental de la vida y nos invita a tener puesta nuestra confianza en Dios. Actitud necesaria y vital en una época en la que la frialdad y la indiferencia se han instalado en los hombres. Las bienaventuranzas de Jesús, vividas, unifican y totalizan el corazón del hombre en su verdadera identidad. Constituyen la naturaleza esencial del reino de Dios y contribuyen a la plena vivencia de los ideales más sublimes. Pero el hombre, destinado al Infinito, es también hijo de esta tierra y está sujeto evidentemente a necesidades materiales apremiantes. Si se vuelca en ellas en demasía, existe la posibilidad de que se pierda en el camino. Jesús, después de establecer principios permanentes, da normas y soluciones concretas a problemas de nuestra vida cotidiana. En el evangelio de hoy pronuncia una serie de dichos de carácter sapiencial, a modo de exhortación, para alcanzar una vida conforme con el reino de Dios y su justicia. Lo hace de una manera imperativa y con imágenes muy bellas de la vida real y cotidiana.

Los oyentes de Jesús son gente pobre y de corazón sencillo. Saben lo que es la necesidad cotidiana del alimento y de todos aquellos bienes materiales que se precisan para una vida mínimamente digna. Había también en la audiencia de Jesús personas de situación acomodada. Jesús se apercibe de quienes se hacen sensibles a su mensaje, pero advierte también la reacción fría de quienes, satisfechos con sus bienes, no sienten tanto el impacto de sus palabras. Jesús habla del afán de dinero más allá de lo necesario, en cuanto que es capaz de acaparar la atención y actividad del hombre. No habla de servirse del dinero, sino más bien de servir al dinero posponiendo los valores absolutos en favor de los relativos. Personifica los bienes temporales en la figura de un ídolo llamado Mammón, que popularmente representa al dinero y la riqueza. Jesús nos advierte que la fascinación por la riqueza puede arrastrarnos a hacer de ella un señor o un dios, constituido en el objetivo obsesivo y último de la actividad humana. Y sentencia con claridad: “Nadie puede estar al servicio de dos amos”. Jesús habla de amos que tienen intereses absorbentes y divergentes.

En el lenguaje literario de los evangelios no es raro encontrar expresiones rotundas y abultadas que hay que saber entender, no para quitarles fuerza o para desvalorizarlas, sino todo lo contrario: para saber encontrar, a través de esa exageración, y a manera de un subrayado, una importante enseñanza de Jesús. ¿Cómo podría alguien no preocuparse por el dinero estando en paro, o si se siente apremiado por una factura de luz que no puede pagar? Pero Jesús no se refiere a eso. Su enseñanza no es inhibición ante la vida, ni ingenuidad en la previsión. Es verdadero realismo. Habla de aquella fe a la que apela cuando en ocasiones dice: “¡hombres de poca fe!”. El agobio excesivo por los bienes materiales es propio de paganos, explica Jesús. Se está refiriendo, pues, a la prioridad de la dignidad absoluta del hombre, de la necesidad de que, ante todo, pueda desarrollar su propio ser. Invita a saber optar entre dos señores, entre dos prioridades, entre dos cultos, entre dos reinos. Dice que su reino no es el dinero, sino el Padre. Debemos vivir en función del fin absoluto, sin establecernos en lo que solo son medios. Nuestro principal objetivo en la vida, lo que debe ocupar el centro de nuestras preocupaciones, es realizar nuestro ser en plenitud. Todo lo demás es secundario, aunque sea bueno y hasta imprescindible, como lo es el alimento o el vestido, la vivienda, la educación. La trampa está en construirnos el reino con lo que es prescindible, edificar la vida sobre los cimientos de lo secundario y accidental, invertir nuestras energías y esfuerzos en lo superfluo. Jesús piensa que el dinero puede convertir nuestras preocupaciones en un culto deshumanizante.

Jesús, para animarnos a resaltar la confianza en Dios, relata dos ejemplos sugerentes y hermosos: la seguridad del alimento en las aves del cielo y la inmensa belleza de las flores del campo. Dios se preocupa de todas sus criaturas, incluso de lo más perecedero. Y si Dios no descuida nada ¿no lo hará con el hombre? El alimento y el vestido son bienes básicos, necesidades comunes y primarias para todo ser humano. No se trata de despreocuparse de ellos, sino de valorarlos en su justa medida. El hombre está hecho para el Infinito. Tiene que tener confianza absoluta en Dios sencillamente porque es Padre. Un niño, además del alimento, tiene necesidad del amor de su madre. La primera lectura, de Isaías, nos ha recordado que si una madre no puede olvidar al hijo de sus entrañas, Dios todavía menos puede olvidarse de nosotros. En el Sermón del Monte, Jesús pone en el centro al hombre y a la persona necesitada. Ese es el valor absoluto y en eso está el reino de Dios. Ese es el fundamento sobre el que debe construir su vida. La opción por el reino de Dios y su justicia es una cuestión de fe. El ansia excesiva, la preocupación agobiante por las realidades materiales, es señal de carencia de fe. Quien no tiene fe carece del Infinito. Despreocuparse de ello representa la destrucción del hombre. Es una desgracia que el hombre no ame su propia identidad profunda y no tienda a su destino absoluto. Nosotros tenemos al Padre de los cielos que nos ama y se preocupa por nosotros. No podemos agotar todas nuestras energías instalándonos en lo provisional. Debemos amar lo eterno.

El hombre materializado es una persona que no aspira a ser: quema toda su energía solo en el afán de tener. En realidad no es un ser que posee, sino un ser poseído. De hecho él mismo se considera a sí mismo en la medida en que posee. Para él el valor no está en su persona, sino en sus bienes impersonales. Cree que no tener nada es ya no ser nadie. Quienes así piensan y actúan son auténticos parásitos de la humanidad, enfermos crónicos de reumatismo espiritual, individualistas groseros que no reconocen el amor, la ternura, el riesgo, la pasión, indiferentes al dolor de los otros. Para ellos, los otros no son “otro yo”, sino cosas, objetos utilizables, usados o desechados cuando lo pide su egoísmo. El  hombre materializado es un ser que ha perdido el amor y que en nada beneficia a los demás. Solo mira a su bienestar. Usa y tira a los demás porque no conoce la amistad verdadera ni el amor auténtico.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios con capacidad de conocer y de amar a Dios y a los hombres, sus semejantes. El hombre y su libertad es la realidad suprema del universo. La persona, por ser la más alta imagen de Dios, es valor absoluto sobre el universo creado. No existe crimen mayor que el de anular la persona, o el de ahogar en los hombres la posibilidad y gusto mismo de ser personas. El hombre no marcha bien sino allí donde marcha él entero, es decir, cuando tiende a su vocación trascendente.

El problema del cristiano actual es que no posee un conocimiento sapiencial de la existencia cristiana. Conoce verdades y normas, tradiciones y costumbres de épocas antiguas, cuando la fe era una posesión tranquila, no agredida, identificada con el ambiente o cultura popular. Su conocimiento es preferentemente información, pero no vivencia, ni asombro y emoción. No está centrado en la experiencia medular de la Pascua, de la comunión asidua y transformante de la palabra de Dios, de la convivencia festiva y fraterna del domingo, de una formación bíblica y litúrgica de la práctica cristiana, de la doctrina conciliar del Vaticano II de la que se nutren las aspiraciones de grupos y personas con inquietud renovadora, del contagio dichoso de la amistad en la fe y en el evangelio frecuentemente compartido, del gozo de sentirse hijo de Dios en la vivencia de una fraternidad universal y sincera. La formación media de muchos cristianos no da para una vivencia alegre y dichosa. Conozcamos mejor nuestra fe y, sobre todo, dejémonos iluminar por el Espíritu para que podamos ver la luz en su propia Luz.

 

Francisco Martínez

 

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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