Domingo 5º ordinario, ciclo A

lecturas

Isaías 58, 7-10  –  Salmo 111  –  1ª Corintios 2, 1-5

Mateo5, 13-16

 

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Comentario

VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO

2017, 5º Domingo Ordinario

 

En el domingo anterior el evangelio nos ofrecía el mensaje de las bienaventuranzas. Es el núcleo del mensaje de Jesús, el evangelio del evangelio, el nuevo ser y la nueva actitud de los seguidores de Jesús. Nunca nadie ofreció a la humanidad un programa de vida tan sublime. Ciertamente, más que un sermón preciso y concreto, las bienaventuranzas son el núcleo de la predicación íntegra y permanente de Jesús. Solo Dios podría habernos enseñado cosas tan absolutamente bellas. Es la nueva ley que no se limita a la abstención de actitudes negativas, ni a la simple observancia exterior, sino que representa un amor interior y exterior vivido en radicalidad, totalidad y sinceridad. Jesús enuncia la nueva ley no de forma legislativa, sino como una cordial y expresiva felicitación. Las bienaventuranzas son la clara comprobación de que Dios ha intervenido cambiando el corazón de unos hombres que ya no están tristes, ni son violentos, ni ofenden ni oprimen, sino que son dichosos, pacíficos y misericordiosos porque ven a Dios y poseen su mismo amor. En el evangelio de hoy Jesús continúa el citado sermón y para describir mejor su fuerza irradiadora nos propone dos imágenes: tenemos que ser sal y luz para difundir las bienaventuranzas de igual forma que la luz ilumina y la sal sala. Y lo justifica bellamente diciendo que una ciudad está construida en lo alto de un monte para conducir mejor a los caminantes que se acercan a ella; y una lámpara no se oculta bajo un cubo, sino que se pone sobre el candelero para alumbrar a quienes están en la casa. Jesús no se limita a recomendarnos que tengamos talante de bienaventuranzas. Nos exige que las irradiemos hacia los demás para que los hombres, viéndonos, den gloria a Dios.

 

IRRADIAR COMO CREYENTES

Toda persona representa un mensaje. Comportándose, habla a los demás. Somos lo que hacemos. Somos seres dinámicos a causa de nuestra capacidad de relacionarnos. En definitiva, somos nuestra relación. Nuestra vida y comportamiento es un lenguaje que nos identifica como personas ante los demás. Se nos ha concedido el lenguaje para comunicarnos, comprendernos y acercarnos. Pero siendo el lenguaje un don, está expuesto al abuso y a la mentira, a la perversión de sentido. Podemos mentir. Podemos decir palabras ociosas y vacías. Podemos celebrar ritos sin vivir la verdad que expresan. Cuando no somos lo que decimos, entramos en el terreno de la corrupción. Solemos ser muy indulgentes con nosotros mismos. Nos perdonamos en exceso. Jesús sabe estas cosas y nos dice que seamos verdad y digamos la verdad. La verdad profunda del cristiano son las bienaventuranzas. Se ha  devaluado mucho entre nosotros el más genuino mensaje de Jesús. Ser cristianos y no vivir el espíritu de las bienaventuranzas, además de una mentira es un escándalo y un antitestimonio.

Ser testigo y comunicar algo importante implica exuberancia de corazón. Significa que no solo decimos cosas, sino también aquello que somos y aquello que damos como lo mejor de nosotros mismos. El testimonio significa riqueza del ser que no solo dice y siente, sino que comparte. Y el testimonio beneficia a todos porque es máximo don y gracia, no solo de palabras, sino de hechos. Jesús, a través de una doble imagen, nos habla de nuestra presencia dinámica y responsable ante los demás. Nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra”. Jesús apela al uso doméstico de la sal conocido por todos. La sal sazona, y conserva los alimentos preservándolos de la corrupción. Un alimento sin sal no es agradable. Si la misma sal se vuelve insípida para nada sirve ya. Mateo usa un verbo que literalmente significa “volverse necio”. Es la necedad del discípulo que se ha vuelto insípido porque ha perdido su vigor evangélico. O la necedad de los constructores que comienzan a edificar una casa y no tienen materiales. O la necedad de aquellas doncellas que no reservaron el aceite para sus lámparas cuando esperaban de noche la vuelta del señor de la casa. La sal que ha perdido su sabor no sirve sino para ser tirada fuera, a la calle. No vale.  En la segunda imagen Jesús nos dice que “somos la luz del mundo”. La metáfora de la luz es de puro sabor bíblico. Según Isaías el Mesías y Jerusalén serán la luz de Israel y de todas las naciones (60,1-3). En el presente, el mismo que dijo “Yo soy la luz del mundo” es también el que dijo “Vosotros sois la luz del mundo”. Como Cristo es la luz del Padre, los apóstoles y los cristianos son la luz de Cristo. El evangelio es luz y la misión es iluminación. La imagen de la luz en la Biblia no es intelectual, sino vital. Supone la Verdad y afirma la Vida. Los cristianos son luz del mundo no como maestros, sino como creyentes y santos. Jesús refiere la luz al comportamiento y testimonio: “Brille así vuestra luz a los ojos de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

La enseñanza más formidable es la que inicia a la vida. No es lo mismo enseñar que iniciar. El testigo no transmite teoría, sino vida. Jesús, cuando habla del Padre, es “testigo fiel y veraz” (Ap 3,14). Él mismo apela a las obras: “Las obras que yo hago dan testimonio de mí” (Jn 10,25). “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed por las obras” (Jn 10,37-38). Jesús “fue poderoso en palabras y obras” (Hch 7,22). Entre cristianos lo primero que debe evangelizar es su vida misma. Si irradiásemos las bienaventuranzas, el mundo entero abrazaría la fe. Evangelizar es amar. Lo primero que debemos hacer para cambiar al hombre es amarlo. Hay un documento del siglo II llamado Carta a Diogneto que representa un testimonio impresionante que estimula y alecciona. Es de un autor desconocido que pregunta sobre el comportamiento de los cristianos: “Quién es ese Dios en el que tanto confían; qué es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; qué amor ese que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes» (Cap. 1). Los cristianos, dice,  “Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad”.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, solo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres”.

Hermanos: ahondemos en las bienaventuranzas. Las estudiemos a fondo. Las vivamos y seamos testigos de Jesús, la vida más hermosa del mundo, la vida que nos espera en la eternidad.

 

                                                            Francisco Martínez

 

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