Domingo 4º cuaresma, ciclo A

Lecturas

1ª Samuel 16, 1b, 6-7. 10-13a  –  Salmo 22  –  Efesios 5. 8-14

Juan 9, 1-3. 5-9. 13-17. 34-38


En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él..

Comentario

ÉL FUE, SE LAVÓ Y VOLVIÓ CON VISTA

2017, 4º Domingo de cuaresma

            Hay una inmensa diferencia entre vivir en la luz o permanecer en la oscuridad. La tiniebla es sinónimo de muerte. Imposibilita hacer nada, vivir. La oscuridad es como la sepultura del alma. La obra de Jesús es darnos a conocer a Dios, revelarnos al Padre, iluminar la conciencia de nuestra verdadera identidad temporal y eterna. Jesús es luz en su mismo ser, porque es el Verbo o Palabra del Padre. “Conoce todo”. Dándose a conocer nos hace conocer nuestra propia identidad. Vivir es dar a luz, estar en la luz. La muerte es la tiniebla total. El evangelio da importancia singular a las curaciones de ciegos por su gran simbolismo, porque reflejan como nada la obra de Jesús revelándonos a Dios. Jesús es la Luz y sus obras le dan a conocer. Revelar a Dios es revelar al hombre, su identidad y destino. Devolver la vista a un ciego de nacimiento es suprimir unas tinieblas verdaderamente espantosas. Jesús, curando, manifiesta el poder de Dios, refrenda su capacidad y poder y da credibilidad a su palabra. Expresa simbólicamente su identidad y su misión. El punto culminante del evangelio de hoy es la confesión del ciego cuando exclama ¡creo, Señor! El evangelio quiere resaltar el trágico contexto social del milagro, la inmensa ceguera de los enemigos de Jesús. Aun viendo, niegan. Constatan la verdad de los hechos pero no quieren entender. Es un mal grave no ver. Pero es peor todavía no querer ver, hacerse incapaz de ver. El mal grave de nuestro mundo no es la simple ausencia de fe. Es que muchos se han hecho inviable la fe a fuerza de no querer creer. No solo no creen. Es que no les interesa creer.

El protagonismo del relato no lo agota el ciego de nacimiento. Aparecen en la escena otros ciegos peores, los fariseos, que revelan no ya ceguera de los ojos, sino la del corazón. No aceptan a Jesús porque no quieren creer en él. Ven el milagro inaudito, ven la evidencia, pero no les interesa ver porque, de hacerlo, tendrían que cambiar de vida. Y ellos no quieren.

En este suceso Juan relata el sexto de los signos a través de los cuales quiere poner de manifiesto quién es verdaderamente Jesús. Jesús se revela como la luz que disipa las tinieblas y actúa a la vista de todos. Hace barro con su saliva, unge los ojos del ciego y le ordena que vaya a lavarlos a la piscina de Siloé. Al lavarse queda curado. En el suceso Jesús aparece como foco del interés de todos cuantos entran en escena: todo apunta a resaltar quién es el que obra este prodigio y con qué autoridad lo hace. Para constatar la ceguera radical, de nacimiento, desfilan los vecinos y familiares del ciego y sus mismos padres. El ambiente aparece saturado de temores y prevenciones. En la opinión de la gente una ceguera de nacimiento era algo querido y castigado por Dios por pecados cometidos. Los padres, en lugar de aparecer entusiasmados por la curación del hijo, aparecen amenazados por los fariseos que, en su encono, pretenden expulsarlos de la sinagoga. Los fariseos se sienten desautorizados por Jesús ante el pueblo y deciden imputarle porque, para ellos, lo importante es que ha incumplido el precepto del sábado. La curación aparece evidente y admirable, pero produce pánico grande reconocer la verdad. En este contexto de dificultades, el ciego encuentra a Jesús y sintiendo sanos sus ojos de la cara y también los del corazón, confiesa: “Creo, Señor”.

 

NUESTRAS CEGUERAS

La ceguera nos afecta a todos. El ver verdadero es inseparable del dirigir nuestra mirada, de saber y querer mirar y eso requiere libertad de espíritu y otorga sentido de responsabilidad. En el fondo vemos lo que queremos ver, lo que amamos y miramos con predilección, marginando lo que no nos gusta. Somos muy subjetivos. Cada uno ve su mundo como el único o el más real. Y en torno a él establece sus certezas. El hombre suele fácilmente absolutizar o exagerar sus conocimientos. O al menos tiende a confundir su fragmento con el todo. Y entonces se sitúa en el terreno de lo subjetivo, de lo parcial y coyuntural. Lo malo sobreviene cuando el ego de muchos, o de todos, principalmente de los más poderosos, cristaliza en una sedimentación histórica y cultural creando un ambiente falso, una estructura perversa en la que después muchos nacen. Es el fenómeno de la costumbre sustituyendo la verdad. El problema es serio. Y afecta a todos los campos. También al religioso. Cientos de millones nacen, viven y mueren, incluso durante siglos, en confesiones distintas e incluso discordantes. Las diferencias ideológicas tienen siempre dividido seriamente al mundo. También nuestras relaciones personales conocen a cada paso el desacuerdo y la discrepancia. Y todo esto cristaliza en procesos ciegos de transmisión y en costumbres y culturas opuestas. En nuestro mundo es fácil convertir la extravagancia en normalidad, dar como corriente la aberración y pretender universalizarla. Compartir la fe, instaurar amistades sinceras, integrarse e incorporarse a comunidades y movimientos renovadores, organizar evangélicamente el corazón y la convivencia, se hace nada fácil.

 

SANAR NUESTRAS MIRADAS

Jesús curó al ciego y el ciego pudo al fin ver a Jesús y decirle de corazón: ¡Señor, creo! El gran problema del cristiano de hoy es saber ver a Jesús adquiriendo gozosa capacidad de poder decir de corazón ¡creo! Para ver bien debe saber mirar, saber dirigir la mirada. Quizás el mayor drama de la vida de muchos cristianos es desconocer que Dios habla hoy a todos y cada uno, y que él quiere que organicemos en serio evangélicamente el corazón y la convivencia social. Esa presencia creyente de Jesús hoy con nosotros y para nosotros es, por supuesto, el evangelio. Dios es para los hombres de todos los tiempos y lugares un Dios de vivos, no de muertos. Su palabra es siempre viva y actual, contemporánea a todos los hombres. Reducir el evangelio a documento o letra muerta es rebajar al mismo Dios, detener la historia sagrada, y manipular la misma Presencia divina reduciéndola a verdad o norma. Comunidad y Libro han sido siempre inseparables en la historia de la Iglesia. La relectura perenne ha sido siempre parte constitutiva de una Escritura que ha tenido siempre vigencia viva y actual, pues nació no para permanecer escrita, sino para ser proclamada en las asambleas de todos los tiempos y lugares. Al sentido original primero sigue hoy el sentido espiritual, actual y más pleno, de saber leer los acontecimientos de la vida real, a la luz de la palabra eterna de Dios, con lo que esos mismos sucesos tienen o no de voluntad de Dios cumplida. Y la diferencia entre lo que son y deberían ser es voluntad de Dios que nos llama a la responsabilidad activa.

Leer en comunidad es lo que la Iglesia ha hecho desde el primer momento. Palabra y asamblea se corresponden como dos esposos. Están hechos para hacerse mutuamente uno al otro. Nunca la Iglesia ha dejado de leer en asamblea y lo sigue haciendo hoy en todas partes. Cada domingo escuchamos el mismo evangelio en toda la  redondez de la tierra. La asamblea, cada creyente, está llamada  a ser texto vivo, a decir siendo, porque vale más ser y callar que decir y no hacer. Lo que debe evangelizar entre nosotros no son las palabras, los escritos, sino la vida misma. Debemos actuar bajo la ley de los fermentos, transformando, mejorando, humanizando, viendo los hechos de la vida real, indagando lo que tienen o no de voluntad de Dios cumplida, de bondad y generosidad en favor de quienes más lo necesitan. Para ello necesitamos que Jesús nos cure los ojos, la mirada, para saber ver bien lo que la convivencia tiene o no tiene todavía de evangelio cumplido. Saber interpretar el texto nos lleva indefectiblemente a saber leer la vida en lo que tiene o no de voluntad de Dios. Quien ama, obra. Que Jesús nos cure la mirada y el corazón.

                                                              Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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