Domingo 3º adviento, ciclo A

 Lecturas:

Isaías 35, 1-6a.10  –  Salmo 145  –

Santiago 5, 7-10  –   Mateo 11, 2-1

Ésta es uEn aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»
na notificación de algún tipo.

Comentario

VENDRÁN A SIÓN CON CÁNTICOS: EN CABEZA, ALEGRÍA PERPETUA

2016 Domingo 3º de Adviento

 

            Estamos en el tercer domingo de adviento. Este día ha sido denominado tradicionalmente “Domingo Gaudete”, día de alegría, debido a las palabras latinas iniciales de la antífona con la que comienza la liturgia de la misa: “Gaudete in Domino semper”, “Alegraos siempre en el Señor”. Las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la inmensa alegría que provoca la venida de Cristo. La primera es de Isaías. Proclama su júbilo porque Dios libera a su pueblo del cautiverio. Un estallido de regocijo acompaña a la victoria del bien contra el mal, la del pueblo humilde contra los poderosos de la tierra que los oprimen. La intervención de Yahvé es descrita mediante la bella eclosión de la primavera: “el desierto y el yelmo se regocijarán, se alegrará el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría”. También será descrita mediante los grandes prodigios de Yahvé en favor de su pueblo: ”Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo de abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará, y volverán los rescatados del Señor”. Santiago nos ofrece en la segunda lectura de su carta, una exhortación a la paciencia. Jesús, en el evangelio, enumera los signos de su venida al mundo como Mesías o enviado: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena noticia”.

            El Señor viene al mundo y nos ofrece la  alegría de Dios. El mundo provoca muchas alegrías, pero todas ellas tienen el sello de lo superficial. Las alegrías de Dios son distintas. Dios es el Todo del hombre. Es lo más íntimo de él, lo mejor de él. Y todos nosotros tenemos que saber extraer la alegría allí donde está. El adviento nos anuncia la venida de Dios. En tanto le recibimos en cuanto estamos alegres. Pero recuperar la alegría requiere recuperar el amor. Y recuperar el amor exige gozar del verdadero conocimiento de Dios como Plenitud y fin supremos del hombre.

EL ADVIENTO O EL ENCUENTRO CON LA ALEGRÍA FUNDAMENTAL

            Dios quiere que seamos felices. Pero no todo lo que enseñamos produce felicidad. Se nos fuerza a aprender guiones de “obligación”, de “cumplidores y observantes”, de normas no siempre fáciles. En nuestro mundo abunda la risa y la carcajada, pero hay una gran merma de alegría y de felicidad. La gente desconoce que las alegrías profundas proceden del espíritu. La tristeza viene porque nuestro mundo nos fuerza a vivir fuera de nosotros en lugar de vivir dentro de nosotros. Muchos buscan el atajo para la felicidad: la evasión, el alcohol, la droga. Pero todo ello lleva a una infelicidad mayor. No nos permite usar nuestra verdadera capacidad y energía.

El descuento de Buenas Noticias en la exposición de la fe, la disminución en una nueva evangelización que debería llevar al asombro, nos conducen a la tranquila instalación en la mediocridad, a una existencia sin sentido ni horizonte. Muchos, en la misma Iglesia, viven tristes. Han experimentado un gran proceso de secularización. Los cristianos hemos perdido capacidad para alegrar y hacer felices, bienaventurados, que es lo nuestro. No sabemos revelar que Dios no sólo es alegre: es la Alegría. La fe es el anuncio «de un gran gozo» (Lc 2,10). Es «alegrarse en el Señor» (Fil 4,4). Ser cristianos no es solo ser buenos, sino estar alegres. Los evangelizadores de hoy deberíamos ofrecer grandes noticias al predicar hoy a Jesucristo. De lo contrario no hablamos de Cristo. El drama del hombre moderno es su alienación, que es un ser ausente de sí mismo. Y está vacío de espíritu. No es interiormente libre.

            Pero es impensable encontrar la verdadera alegría si no conocemos el Bien con mayúscula, nuestro verdadero bien. Nacemos ignorantes, y somos lo que aprendemos. Se ha hecho mucho para conseguir el derecho a conocer. Pero a lo largo de la historia, y actualmente también, se ha producido una presión implacable sobre nuestra facultad de concienciación. El control de la información es uno de los males planetarios de nuestro mundo. Lo practican todos los déspotas de la historia, los grandes y los pequeños. El robo de conocimiento es más devastador que el robo de las riquezas. Se ocultan los conocimientos al niño apenas se va abriendo su razón. Se oculta la información por el mero hecho de tener poder, para estar por encima. Porque saber es poder. Se le oculta la información al paciente. Se prohibió la lectura particular de la Biblia. Se restringió la teología a los seglares. Está muy controlada la información porque, de este modo, los que mandan acumulan más poder. La sociedad actual nos hace ignorantes. Y en la misma Iglesia ni se informa ni se forma lo debido. Los descuentos en el conocimiento hacen disminuidos e inmaduros. Originan una cierta invalidez mental. Cuando no se estimula la razón, el sujeto reacciona estúpidamente, inconscientemente, pasivamente. Sólo podemos realizar bien aquello que conocemos bien. No informar bien es matar muchas posibilidades. En nuestro mundo hay un ejército de disminuidos por el ocultamiento de la verdad.

            Hemos dicho que Dios es alegre y nos quiere alegres. Que para ser felices debemos conocer a fondo, porque nadie ama lo que ignora. Y ahora decimos que conocemos las cosas que amamos. Sin amor no conocemos de verdad, a fondo. Para amar debemos ofrecer cosas amables. Sin embargo, todo lo que se tiene que aprender en la familia y en la Iglesia suele ser muchas veces duro, desagradable, problemático. Y esto afecta al potencial de la intimidad, a la capacidad de recibir y dar amor. Son muchas las cosas que se enseñan por vía de obligación, de la imposición de quien está distante, porque todo poder aleja y distancia. Se enseña más que se educa e inicia. No abunda la fascinación de la Buena Noticia. Hablamos poco del amor inmenso e incondicional de Dios. Se dificulta una nueva evangelización basada en el Vaticano II, en los derechos humanos. Porque plantearla requiere una conversión más profunda en todos, en los que aprenden y en los que enseñan. Y todo esto afecta al potencial de la espontaneidad. Esta apenas es posible. Todo está previsto, formulado, regulado, puntualizado.

            Se prodiga más el deber que el amor. Los psicólogos hablan de «la caricia» como la unidad del reconocimiento humano. Dicen que es indispensable para el desarrollo de la vida humana, tanto como el alimento, el cobijo, la seguridad. La merma o restricción de caricias marca la existencia del hombre de soledad, de angustia, de desesperanza. La mayoría  de los seres humanos vive con una dieta de caricias inferior al ideal, y en muchos casos inferior a lo imprescindible. He ahí la causa de tanto sufrimiento, de tanta separación y de tanta violencia. La caricia es el antídoto del desamor. Si los seres humanos pudieran satisfacer su necesidad de caricias, estarían en armonía consigo mismos, con los demás, con la naturaleza.

            Esto tiene una gravedad particular en la Iglesia. A muchos se les enseña a tener una idea sobre Dios. Pero no se les inicia al amor entrañable de Dios. Para nacer a la existencia se necesitan entrañas. No se puede nacer sin entrañas. Y tampoco vivir, pues la vida entera es el parto difícil de la madurez temporal y eterna del hombre. La vida es siempre fruto de la entraña. Quien no ha tenido la experiencia del acogimiento en la entraña, quien no vive entrañablemente acogido, suele ser un ser fracasado o, al menos, disminuido. Creer es dejarse amar y amar. Creer es dejarse iniciar en el amor de Dios. Dios nos ama en la medida en que creemos en su amor. La Iglesia debe ser el rostro materno de Dios. La comunidad de los amados por Dios, o de los que aman al Señor, como pródigamente define san Pablo. La Iglesia actual ha perdido el Cantar de los Cantares y su penuria para iniciar en el amor está en referencia con la gran crisis del mundo actual.

                                                                        Francisco Martínez

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