Domingo 34º ordinario, ciclo c – Jesucristo, Rey del universo

 

Lecturas:

2ª Samuel 5, 1-3  –  Salmo 121

Colosenses 1, 12-20  –  Lucas 23, 35-43

Lucas 23, 35-3

Ésta es una En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.»
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.»
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.»
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.»
Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»notificación de algún tipo.Ésta es una notificación de algún tipo.

Comentario

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

2016 34º Último Domingo del Año

Hoy es domingo,  el gran signo de la comunidad de los salvados por Cristo que en este día sagrado se reúnen convocados por él, el Cristo hoy glorioso de los cielos, para celebrar la salvación. El domingo es la prefiguración del reino futuro hacia el que la humanidad camina una vez que ha sido inaugurado por la resurrección de Cristo. Es el ejercicio del “señorío del Señor” que consiste en su misma resurrección compartida y apropiada. Son muchos los signos y gestos que en el domingo evocan y anticipan el reino definitivo de Dios: dejarse convocar, la asamblea reunida, la fiesta, la mesa eucarística, el banquete del reino, la fraternidad, los cantos de victoria y de esperanza, el descanso eterno, y en definitiva la convivencia eterna con Cristo resucitado. El domingo es ante todo el día en que acogemos el evangelio proclamado y lo comulgamos, como pan de vida que nos une y nos identifica con el Señor, para ser con él y en él un Cristo vivido.

Hoy es el último domingo del año litúrgico. Él es rey si vive más en nosotros, si nos hemos dejado transformar por él y en él, si estamos siendo evangelio vivo ante los demás. Es rey si le hemos aceptado en el corazón y si estamos colaborando activa y responsablemente para que él sea más conocido y aceptado en un mundo llamado a ser cada vez más creyente y más fraterno.

CRISTO, REY DEL UNIVERSO

La realidad profunda de la liturgia en este domingo, y siempre, es el reinado de Cristo en nuestras vidas. Las lecturas nos lo explican admirablemente. La primera, tomada del segundo libro de Samuel, nos habla de la elección de David como rey por parte de todas las tribus de Israel. Profundamente divididas las tribus del norte y las del sur, después de la muerte de Salomón, David, como hábil pastor, las congrega en la unidad de un solo rebaño y las reconduce hacia un futuro espléndido. Pablo, en su carta a los colosenses evoca un himno en el que testifica que también ellos pueden compartir la herencia del pueblo santo en la luz gracias a Cristo, verdadero conductor de su pueblo, porque él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, cabeza del cuerpo que es la Iglesia, sustento de todo, primogénito de entre los muertos, plenitud de todo lo creado. Lucas, en el evangelio, narra la crucifixión de Cristo y nos descubre la verdadera razón de su realeza. Lo dice el rótulo clavado en lo alto de la cruz. Pero lo dice, ante todo, la actitud de Jesús con las autoridades de Israel, con los soldados y con uno de los malhechores crucificados con él. Todos se mofan y le desprecian. Unos y otros le invitan a bajar de la cruz, a salvarse él y salvar a los crucificados con él, a elegir otra vocación asumiendo un tipo diferente de rey a la manera de los reyes del mundo. Pero Jesús, señor absoluto de aquella situación, no responde a las burlas que le hacen y tampoco baja de la cruz. Asume la ignominia y la muerte. Es un tipo de rey que domina prodigiosamente la infamia, el dolor y la injuria, los supera en el amor a sus propios verdugos, y lo manifiesta cuando, precisamente en el colmo del sufrimiento, a  uno de los malhechores crucificados que le pide: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”, Jesús contesta: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Más todavía: como respuesta a tanto sufrimiento y afrenta, Jesús se vuelve al Padre y le dice: “Perdónales, pues no saben lo que hacen”. Muriendo libremente y perdonando, instaura una nueva humanidad basada en la misericordia universal e ilimitada.

LA NATURALEZA DE SU REALEZA

Miremos bien al crucificado. Sobre él se concentran todos los males físicos, psicológicos y sociales imaginables. Nunca tanta inocencia fue castigada con tanta crueldad. Condenado por todos, flanqueado por dos malhechores ejecutados con él, insultado por el pueblo, por los soldados y los malhechores, despojado de sus vestidos, como de la última dependencia que le une a la tierra, expuesto a la vista de todos con un letrero a su cabeza ridiculizando su pretendida realeza, abandonado de tierra y cielo, sometido al poder de todas las tinieblas imaginables, Jesús muere perdonando y amando. Su victoria es el amor sufrido. Su éxito es no devolver mal por mal. Su ilusión es tener más amor a todos que odio recibe de ellos. Su testimonio es ser capaz de poner misericordia en el núcleo mismo del desamor y de la malquerencia. Nada que ver con un reinado basado en el poderío de las armas, de la fuerza, de la victoria o supremacía  social de unos contra otros. Salvar a otros antes que a sí mismo, amarlos en el momento mismo del máximo odio y crueldad, dar la vida a los que le causan la muerte, esto es inaudito, insólito, sorprendente. Pero es el fundamento mismo de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.

REINAR MEDIANTE EL AMOR

Jesús es reconocido como rey precisamente en la cruz, precisamente cuando sufre y muere por todos. Y esto es enormemente singular y paradójico. Todo poderío humano se basa en la fuerza física, económica, moral o social. La historia es testigo de ello. No hay excepción. Jesús va por otro camino: puede mediante el no poder. Lo dijo claramente: “Cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Es en la cruz y desde la cruz como él quiere ser rey y ejercer la realeza. Dijo categóricamente que quien quiera seguirle ha de asumir su propia cruz personal. Nos mandó celebrar, como testamento, su memorial, la eucaristía. Pero la definió él mismo como dejarnos comer y beber como “cuerpo entregado” y como “sangre derramada” por los demás. Con lo cual nos enseñó que la esencia misma de la eucaristía es la humildad, la sencillez, la solidaridad, el amor fraterno, el perdón, la misericordia. ¿Es esta la praxis manifiesta, evidente, reconocible, identificable de nuestras eucaristías?

Esta consideración es inapelable. Pero una característica de nuestro cristianismo actual, consecuencia de la crisis de fe, y consecuencia también de la frialdad e indiferencia de la cultura contemporánea, es que el cristiano actual parece no sentir  necesidad de cambiar, de convertirse, de emprender las verdaderas reformas de la vida cristiana. Programamos cosas bonitas, sociales, altruistas, solidarias, pero se nos olvida la conversión de las raíces que condicionan las verdaderas reformas en la Iglesia y en la vida cristiana. Las verdaderas reformas requieren la recuperación del original instituido por el Señor, y exigen, además, la transformación del interior del cristiano, porque, o caminamos desde dentro, o no caminaremos en verdad. Terminamos un año litúrgico y vamos a comenzar otro. Y debemos partir de un nuevo conocimiento de Cristo, de la liturgia, de lo que representa el verdadero testimonio cristiano en la Iglesia y en la sociedad.  Nuestro cristianismo ha de recuperar la emoción de la fe. Y esta viene inexorablemente por el estudio en comunidad del evangelio. Acercarse al evangelio es acercarse a Jesús. Distanciarse del evangelio es distanciarse de Jesús. Cada uno de nosotros está llamado, si queremos reconocer a Cristo como rey de nuestra vida, a ponernos en marcha, a cambiar, a hacer algo nuevo. O cambiamos nuestra increencia o nuestra increencia terminará por hacernos agnósticos. Lo más hermoso que podemos incorporar a nuestra vida es la verdad y el amor. Y esto, solo por Cristo puede venirnos. Que el Señor instaure en nosotros su reino, el reino del amor, de la verdad y de la vida.

                                                       Francisco Martínez

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