Domingo 32º ordinario, ciclo c

 

Lecturas:

2ª Macabeos 7, 1-2. 9-14 –  Salmo 16  –

2ªTesalonicenses 2, 16 – 3,5  –  Lucas 20, 27-38

Lucas 20, 17-38

Ésta En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

es una notificación de algún tipo.

 

Comentario

NO ES DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS

2016, 32º Domingo ordinario

            En el evangelio de este domingo, Lucas nos presenta una controversia que Jesús tuvo con los saduceos, un grupo muy característico de Israel que, entre otras cosas se diferenciaba de otros porque “decían que no hay resurrección”. En esta ocasión se acercan a Jesús para presentarle una pregunta-trampa con la esperanza de desacreditarle delante de la gente. Los saduceos eran aristócratas de la ciudad de Jerusalén que se decían provenir de Sadoc, un sacerdote del tiempo de David. Constituían un grupo social poco estimado por el conjunto del pueblo. Lo formaban las elites de la ciudad, familias en general adineradas, dedicadas a la actividad del templo y a la política. A este grupo pertenecían la mayor parte de los miembros del Sanedrín, así como el Sumo Sacerdote. Se les acusaba de colaboracionistas con los romanos. Desde el punto de vista religioso eran muy conservadores, no valoraban la tradición oral y solo reconocían autoridad a la Torá o la Ley.

            El motivo de la controversia con Jesús fue la fe en la resurrección de los muertos. Los saduceos no creían en la resurrección, ya que, según su interpretación, no se hablaba de ella en las Escrituras. Para justificar su postura utilizaban como argumento la ley del levirato  establecida por Moisés, según la cual, si un  hombre moría sin descendencia su hermano debía tomar como esposa a la viuda para dar un hijo al difunto y prolongar su estirpe. Así, para ellos, la vida se prolongaba por medio de la descendencia, y no  por la resurrección de los muertos. Para ilustrar su pensamiento utilizan ante Jesús un ejemplo exagerado y caricaturístico: la historia de siete hermanos que se casan con la misma viuda y no tienen descendencia. Si la resurrección era una vuelta a la vida ¿de cuál de ellos sería esposa esta mujer? Jesús no responde al ejemplo propuesto, ni corrige la interpretación de los saduceos, sino que presenta el mensaje de la fe en el Dios vivo y de la vida aduciendo dos argumentos: el primero es que en la resurrección las personas son transformadas y no precisan casarse. Y el segundo es que Dios no es Dios  de muertos sino de vivos. Abraham y los patriarcas viven porque están ante el Dios de la vida.

            Jesús es el maestro de la respuesta inteligente que desmonta los argumentos de quienes únicamente pretendían hacerle quedar mal ante la gente. Muestra que los saduceos son gente del mundo presente, preocupados por los detalles del sistema legal del matrimonio levirático, pero incapaces de contemplar una realidad completamente nueva: el milagro de la resurrección que pertenece al mundo futuro donde no hay muerte y donde todos son hijos de Dios. Jesús descubre la insinceridad de los saduceos que quedan burlados. Y Lucas dice que desde aquel instante ya no se atrevían a hacerle más preguntas.

LA VIDA FUTURA SE HA HECHO PRESENTE EN CRISTO MUERTO Y RESUCITADO

            Con Jesús los últimos tiempos se han anticipado en el presente. El fin ya ha acontecido. Es él. La vida eterna es su persona resucitada, cabeza de la nueva humanidad. Juan señala en su evangelio una constante y manifiesta acentuación del carácter actual de los bienes salvíficos. Sustituye en su evangelio el concepto sinóptico de “Reino de Dios”  por el de “vida” o “vida eterna”, y esta vida se posee ya ahora por la fe en Cristo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36). “Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere” (5,21). “Yo soy la resurrección y a vida. El que cree en mí aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás (11,25-26). “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (17,3). “Llega la hora, y es ahora, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivirán” (5,25). Marta dice a Jesús que cree en la resurrección del último día y Jesús le responde: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá” (25,25).

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, GARANTIA DE LA NUESTRA

            La resurrección de Cristo es fundamento de la nuestra. La muerte es ciertamente el límite absoluto e infranqueable del pensamiento y del poder humanos. Solo Dios puede salvar el foso entre la muerte y la vida. “Pero Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos”, “lo ha exaltado a su derecha”, “lo ha glorificado”: este es el mensaje que conmociona a la Iglesia primitiva. Y Jesús aparece inseparable de su obra. Su resurrección es la nuestra. La resurrección de Jesús y la vivificación de la comunidad representan un mismo hecho. “¡Dichosos los que crean sin haber visto!”, nos dirá Jesús. Efectivamente, en la resurrección de Jesús, del cuerpo del resucitado al cuerpo de la comunidad brota una poderosa corriente de vida nueva con destinación a la humanidad entera. Es en su propia experiencia personal donde la primera comunidad comprueba, en una impresionante explosión de júbilo y de fortaleza, que Jesús ha resucitado. Se trata de un Cristo verdaderamente vivido y no solo conocido y recordado. El mismo Espíritu que resucitó a Jesús está ya ahora vivificando y resucitando a la comunidad (R 8,11). La muerte de Cristo significa que Dios es fiel y que no nos fallará. Si Dios nos ha dado a su propio Hijo, y si su Hijo ha asumido libremente nuestros males en su carne, hasta morir por amor nuestro en la cruz, esto significa que Dios no nos fallará jamás. Dios es fiel, y si nosotros permanecemos fieles a él, no nos dejará solos ni nos abandonará jamás. Su fidelidad irá más allá de la muerte. Para eso ha muerto y resucitado.

            Esperamos, ciertamente grandes bienes en el futuro, pero lo que Dios ya nos ha dado es impresionante. Se nos ha dado él personalmente en Cristo, por  Cristo se ha encarnado, ha muerto de hecho en cruz, nos ha regalado su Espíritu como prenda y garantía de gloria. ¿Qué más podría darnos? Lo que más honra a Dios es nuestra confianza en él. “Quien no se reservó ni a su propio Hijo ¿cómo no va a darnos todas las cosas en él?” (R 8,  ). Dios es fiel y no podría dejar de ser fiel. Y no es solo que tenga que ser fiel al hombre. Lo ha demostrado en la historia de la salvación. Dios es fiel al hombre siendo fiel a sí mismo. Dios no ha fallado jamás y ha asegurado que su fidelidad permanece para siempre. Y esto, aun en el caso de la infidelidad del hombre. Nos dice que si una madre no puede olvidarse de un niño de pecho, él menos. Nos dice que los montes de la tierra se correrán pero que su amor no se apartará jamás de nosotros.

            Dios nos ama y nos espera. No lo conocemos porque no le amamos. Y no le amamos porque no le conocemos. Santa Teresa escribió aquellos versos famosos: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”. Dios es lo  más adentro e íntimo de nosotros. Él está en nuestros deseos, ilusiones, necesidades. Es también entrando en lo profundo de nosotros como le encontraremos a él. Que él nos ame y nosotros nos dejemos amar por él.

                                                        Francisco Martínez

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