Domingo 31º ordinario, ciclo c

Lecturas:

Sabiduría 11, 22 – 12,2   –   Salmo 144  –  2ª Tesalonicenses 1, 11  2, 2

Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.»
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.»
Ésta es una notificación de algún tipo.

Comentario

ZAQUEO

2016, 31º Domingo Ordinario

            Acabamos de escuchar en el evangelio el encuentro de Jesús con Zaqueo, el jefe de los recaudadores de Jericó. Este encuentro cierra aquella parte de los relatos de Lucas llamada “el evangelio de los proscritos”. Zaqueo es uno de los proscritos de la sociedad palestinense, uno de los “perdidos” que Jesús ha venido a buscar y a salvar. Los recaudadores, en Israel, concitaban todo el odio del pueblo debido a las exacciones desproporcionadas y odiosas que solían imponer. La condición moral de Zaqueo queda manifiesta cuando Lucas constata que la gente murmuraba de Jesús porque comía con pecadores. El mismo Zaqueo confiesa, como signo de arrepentimiento, que va a dar la mitad de sus bienes a los pobres y que si a alguien le ha robado le restituirá cuatro veces más.

            Zaqueo es pequeño de estatura y el gentío no le permite ver a Jesús. Lucas destaca que quiere ver y conocer a Jesús. Algo inquietante ha sentido por dentro y él necesita actuar coherentemente consigo mismo. Lo que no preveía es que Jesús iba a clavar en él sus ojos y tomar la iniciativa diciéndole: “Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Era evidente que entre Jesús y Zaqueo se había ya establecido una corriente de mutuo interés y deseo, y que la necesidad de encontrarse era superior a la crítica y descontento de la gente que veía mal que Jesús se hospedase en casa de un pecador. Una vez más chocan la mentalidad de la gente y la de Jesús. La gente y sus responsables pensaban que Jesús debía relacionase con la gente bien. Pero Jesús busca, invita y se deja invitar por gente problemática y degenerada. Jesús afirma de Zaqueo que “es hijo de Abraham y que el Hijo del Hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo”.

QUERER VER-CONOCER A JESÚS

            Dice Lucas que Zaqueo trataba de distinguir quién era Jesús. ¿Qué es lo que le movía? ¿Una simple curiosidad? Los abundantes detalles de la escena indican que en Zaqueo había un deseo más que corriente de ver y conocer a Jesús. Era bajo de estatura, la gente le impedía ver, él se adelantó corriendo, trepó a una higuera para ver mejor, todo esto nos indica que el deseo de Zaqueo era muy vivo. La aceptación resuelta de la petición de Jesús, el cambio rápido y la proporción de la restitución económica, el ánimo pronto y alegre que Nicodemo manifiesta en su conversión nos hablan de su deseo e inquietud por el cambio. En  realidad, en la escena, Zaqueo no implora la misericordia de Jesús, ni expresa un acto de contrición explícita. El mismo Jesús tampoco pronuncia una palabra de perdón ni hace referencia a la fe de Zaqueo. Proclama, sí, la justificación de Zaqueo y anuncia que la salvación “ha llegado hasta esta casa”. Zaqueo quiere ante todo ver y conocer a Jesús. Y esta inquietud es todo un ejemplo sumamente válido para nosotros. Contrasta con el sentimiento imperante que nos ha legado la posmodernidad: la frialdad y la indiferencia. Hay quienes piensan que una legítima libertad conduce al hombre a determinaciones de desgana e inapetencia ante problemas absolutamente serios que deben inquietar a todo hombre honradamente serio: ¿qué significa creer? ¿Existe Dios? ¿Tiene sentido la vida? ¿Qué es la verdad? ¿Hay una historia que merece la pena vivir? ¿Es libre el hombre? ¿Quién justifica a las víctimas? ¿Puede ofrecernos la ciencia certezas absolutas? ¿Son compatibles corrupción y democracia? El hombre solitario e independiente, inapetente social y religioso, encerrado en su soledad, impasible ante el devenir de los desequilibrios sociales, de la increencia, la emigración, el paro, la pobreza, la enfermedad, es un ser espiritualmente asténico y enfermo. No es un ser normal. Tiene una libertad cautiva y ha renunciado a ser, a la identidad más sublime  del hombre. Puede desechar viejas formas de fe y de convivencia, pero no puede desentenderse de creer en serio, del sentido último de la historia, o del bien común, o de las instancias de la trascendencia sin incurrir en un juicio severo y condenatorio.

SENTIR LA LLAMADA Y BUSCAR

            Zaqueo quería ver y conocer a Jesús. Esto mismo responde a un sentimiento innato en el hombre. El hombre es un ser esencialmente en relación. Necesita de los otros para nacer y existir, para amar y convivir. La desgana existencial de no querer conocer, no desear integrarse y pertenecer, de vivir su vida ignorando la de los demás, es un producto típico de nuestro tiempo. Es una plaga y un contagio transitorio y eventual. El hombre es una vocación trascendente y tiene siempre en sí posibilidades infinitas. Todo hombre siente necesidades físicas y espirituales que son prueba y llamada hacia la superación. Necesita comer y dormir, amar y ser amado, ser algo en la vida y mirar con ilusión el futuro. Está hecho a imagen de Dios y es imposible concebirle de modo estático y atemporal, sino más bien histórico, dinámico, con razones convincentes para vivir  crecer. Dios nunca dejará de querer que el hombre sea imagen suya, como unos padres jamás se podrán desentender del bienestar de su hijo. El hombre siempre será un ser abierto a la transcendencia que le ha dado origen y razones para exstir. El hombre está convocado históricamente a un desenlace que rebasa su estructura nativa. Lo que el hombre es por creación no le basta para ser lo que debe ser, según el proyecto del Creador. Está llamado a Dios. El hombre solo alcanza la patria de su identidad en comunión con Cristo. Dios ha querido crear un ser finito, pero llamado a la infinitud. A eso responden sus deseos, sus necesidades, sus sueños e ideales. A eso responde la vocación cristiana del hombre. Por ello Dios se ha encarnado, ha asumido el mal del hombre, lo ha redimido y por eso mismo Dios llama al hombre, a todo hombre, para realizar una vocación personal e intransferible, en aras de la más maravillosa historia de salvación.

Dice Lucas que Zaqueo quería ver a Jesús, pero la gente se lo impedía. El hombre actual ha disminuido su estatura y se ha hecho incapaz de ver. Cultiva el cuerpo desentendido del espíritu. Vive en indiferencia espiritual. No cultiva la fe: sencillamente no le preocupa. Busca lo que le gusta, no lo que le conviene. Ha perdido el gusto de ser y solo le preocupa tener. Se ha hecho ya extraño a las fuentes y sendas de la salvación. La estatura creyente del hombre de hoy es pequeña y, además, el ambiente, le impide ver a Jesús, como a Zaqueo. Es indiferente y frío. El gran problema de hoy es que un cristianismo auténtico ha sido sustituido por una cristiandad rutinaria y amorfa, reducida a simple institución temporal, muy distante del misterio fascinante y llamativo de la presencia divina. La dificultad está en ver cómo resituar esta cristiandad en el cristianismo verdadero y original. Eso requiere ver, conocer, encontrar, profundizar. La imagen de Zaqueo buscando a Jesús es tipo y modelo de la búsqueda hoy de un Jesús liberado de ropajes extraños propios de épocas arcaicas, pero poco conformes con el evangelio. El Jesús real siempre ha fascinado. La Iglesia del futuro no será la del pasado. Tendrá un mismo Dios, una misma fe, pero tendrá formas culturales más expresivas de una fe auténtica. El Vaticano II las propone. Hay que desear ver y conocer.

Nuestro mundo ha perdido el sentido de Dios y de lo eterno. Pero el Infinito no muere en el hombre. Y hoy son muchos los que vuelven y retornan, gozosos de dar hondo sentido a su vida. Uno de los prófugos de la fe, gran intelectual español, dejó escrita esta bella poesía: “Te pedí muchas veces que existieras. / Hoy te pido otra vez que existas…/ Mi amor te ama: ¡que existas! /Te lo pido con toda tu inmensa intensidad. /Deseo esto de Ti: que el alma quede eterna/ cuando se muere el cuerpo”. Digamos al Señor: “Creo, pero aumenta mi fe”.

                                                        Francisco Martínez

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