Domingo 2º de cuaresma, ciclo A

Lecturas

Génesis 12,1-4a  –  Salmo 32  –  2ª Timoteo 1, 8b-10

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Comentario

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

2017, 2º Domingo de Cuaresma

 

Estamos en el segundo domingo de la cuaresma. El evangelio nos ha ofrecido la transfiguración del Señor. Este hecho tiene hoy una extraordinaria importancia catequética para saber encauzar nuestra vivencia profunda de lo que es el meollo de la fe, la resurrección de Jesús en nosotros. Nuestra generación eclesial  actual vive el fin de una cultura de la fe que ha dominado la educación religiosa durante siglos. Una forma de presentar nuestra fe ha concluido, ha quedado obsoleta, y ha comenzado una nueva cuyo modelo más apropiado es el concilio Vaticano II. Pero es un hecho real que, mientras ha llegado a su fin una forma de presentación de la fe, la nueva no ha sido ni suficientemente propuesta, ni menos aún asimilada, por lo general, en nuestra generación. Abundan tristemente la ignorancia, la frialdad, la indiferencia. Y lo peor: la propuesta de una nueva evangelización es enormemente insuficiente. No es de extrañar, ante esta realidad, que la práctica religiosa haya disminuido considerablemente y que el máximo problema pastoral actual sea la nueva evangelización del pueblo cristiano. Lo vienen afirmando con intrépidas expresiones los últimos Pontífices: “Es preciso plantear la nueva evangelización en términos totalmente nuevos”, decía Juan Pablo II. El Vaticano II afirmó reiteradamente que “se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana” (GS 4). Las consecuencias de este hecho son trascendentales porque o los cristianos recreamos una nueva cultura creyente o, de lo contrario, la cultura de la increencia nos hará a nosotros ateos.

 

NO HEMOS TRANSFIGURADO LA ILUSIÓN DE LA FE

Este es el hecho cierto: no hemos logrado que los que se sienten cristianos se diferencien gran cosa de los agnósticos. La fe no transfigura demasiado sus vidas. Los sacramentos, singularmente el bautismo y eucaristía, son esencialmente sucesos de transformación. El bautismo, por la inmersión y emersión del agua, comporta el desvanecimiento del hombre viejo y el nacimiento del nuevo. Ser bautizado es nacer a una nueva imagen, a un nuevo hombre, a una vida nueva: la resurrección de Jesús actualizada en nosotros. La eucaristía hace de nosotros los nuevos comensales del  reino de Dios. La eucaristía es, en su fondo, la caridad, el amor fraterno, el hombre que ama. Somos bautizados y comulgamos, pero la realidad es que no nos dejamos transfigurar. Porque no creemos del todo en aquello que celebramos. El gran problema del cristiano actual es la alegría de la fe, cómo motivamos fuertemente la ilusión de la verdadera vida cristiana. Sin un nuevo conocimiento, sin una nueva formación más positiva, más evangélica, más comunitaria y actual es inviable la alegría de la fe.

La transfiguración de Jesús alude a la naturaleza profunda de la vocación cristiana. Dios nos ama y nos quiere con él y en él. No solo nos da cosas buenas, se nos da él mismo. El fin del hombre es Dios, una relación cálida y apasionante con él. Llevamos siglos educando de acuerdo con la imagen de un Dios que es “causa” del mundo y del hombre. Pero ese no es exactamente el Dios del evangelio. Dios es Creador siendo Padre y siendo amor. Dios nos engendra y nos ama. No solo crea, quiere establecer unas relaciones interpersonales de dependencia afectiva y de libertad. No dependencia servil, de temor, sino amorosa. Nada quiere tanto Dios como amar y que le amemos. El amor con el que ama quiere que sea también un amor que provoque el amor, el amor con el que se le ame. El amor de Dios, bien conocido y creído, posibilita  y provoca la respuesta. “El amor saca amor”, decía Teresa. El niño ama a la madre viendo y conociendo su amor. Conociendo el tú es como nace el yo. La presencia provoca la respuesta. Pero es preciso conocer en verdad. Debemos conocerla y sentirla. La presencia de Dios, tal como es en verdad, es un polo fascinante y atractivo. Nos hace caminar no arrastrados, sino conmovidos. Tiene capacidad de seducir. Jesús dijo que cuando fuera elevado en cruz nos atraería hacia él. Son muchos los que se han sentido seducidos por él. Dios siempre diviniza cuando sabemos estar cerca de a él. El hombre puede endiosarse, pero no divinizarse. Esto es propio de Dios que quiere muy en verdad compartir con nosotros su divina naturaleza. El hombre tomado por Dios es más libre. Somos libres cuanto más amamos. Y Dios nos concede amar con él y en él. El hombre, en manos de Dios, es capaz de Dios, es un modo finito de ser Dios. Está abierto a la relación más fascinante: su relación con Dios como Padre, como amigo, como esposo. Y este es el verdadero significado de la transfiguración. El hombre cambia ciertamente en la medida en que está efectivamente cercano a Dios. El cristiano está llamado a transfigurar su propia vida en Cristo. Jesús, ante la inminencia de su muerte en cruz, quiso revelar a sus discípulos cómo es el destino suyo y el del hombre: la transfiguración en Dios. Pero el camino de esta transfiguración es la cruz, al amor fraterno, la superación del egoísmo.

 

LA TRANSFIGURACIÓN COMO TRASFONDO DE LA VIDA CRISTIANA

Previamente a la transfiguración, han sucedido cosas importantes: Pedro ha confesado su fe en Jesús, Jesús ha predicho su propia pasión y muerte, y ha invitado a todos a seguirle tomando cada uno su cruz. Para no abandonarlos a la tristeza y el desconcierto, toma a sus íntimos y se transfigura, es decir, revela la naturaleza y trasfondo de su mensaje: la glorificación por parte de Dios. Dios nos llama a él pero nosotros debemos asumir nuestra transfiguración según él, colaborando en el cambio de nuestra vida. Jesús es la palabra del Padre dicha a toda la Iglesia. Vivimos todavía en la tierra, debemos tomar hoy nuestra cruz si queremos caminar hacia la gloria. Jesús quiere fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Para ello se transfiguró “mientras oraba”. Estar con Dios transforma siempre. Nosotros debemos comenzar nuestro proceso transformante acercándonos a Dios. Nuestra transformación está profundamente ligada al florecimiento de nuestro bautismo, como enterramiento del hombre viejo y fomento del nuevo que es Cristo resucitado. Y está en profunda dependencia de nuestra eucaristía frecuente que es actualizar la muerte y resurrección de Jesús en nosotros. La eucaristía no es un rito cerrado. No es un vulgar acto de piedad. Es la comunión progresiva con los sufrimientos y la resurrección del Señor. Es progresiva gratuidad y solidaridad.

 

DEJARNOS TRANSFIGURAR Y TRANFIGURAR A LOS DEMÁS

Un momento verdaderamente importante de la transfiguración del Señor es cuando los tres discípulos gritan ¡qué bien estamos aquí!  La escena les tocó y contagió. Y su grito fue el clamor de lo que ellos también pudieron experimentar. En la luz y voz del Padre experimentaron el amor y la gracia de Dios. La voz del cielo gritó “¡oídle!”. En Jesús experimentaron lo que a ellos mismos les esperaba. Más allá de la luz y del ruido, los apóstoles se sintieron muy bien y lo confesaron ellos mismos. Lo decisivo para ellos no era solo lo que vieron y oyeron, sino cómo se vieron ellos mismos, como amados de Dios. La visión era para ellos. La voz les invitó a escuchar, a abrirse a Jesús, a conocerle y amarle. Dios nos ama y la gracia no es una cualidad del alma, es que le hemos caído en gracia a él y nos ama con amor eterno y veraz, con amor transformante, engendrándonos en verdad como hijos de Dios con la misma generación de Cristo. Somos hijos en él y con él. Darnos al Hijo, darnos la gloria del Hijo significa que Dios estará siempre con nosotros, amándonos y regalándonos el amor con el que tenemos que amar.

 

                                                                               Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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