Domingo 29º ordinario, ciclo c

LECTURAS

Éxodo 17, 8-13    Salmo 120    2ª Timoteo

LUCAS 18, 1-8:

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.” Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

DIOS HARÁ JUSTICIA A SUS ELEGIDOS QUE CLAMAN ANTE ÉL

2016 29º Domingo Ordinario

 

Jesús nos dice hoy que debemos orar insistentemente. Nos lo pide a través de una parábola en la que la insistencia se hace impertinencia hasta niveles inverosímiles. Jesús no enseña como lo hacían los maestros de Israel. Él habla desde lo más íntimo de su condición personal y teniendo en cuenta, además, nuestra situación humana concreta. Él, como Hijo, es la experiencia humana de la filiación divina. Para él el Padre es el-todo-valor. Ante él Jesús se hace total. No es “sí” y “no” a la vez, como dice Pablo. Él es en su vida un sí total y perpetuo, sin distracciones ni disminuciones. Estar ante el Padre es su anhelo y necesidad, su descanso, su secreto más profundo. Es el Hijo y vive como Hijo. La oración le es tan connatural como la respiración. Jesús busca la soledad del desierto, de la montaña, para hundirse en el misterio infinito e insondable de la paternidad divina. La dependencia dichosa es la vida de su alma. Su oración es muy comprometida. Lejos de aislarlo de los hombres, lo hunde más profundamente en el corazón de su misión. Él ora su vida, su entrega. Su oración es oblación y su oblación es oración. Jesús, cuando nos enseña a orar, tiene en cuenta nuestra incapacidad personal. Nos ha dicho: “separados de mí no podéis hacer absolutamente nada” (Jn 15,5). Sabe que entre nosotros y Dios hay una desproporción infinita. Por ello insiste en nuestra necesidad de orar. Orando, él mismo nos acompaña.

UNA PARÁBOLA INQUIETANTE

Jesús habla de un juez que se negaba a hacer justicia a una de las personas más tristemente dependientes de aquella sociedad, una pobre viuda. Esta injusticia era posible dadas las circunstancias sociales de aquel tiempo. Ya los profetas hablaban de los jueces corruptos que en lugar de defender a los débiles, se alineaban a  favor de los poderosos por avidez de dinero. Este juez carecía de fe, no respetaba a Dios ni temía a los hombres. La viuda de aquel tiempo era símbolo del máximo desamparo junto con los huérfanos y emigrantes. Jesús habla de una pobre viuda que acudía frecuentemente al juez demandando justicia, pero que era  persistentemente desechada. Ante tal actitud, esta pobre mujer llegó a percatarse de que las únicas armas con que podía combatir su desesperación eran sus gritos insistentes y perseverantes, reclamando atención. Una viuda en aquel entonces, sin marido que le defendiese,  y sin influencia social ante el poderoso, dependía exclusivamente de su propia firmeza e inquebrantable tenacidad. Esta pobre viuda no pretendía que se castigara a su adversario, sino simplemente que le reconociesen sus propias reivindicaciones y que se le hiciera justicia. La insistencia en su petición era todo y lo único que podía hacer. El juez, después de un tiempo desoyendo las súplicas de la viuda, accede a escucharle no por justicia, sino por el interés de que la mujer deje de importunarle día y noche. Jesús sentencia que si un juez injusto, para liberarse de molestias, puede verse forzado a administrar justicia, es evidente que Dios, Padre amoroso y justo por naturaleza, tiene que escuchar la súplica perseverante de sus elegidos.

EL CLAMOR DE LOS POBRES

La preocupación fundamental de Jesús en este evangelio es nuestra perseverancia en la oración. Pero deja aflorar también la insistente preferencia de Dios por los marginados. La ternura de Jesús por publicanos, prostitutas, samaritanos, leprosos o expulsados por la sociedad y por la ley, ciegos, viudas, niños, ignorantes o pequeños, enfermos en sábado, juega un papel determinante en el camino de su condena. Jesús no se sentía llamado a salvar a Israel a base solo de inducir a todo el mundo en un bautismo de arrepentimiento en el Jordán. Decidió que había que hacer otra cosa: buscar a pobres, pecadores y enfermos, a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Esto motivó la actitud despectiva de sus enemigos, y en definitiva, su misma muerte. Pero lo cierto es que la actitud de Jesús obedecía a un principio fundamental y que, en consecuencia, la desatención a estos últimos o mínimos es claramente desobediencia al Señor. Jesús sabía que acogiendo a esta gente tan mal vista entraba en franca confrontación con los prejuicios de las autoridades y de la “gente bien” de Israel que le acusaron de ser un “comedor y bebedor amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19), “contado entre los delincuentes (Lc 12,37), “perturbado mental” (Mc 3,21. Jesús dijo de sí mismo que “no tenía donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20) refiriéndose a su vida desinstalada, más o menos errante y marginal. Comía con pecadores, compartía con ellos con misericordia y confianza, y la misma Cena eucarística está en continuidad con estas comidas escandalosas de Jesús. Utilizar la Misa como arma para legitimar situaciones de poder, o para distanciar de la fe a las clases más bajas de la sociedad, representan un verdadero quebranto evangélico. Para los cristianos, “los míos” son los mínimos, los pecadores, aquellos que indudablemente, lo pensemos o no, fueron los preferidos de Jesús. Las bienaventuranzas de Jesús han introducido una profunda inversión de personas y valores diametralmente distintos de los criterios reinantes entre nosotros y que son tenidos como normales. Las principales parábolas del Señor lo dejan claro. La oveja perdida, o la dracma extraviada son valoradas por Jesús en su condición de perdidos, en cuanto perdidos. Y quedan antepuestos a los noventa y nueve justos. La alegría por la recuperación de los que estaban perdidos es un alto paradigma evangélico que no tiene vuelta de hoja. La oración, para que sea evangélica, ha de tener en cuenta esta paradoja “cristiana”.

LA ORACIÓN ES FRUTO DE UNA FE VIVA

Dios ha querido que seguir a Jesús sea el reconocimiento emocionado de su paternidad divina sobre nosotros para caminar con él como Padre que nos ama, cogidos de su mano. Creer en serio no es pedirle solo lo que nos gusta, aquello precisamente que afianza nuestra instalación material y temporal aquí, como si él no nos llamase a una convivencia íntima, superior, personal, maravillosa y definitiva. ¿De qué nos sirve pedir una cosa cuando Dios quiere que le pidamos otra distinta, infinitamente más importante? Hay que pedir, pero con fe, y además en la línea de la fe, como respuesta a la palabra y plan de Dios. Creer en serio es haber llegado a convencernos que Dios no solo nos da cosas, sino que se nos da él mismo en persona, y que si hubiéramos llegado a asumir esto en la realidad viviríamos una fe alegre y emocionada, no instalándonos afectivamente en tantas cosas que sin él ni siquiera existirían. Jesús se interroga, ante la confianza insistente de la viuda, si cuando él vuelva encontrará fe en la tierra. Se refiere precisamente a esa fe que inspira una oración constante y una confianza total. La necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás, tiene su fundamento precisamente en esa fe. Es una fe que va creando en nosotros un estado creciente de respuesta a los evangelios dominicales, escuchados y discernidos en comunidad, o de respuesta comprometida a los acontecimientos comunitarios, sociales y eclesiales que nos envuelven vistos en la diferencia concreta entre lo que son y deberían ser según el plan de Dios y la exigencia de un amor fraterno más humanizador y evangelizador. Es una fe que no se confunde orando más bien a una imagen mental de Dios, más que a un Dios personal y viviente. Que ora no rezos, sino la vida real. Que nos hace progresivamente crecer y hacernos del todo, ser personas totales, acercarnos al Infinito siendo más y mejores. Hermanos: dejémonos amar por Dios y creamos en él.

                                                           Francisco Martínez

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