Domingo 28 ordinario, ciclo c

2ª Reyes 5, 14-17   Salmo 97    2ª Timoteo 2, 8-13

Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

¿NO HA HABIDO QUIEN VOLVIERA A DAR GLORIA A DIOS MÁS QUE ESTE EXTRANJERO?

Jesús camina de Galilea a Jerusalén y en el camino va cumpliendo su misión paso a paso. El camino es senda y es cátedra a la vez. Tanto el hecho mismo de estar en marcha hacia Jerusalén como cada uno de los episodios o de sus enseñanzas convergen con su proyecto original que es ser la visibilización de la misericordia de Dios. Su persona, sus hechos y parábolas expresan una inusitada bondad y ternura con el hombre. En Jesús todo es humano y hermoso. Nunca nadie obró ni habló así. Su palabra y sus acciones revelan la ternura de Dios. Él siempre cura y salva. Su presencia es sentida y vivida por todos como la experiencia de un Dios que se acerca infinitamente al hombre para revelarse como Padre y Amigo. Su mensaje es único y sublime. Todos comprueban que su cercanía provoca la plenitud del hombre, la ejecución de sus sueños. Él mismo en persona se da y el hombre comienza a sentirse otro. Caminando hacia Jerusalén, marcha a revelar el hecho cima de la historia: el hecho mismo de un Dios amando al hombre hasta el extremo, precisamente cuando el hombre mismo le está quitando la vida. Dios ama hasta el extremo cuando el hombre le está odiando hasta el extremo.

En la escena del evangelio se pone de manifiesto una realidad histórica: Jesús cura a diez leprosos. Curándolos, los restituye felizmente a su familia, a su comunidad y sociedad. La lepra equivalía a la más amarga y penosa exclusión integral. Curar una lepra representaba, además de un imposible superado, el hecho de volver a nacer limpio. Era verdadera restauración corporal, religiosa, social y humana. De los diez curados, nueve se lanzan presurosos a gozar de su nueva condición y tan solo uno, precisamente un extranjero y miembro del pueblo enemigo, vuelve a dar gracias a Jesús. Jesús, entonces, pone al descubierto una lepra superior y universal, la carencia de reconocimiento y de gratitud. Y es esto lo que el evangelio de hoy quiere significar ante nosotros.

 

UN SUCESO INTERPELANTE

No tenemos amor y esto lo revela el hecho de que no valoramos a Dios ni su obra en nosotros. No vivimos agradecidos ni sentimos necesidad de agradecer. Es lo que Jesús quiere hacernos ver en esta escena evangélica. Entrando en una aldea, camino de Jerusalén, le salen al encuentro diez leprosos gritando “¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!”. Inmediatamente Jesús les da una respuesta confirmando felizmente la curación: “Id a presentaros a los sacerdotes!”. Ellos eran, según la ley, los que podían certificar la curación para permitir el retorno de los enfermos a la convivencia familiar y social. Mientras marchan, se sienten prodigiosamente curados y uno de ellos vuelve gozoso a Jesús para darle gracias. Este era precisamente un samaritano, un miembro del pueblo rival. Los otros eran judíos, compatriotas. Y Jesús se lamenta: “¿Dónde están los otros nueve? ¿Es posible que ninguno, sino uno solo, dé gracias?”.

El evangelio de hoy tiene dos centros de atención. El primero es la curación de los leprosos. El segundo, y principal, es que solo uno lo agradece y es samaritano, un miembro del pueblo enemigo. Los otros nueve, que son del pueblo, no sienten necesidad de agradecer. Jesús obra la curación ejerciendo su poder personal, pero la ejecuta mandando a los enfermos que cumplan lo prescrito en la ley. Sin la certificación de los sacerdotes no podrían reintegrarse en la vida familiar y social. Jesús, curando a los leprosos, nos está diciendo que él es salvación radical y universal. Sana, libera, reintegra, y lo hace con toda suerte de lepras del hombre de todos los tiempos, también la lepra de la superficialidad, la charlatanería, la disminución humana y espiritual, el mal integral del hombre.  Su misión es la plenificación integral del hombre, la recuperación de todos los valores humanos y divinos. Jesús es nuestro modelo. Lo que el hombre está llamado a ser por vocación, no lo tiene por naturaleza. Es gracia. Y Jesús se lo da. En él estamos destinados a ser Dios por participación. En Jesús, uno de nosotros ha llegado a ser Dios y él nos da a todos el poder llegar a ser verdaderos hijos de Dios. Dios nos ha diseñado según él y él sopla sobre nosotros su personal Espíritu para que adquiramos su plenitud. Estamos predestinados a asumir su mensaje, su persona, su destino, a ser verdaderamente él. Ya ha puesto los fundamentos para ello instituyendo el bautismo y la eucaristía. Pero nos falta el ver y el reconocer de una fe profunda. El énfasis del episodio del evangelio no es la curación de los leprosos, sino la falta de reconocimiento y de agradecimiento en los  curados. Dar gracias presupone tener las gracias y sentirlas como propias. En realidad nada tenemos de aquello que no  reconocemos. Nadie agradece lo que cree no poseer. Reconocer es  el verdadero tener. Los nueve curados del evangelio, que no dan gracias, vuelven a la vida sanados de cuerpo, pero les falta lo esencial, ser curados de mente, de alma, de vocación y destino. Nueve leprosos reciben una curación corporal, pero solo el décimo recibe una curación integral, de cuerpo y de corazón, una curación temporal y espiritual. En realidad solo tenemos lo que reconocemos, lo que poseemos en la conciencia emocionada y en una fe viva. Una persona agradecida es una persona que ve. Hay una inmensa diferencia entre los nueve curados que no tienen sentido de agradecimiento y el décimo que retorna a Jesús reconocido y agradecido. Su curación fue total y sorprendente.

AGRADECIMIENTO Y SALVACIÓN

Lo verdaderamente esencial de la curación de los leprosos no fue solo haber sido curados de la lepra, sino, además y sobre todo, el hecho de que reconocieron que Jesús era la verdadera causa y fuente permanente de curación. El milagro no estaba solo en la piel, sino en el corazón. No era solo verse limpios corporalmente, sino verse permanentemente conectados con la fuente de la vida y del sentido, la fuente de la felicidad. El reconocimiento hace presente el don y al dador. La acción de gracias revive como presente la gracia concedida y vivida. El pecado del hombre es el no dar gracias a Dios. Jesús, en la cena, tomo el pan en sus manos y dio gracias. Hizo lo que el hombre no hace y debería hacer. Hizo vital, cálida, emocionada su relación con Dios. “Elevando sus ojos a Dios”, es decir, restableciendo la relación rota, el pecado, “dio gracias” por su filiación recibida, por la filiación divina de todos los hombres, por todos los dones de Dios. Y a partir de entonces los cristianos tenemos la posibilidad de dar gracias a Dios con el reconocimiento mismo de Cristo. Esta es la eucaristía. Es tanto lo que recibimos de Dios que le necesitamos para que Cristo mismo sea nuestro agradecimiento y reconocimiento. Y a partir de este hecho nuestra vida tiene valor si estamos unidos a él, si nos apropiamos su alma y su corazón, su acción de gracias infinita a Dios “porque su amor no tiene fin”. Pidamos a Cristo que nos cure de nuestras cegueras, de la superficialidad y vacíos, de la falta de conocimiento y reconocimiento. Pidamos que nos permita ver y entender, conocer y reconocer y que nos ayude a poner los medios eficaces para ello cultivando nuestra fe y nuestra caridad. Pidamos que no labremos nuestros resentimientos en bronce, para que no se borren, y que no escribamos nuestros reconocimientos en agua, para que se disipen de inmediato. Que conozcamos y reconozcamos en profundidad. Que él sane nuestra piel, el ambiente que nos rodea, y sobre todo nuestro corazón, nuestra fe y nuestro amor para que veamos en verdad y amemos en su caridad.

                                                                    Francisco Martínez