Domingo 27 ordinario, ciclo c

LECTURAS

Hababuc 1, 23; 2, 2-4; Salmo 94; 1ª Timoteo 1, 6-8, 13-14

Lucas 17, 5-10:

“En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

¡SI TUVIÉRAIS FE!

2016, 27º Domingo ordinario

            Solemos obrar ladeando a Dios y su acción en nosotros. Aun cuando no hagamos cosas exitosas, mantenemos la mentalidad de que somos protagonistas en todo lo que hacemos en nuestro entorno. Desconsideramos la presencia activa de Dios. Resulta evidente que Dios no es una concausa natural, entre otras, en el devenir de los acontecimientos de la historia. Pero la verdad más genuina del evangelio, repetida insistentemente por Jesús, es que Dios quiere que oremos y que pidamos sin desfallecer. El magisterio de la Iglesia repite con insistencia que debemos hacer lo que podemos y pedir lo que no podemos para que, por fin, podamos.

El evangelio de hoy contiene máximas sapienciales de Jesús. Tiene, primero, una palabra de aliento, -“¡tened fe!”-, y después una amonestación, -“somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”-.

EL PODER DE LA FE

Hablando sobre la fe, solemos manifestar pensamientos dispersos. El  evangelio habla hoy de ella y la entiende como respuesta a la palabra. Vista en lo más genuino es la influencia de la palabra de Dios en nosotros y la calidad de nuestra respuesta. Para Jesús la fe no se reduce a una simple actitud positiva: se apoya totalmente en Dios, en su persona y su acción. En la medida en que estamos con Dios, aumenta nuestra capacidad. La fe, si es “cristiana”, verdadera respuesta a Jesús, tiene poderes ilimitados. Él nos dice que el hombre, por sí solo, no puede, pero mediante la fe lo puede todo. Jesús nos invita en su mensaje a entrar en el reino de los cielos. Y esto es tan grande como compartir con Dios su propia vida. El hombre no lo puede hacer. Es Jesús, Hijo y Palabra de Dios, quien nos guía e introduce en lo más hondo del misterio. Jesús, hablando, se revela y nos establece en la intimidad personal de Dios.

La fe de los discípulos es tan pequeña que ni siquiera llega a ser como un grano de mostaza, la ínfima entre las semillas. Jesús no se refiere a la cantidad de fe, sino a la autenticidad de la misma. Se fija en su pequeñez. Quiere decir que si es auténtica, aun cuando sea pequeña, obtiene lo que cree. El hombre por sí solo no puede, pero con fe lo puede todo. La fe nos establece en la fuerza de Dios. Mediante la fe el hombre entra en Dios creyendo, confiando, apoyándose. Son verbos extraordinarios. La fe es una fuerza poderosa por la que uno sale de sí y entra en el otro aceptando y comulgando. En la fe uno se abre, se fía y confía. Vive en confidencia y confianza. El otro se convierte en mi realización y seguridad. Mediante la fe, uno se va haciendo el otro y se identifica con él. El lenguaje no trasmite solo ideas o conceptos. Mediante él nos situamos dentro de otro y habitamos en él. Establecemos la con-fianza. Los sentimientos, los valores, la verdad constituyen el ser mismo del hombre. Hablar es conferir el ser, existir en el otro, ser como un alma en dos cuerpos. La confianza y la amistad comparten y conviven. El hombre existe en el sentido cuando vive confiado. Sin fe en el otro la vida carece de sentido. Tener fe en alguien y vivir en confianza es el mayor desarrollo de la existencia. Jesús lo afirma: “El que cree en mí tiene vida eterna… El que come mi carne… vive en mí y yo en él” (Jn 6,47.56). Esto no es entendible como concepto, solo como intensa experiencia. Lo comprende quien lo vive. Hay cosas del corazón que la cabeza no alcanza. Pero es así.

Cuando uno se confía al otro y cree en él, él mismo crece, se desarrolla y se trasciende a sí mismo. Quien cree sinceramente en Dios, penetra en su intimidad, emprende el camino de la auténtica libertad, y entra en lo absoluto y definitivo de la vida, en el fin. El secreto más sorprendente no es decir solo ideas o comunicar conceptos, sino sentir la vida, expresarla, darse. Una persona que no se compromete del todo en la relación, que no se da a tope, no alcanzará el fondo de su propia identidad. Quien merma el don de sí, quien vive en soledad, existe en la alienación y no puede llegar a ser él mismo.

En la segunda parte del evangelio Jesús nos invita a una actitud de escucha estructural y de sentido de dependencia en relación con Dios. Hace referencia a una situación social conocida, la que acontecía entonces entre amos y esclavos, con el fin de criticar el talante comercial e interesado de nuestras relaciones, el de yo te doy si tú me das o porque me das, ese mismo interés con el que nos relacionamos con Dios exigiéndole la recompensa por el bien que hacemos. Jesús nos dice que “hacer lo que tenemos que hacer” no debe ser motivo de engrandecimiento. El texto podría hoy desconcertar: ¿a quién no le gusta que le reconozcan lo que hacemos? El cristiano nunca ha de encontrar motivo para enorgullecerse. Ha de mantenerse en el servicio humilde, sin recaer en la vanagloria personal. Hay personas que se amargan y amargan porque piensan que hacen más que otras. Creen que se les debe agradecer todo y a cada paso. En la vida cristiana nunca ha de ser así, porque es Dios quien se nos ha dado del todo y la desproporción siempre será infinita.

La verdadera exigencia de la fe no nos lleva solo a creer verdades o dogmas, sino a hacer lo que debemos hacer en la vida cotidiana. Frecuentemente discutimos para evadirnos de la realidad. Nos va bien discutir, y el hacerlo con calor, porque así nos parece que tenemos más razón. Dios no ve quién hace más o hace menos, sino si cada uno da su medida respondiendo a su amor. La fuerza de algunos es, como en el niño, el ruido, el enfado, la queja, el clamor, la murmuración. Pero Dios ve el corazón y no solo la obra exterior que practicamos.

CREER ES HACER MEJOR LO QUE HACEMOS ORDINARIAMENTE

El más grave peligro de la vida cristiana es distanciarnos de la vida real cuando vamos a Dios. Creer es hacer muy bien lo que hacemos en la vida cotidiana. Es humanizar siempre y en todo la vida y la convivencia. La fe se demuestra en el comportamiento cotidiano con los otros, no limitándonos a los actos de piedad o la defensa de verdades religiosas. Es hacer todo con amor y cercanía, suavizando la vida y la convivencia comunitaria y social. El Concilio Vaticano II nos ha enseñado que cristiano seglar es aquel que compone según Dios los asuntos temporales. Aquel que es fiel al cielo siendo fiel a la tierra, siendo en todo positivo y solidario. Vivimos hoy en nuestra nación un muy grave problema ante la indeterminación y pugna de los partidos para formar Gobierno. Esto representa un mal para el provecho común. No obra el bien un político que antepone su persona o su partido al bien común. Pero es también un mal moral que todos permanezcamos como fríos espectadores pasivos. Es también un grave mal moral que nos gobiernen aquellos que no elegimos. Que ambicionan el poder sin contar con mayorías suficientes. El cumplimiento de nuestros deberes temporales pertenece al contenido de nuestra fe. El bien común es una exigencia moral ineludible. Ya los Padres de la Iglesia prohibían conferir cargos y responsabilidades a quienes no eran humanos, humildes y solidarios. Necesitamos hombres de Estado que devuelvan la confianza a la noble dedicación de la política. Que sean capaces de hablar con educación y respeto, incluso a los adversarios, y que antepongan el bien común a sus personas o partidos. El bien común, y  el servicio a los más pobres, no puede ser indiferente a nadie. Cuando se trata del bien común, es inmoral aceptar antes los errores de los propios que las verdades de los rivales.

Dios nos ayude a ser responsables ante el bien común.

                                                                                                     Francisco Martínez

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