Bautismo del Señor

Lecturas

Isaías 42, 1-4.6-7  –  Salmo 28  –  Hechos 10, 34-38

Mateo 1, 13-17: En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Comentario

EL BAUTISMO DE JESÚS, 2020

Con la fiesta del Bautismo de Jesús cerramos ya el ciclo navideño y mañana mismo empieza la primera semana del tiempo ordinario que volveremos de nuevo a interrumpir cuando comencemos el tiempo cuaresmal. Jesús emprende su vida pública y lo primero que hace es ponerse en la fila de los pecadores para recibir el bautismo que Juan administra en las aguas del Jordán. ¿Por qué Jesús se integra en la fila de los pecadores para recibir el bautismo si es inocente y carece de pecado? Jesús, respondiendo a Juan, replica que lo hace para que se cumpla toda justicia, que es la voluntad del Padre. Jesús, viniendo a este mundo, se apropia del pecado de los hombres para matarlo en su carne. La justicia no es solo la observancia material de la ley, sino la plena sintonía afectiva con la voluntad del Padre que ha establecido un plan de salvación y quiere que se cumpla gozosamente en la muerte del Hijo. Este plan se ha establecido como desarrollo indispensable del bautismo. Su simbolismo es maravilloso e impresionante. Jesús viene al mundo y carga con todos los pecados de los hombres. Por nosotros se hizo voluntariamente “pecado” (2 Cor 5,21) y “maldición” (Gal 3,13). En la cruz mató el pecado mediante una obediencia radical. Lo que en los hombres fue egoísmo en él fue absoluta gratuidad. Llegó incluso a descender a los infiernos, la morada del mal, y allí liberó a los que permanecían cautivos de la iniquidad y de la muerte. Cristo, después de muerto, descendió a la tumba, a los infiernos, y liberados los cautivos, ascendió victorioso de allí para que pudieran compartir su misma resurrección. Este gesto, descender muerto a la tumba, y ascender desde ella resucitado, ahora con nosotros, fue perpetuado por Jesús en el santo bautismo. Mediante él participamos efectivamente de su muerte, sumergiéndonos en el agua, y participamos de su misma resurrección, emergiendo de ella. Jesús cargó de realidad este gesto simbólico. El bautismo es la misma muerte de Jesús, y su misma resurrección, pero ahora en sus discípulos. El bautismo aparece ya en los escritos apostólicos al mismo tiempo que la comunidad. Sumergirse y emerger; morir, ser enterrado y resurgir; abandonar la vida vieja y asumir la nueva, es su verdadero contenido original y real. Contiene lo que significa. El garante de toda esta obra es el Espíritu Santo que se hace presente y actuante. El simbolismo, en manos del Espíritu, es eficaz. Mateo dice que los cielos se abrieron y apareció el Espíritu en forma de paloma mientras una voz decía: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido”. Los apóstoles destacaron en los momentos vértices de la obra de Cristo la presencia del Espíritu Santo: fue ungido con él, lo condujo al desierto, emprendió la evangelización de los pobres, eligió a los apóstoles, exultó de gozo en la oración, venció a Satanás, etc. Gracias al Espíritu, como enseña Pablo, el bautismo incorpora a los cristianos a la muerte y resurrección del Señor, gracias a la acción del Espíritu (R 6,38). El bautismo cambia la vida del bautizado. El bautizado es un hombre que ha salido de la tumba, que participa ya de la vida gloriosa de Cristo anticipada. Ha muerto de su muerte y ha resucitado de su misma resurrección. Pablo lo explica admirablemente: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (R 6,3-4). Según Mateo, la voz oída del cielo afirma que la identidad de Jesús es la del Hijo Amado del Padre, aunque él haya revestido la del Siervo, según Isaías, el personaje misterioso que asume voluntariamente los pecados del pueblo como cordero que quita el pecado del mundo. Jesús mismo aplicó la metáfora del bautismo a su propia pasión (Lc 12,10). La voz del Padre confirma y revela su amor al Hijo y a su misión. Efectivamente la misma obra de Jesús comienza en el Padre que tanto amó al mundo que le dio a su propio Hijo. El bautismo ha incorporado todo nuestro ser a Cristo, a su muerte y resurrección. El lenguaje simbólico del bautismo no fue un gesto meramente ritual, sino verdaderamente creador. El gesto de sumergirnos en las aguas, elemento que limpia y vivifica, y emerger de ellas, nos afectó profundamente e hizo presente y vivo lo más trascendente: la resurrección de Jesús en nosotros. El simbolismo nos afectó en lo más real de nuestra vida. Somos ya seres resucitados que pertenecen a Jesús y reflejamos su vida. Es una lástima que nuestra generación haya perdido el lenguaje simbólico, el de los ideales y lo trascendente, por el meramente literal que es el de la eficacia y productividad material. Para ascender a lo más bello, emotivo y poético de la existencia necesitamos de pequeños gestos, la liturgia del beso, del abrazo, la música, la fiesta, el convite, el traje, el ceremonial, que nos transportan a lo mejor de nosotros mismos. Un hombre sin sueños e ideales es un ser disminuido, degradado y encogido. Quien en su vida pierde el misterio pierde lo mejor de sí mismo, el Absoluto. La lejanía de Dios es lejanía de nosotros mismos. Dios es lo mejor del hombre, lo más suyo y propio de él. Quien pierde a Dios pierde lo mejor de sí. El problema no está en transferir al hombre a la nada y al vacío, sino en elevarlo a lo más trascendente de su propia vida. La pastoral que la Iglesia tiene en este punto es muy grave. Porque en lugar de vehicular al hombre al misterio, lo emplaza ante el vacío y la vulgaridad. Ser muy breves y simples representa muchas veces el empobrecimiento, vaciar el misterio y achatar al hombre. La misma Iglesia, ante la presión de lo práctico y utilitario, ha sustituido la inmersión en el agua, gesto evangélicamente muy hermoso y simbolizador, por su derramamiento en la cabeza de los niños. El gesto ha dejado de decir muchas cosas bellas e importantes. Y la vid del pueblo se empobrece. Solo en la fe tiene sentido el bautismo. E bautismo supone la fe y la necesita para su propia validez. Sin fe pierde todo su sentido. Un gesto tan pequeño tiene unas consecuencias máximas. Nos ingresa en la comunidad de salvación. Nos perdona todos los pecados. Nos incorpora a Cristo, a su muerte y resurrección haciéndonos su propio cuerpo. Es don del Espíritu que se establece él mismo dentro de nuestra vida para iluminar nuestra mente e impulsar siempre el corazón. Nos eleva y posibilita para correalizar la vida misma de la Santísima Trinidad. Nos hace renacer a la vida de Dios y nos hace verdaderamente hijos suyos, miembros de la Familia Divina. El Bautismo nos hace pueblo sacerdotal que ofrece dichosamente su vida y Dios la diviniza. Y nos confiere a todos los miembros de la Iglesia una misma dignidad real. ¿Qué más puede conferirnos el bautismo? ¡Qué necesidad tiene el nuevo pueblo de Dios de conocer la fe en un contexto contemporáneo de actualidad, de suficiencia, de verdadero gozo y alegría! El cristiano de hoy debe elegir: o actualizar su fe o vivir en la vulgaridad de tantos que la han perdido, quedándose con muchos prejuicios que son verdaderamente perniciosos. El Señor nos impulse a conocer y a amar.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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