Alocución del Sr. Arzobispo de Zaragoza en la sesión inaugural del Curso 2016/2016 del ITS

Dios nos concede la gracia de inaugurar un nuevo curso 2016-2017 en nuestro Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares. Aquí en el Centro Berit, que está al servicio de la Palabra desde el año 19

Como Arzobispo y Pastor de la Diócesis de Zaragoza expreso mi felicitación y agradecimiento a D. Francisco Martínez García, su Fundador y Director, por la labor tan beneficiosa que ejerce el Centro en favor de la formación teológica de los seglares

Además, hemos tenido la dicha de escuchar su excelente y lúcida conferencia inaugural titulada “Los Sacramentos son Cristo. Cristianos sin óxido. Lectura actual del original“. Una visión renovada de los sacramentos y del misterio de la Liturgia, en clave de Cristología, a la luz del Concilio Vaticano II.

La pretensión de este curso es ambiciosa, en palabras de D. Francisco. “Presentamos el núcleo del mensaje evangélico original con el lenguaje del Magisterio y de la Teología actuales. Y lo ofrecemos en forma breve y actual pensando en nuestros cristianos de la calle […] Deseamos un cristianismo sin óxido. En sintonía cordial nos unimos al Programa Pastoral de la Diócesis. Quiera el Señor enriquecer a muchos”.

Mi gratitud se extiende también al claustro de profesores, alumnos y personas que hacen posible esta fecunda realidad académica y pastoral en nuestra Diócesis.

Por todos estos motivos y muchos más, que sólo Dios conoce, le damos gracias en esta apertura oficial del curso. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (cfr. Ps 125).

Necesidad de la formación teológica de los seglares

         1ª. La formación teológica de los laicos en el marco de la Iglesia: misterio, comunión y misión.

    La importancia, necesidad y urgencia de la formación teológica de los laicos  debe tener en cuenta las claves eclesiológicas del Concilio Vaticano II, que ha presentado a la Iglesia como misterio, comunión y misión.

         En efecto,  a la luz del misterio, la formación cristiana se considera no sólo, ni en primer lugar, una acción humana. Ciertamente ésta existe y es ineludible, pero posee una originalidad y novedad formativa, cuyo protagonista principal es Dios Padre, Jesucristo y su Espíritu que anima la Iglesia, maestra y madre (cfr. ChL 61).

         La perspectiva de la Iglesia como comunión es decisiva para comprender un aspecto esencial de la obra de formación: ésta se dirige al individuo, pero siempre en el contexto de la comunidad, es decir, en la Iglesia, por medio de la Iglesia y para Iglesia.

         La perspectiva de la Iglesia como misión ayuda a comprender cómo la formación no es un fin en sí misma, sino que siempre se realiza para que el hombre llegue a ser cristiano y alcance su plenitud en Cristo, lo que se verifica en la misión: es, al mismo tiempo, condición y medida de la vitalidad misma de la obra evangelizadora, apostólica y misionera.

         2ª. Urgencia de la formación teológica.

         No se comprende una vida cristiana sin un mínimo de tematización y sistematización de la fe cristiana.

Hoy se revela cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy” (ChL 60).

         La formación del laicado debe compaginar, al unísono, dos áreas del conocimiento: el mensaje cristiano y un conocimiento serio de la cultura de nuestro tiempo. De lo contrario, no se podrá desarrollar una misión evangelizadora y una corresponsabilidad eclesial a la altura de las condiciones del tiempo presente.

         La formación teológica pretende la profundización de la fe personal y la capacitación para dar razón de la propia esperanza, la toma de postura ante la realidad social, cultural, política, económica…, y la apertura de perspectivas y cauces para la acción pastoral y la responsabilidad secular. En este sentido “es absolutamente indispensable —sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político— un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia” (ChL, 60).

         3ª. Formación pastoral y ética.

         La formación del laicado, para  ser completa y eficaz, ha de impulsar a la acción transformadora de personas, ambientes y estructuras en coherencia con el mensaje evangélico. El proceso de formación no es ajeno a las consecuencias prácticas de los principios y criterios que deben orientar la vida de las personas y colectivos en todas las dimensiones. Profundizar en los fundamentos éticos y cristianos de la solidaridad, la paz, la verdad, la justicia, la opción preferencial por los pobres… así como profundizar en los empeños por transformar la sociedad son retos que la formación tiene que atender.

         4ª. Conciencia de la comunión eclesial.

         En estos momentos de la Iglesia, alentados por las llamadas insistentes del Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, que recoge nuestro nuevo Plan Diocesano de Pastoral para el quinquenio 2015-2020, debemos hacer nuestro el mandato del Señor: “Id y anunciad el Evangelio” (Mc 16, 15). Nuestra Programación Pastoral Diocesana para este curso 2016-2017 recoge estas necesidades y respuestas pastorales:  Desarrollar una pastoral misionera: al encuentro de las personas (especialmente de los jóvenes y de las familias), con nuevos lenguajes y Cultivar el encuentro personal con Dios y vivir el seguimiento de Jesucristo.

         Se trata de ser “Una Iglesia Diocesana en salida y conversión”. Es la misión, que supone la conciencia de comunión eclesial, es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera. La Iglesia tiene delante una comprometedora y magnífica empresa: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte activa y responsable de esta empresa, llamados a anunciar y a vivir con alegría el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas, de la Iglesia y de la sociedad (cfr. ChL 64).

         Que nos acompañe en nuestro camino en este curso 2016-2017 la poderosa intercesión de la Virgen María en la secular advocación del Pilar tan querida y venerada en nuestro pueblo.

+ Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo de Zaragoza

 

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