Adviento: la gracia de la madurez personal

1. TENDER A LA MADUREZ

Dios no sólo es el misterio más grande de la vida: afecta a nuestra vocación e identidad. Él se hace nuestro destino. El hombre es indefinible sin Dios. Dios ha tomado la iniciativa de dársenos él mismo, y del todo, por amor. Lo hizo enviando a su Hijo, “el Predilecto”, para que nosotros, acogiendo su persona, su filiación, su Espíritu, nos transformemos en él. En el Adviento la Iglesia nos prepara para la venida de Cristo utilizando la pedagogía con la que Dios preparó la venida de su Hijo al mundo.
El Adviento contempla la venida de Cristo bajo un triple plan: vino (históricamente a Palestina), está viniendo (como realidad de gracia y de Espíritu Santo), vendrá (juicio final). A nosotros nos afecta sobremanera la segunda venida, hoy. No tiene nada de espectacular. Se realiza en la fe, ocultamente, dentro de nosotros. Pero éste es el hecho cierto: quienes han alcanzado la experiencia directa de Dios en la vida son los máximos exponentes de humanización en la historia. El gran problema es cómo activamos al máximo nuestra atención para hacer consciente y explícito el contenido del adviento en nuestra vida, dejando que el Espíritu Santo encienda nuestra afectividad, un amor entusiasmado.
Es importante que el Adviento deposite en nosotros toda su riqueza porque es la venida de Cristo a nuestra vida lo que determina nuestra plenificación, nuestra verdadera madurez.
Madurar no es sólo desarrollar procesos biológicos y mentales. Afecta a nuestra identidad cristiana, al sentido último de nuestra existencia, a nuestra vocación trascendente, a la verdadera dicha. Sin la experiencia de Dios no es posible la madurez del hombre. Dios ha querido hacerse lo más nuestro de lo nuestro. Es nuestro origen, consistencia, meta. Es más que amigo, esposo, Padre. El mayor sinsentido de la historia es que un hombre no haga la experiencia de Dios.
La madurez, más que simple desarrollo (hay crecimientos provocados, sospechosos, interesados), es crecimiento en valores.
La madurez no es un proceso mecánico, supone fuertes opciones y decisiones. Es preciso saber buscar tiempo, elegir relaciones enriquecedoras, programar la lectura acompañada del evangelio, tener visión profética, proponerse metas. En la fidelidad nos jugamos la identidad.
Hay quienes en la vida simplemente viven, caminan por sendas sin rumbo. Hay quienes están dominados por el interés económico, o el mero bienestar material. Otros están absortos en metas de carácter social: estar bien “colocados”, o “situados”.
Otros tienen un concepto estético: la belleza del alma, la bondad de los sentimientos, la práctica piadosa y moral.
Es un sentimiento amplio tener el “orden” disciplinar como un valor importante y decisivo, no provocando problemas o preocupaciones importantes que perturben la convivencia. Es un verdadero suicidio no estimular el crecimiento, la madurez.


Hay quienes envejecen, pero no maduran
.
Muchos son como fósiles, viven el estancamiento estable, definitivo, de la mente y del amor.
La madurez tiene un cauce objetivo fundamental. Es el seguimiento y  vivencia consciente y dominante del año litúrgico como formación a lo vivo de Cristo en nosotros.

2.   PISTAS IMPORTANTES PARA LA MADUREZ


A) Ver en el evangelio al mismo Cristo hablando, transformando, vivificando. En el evangelio, Cristo se hace nuestro contemporáneo y nos habla él mismo,
dice el Concilio. Es preciso dar a ver que el evangelio cambia el estilo de nuestra vida, que ser creyente es una organización evangélica del corazón.
El evangelio ni es el libro ni es una lectura de textos. No es un congelado de textos. Es Dios mismo hablando. Más que “palabra de Dios”, es Dios mismo hablándonos y haciéndose para ello contemporáneo nuestro. Una palabra gritada en el desierto es voz, pero no ha llegado todavía a ser palabra hasta que es, no sólo dicha, sino acogida, integrada. Hay “lecturas” particulares y “voces” comunitarias que no llegan a ser todavía “palabra” porque no han sido acogidas por nadie.
Quien tiene fosilizada la palabra, él mismo, permanece fosilizado. No es de extrañar que haya tanta vida cristiana estéril.
La relectura o proclamación de un texto es parte constitutiva del texto
. Es Revelación. La acción del Espíritu no se agota ni en los autores ni en el texto, alcanza a los lectores. El lector es tan importante como el autor. No es el autor el que “hace” la palabra de Dios, sino Dios mismo. El actor no es sino instrumento. El autor puede darle un sentido original. Pero el sentido “pleno” y vivo se lo da el lector de cada tiempo y lugar. Al oír y acoger, en distintos tiempos y ambientes, la respuesta es diferente en unos y otros. El hipertexto es la fuerza que el texto tiene para ser universal, para ti, para mí, para los de la próxima generación, para los hombres del futuro. La palabra de Dios nació con destinación universal porque Dios nunca es Dios de muertos, sino de vivos. Hay que re-mentalizarse, sabiendo pasar de lo que hay detrás del texto a lo que el texto pone por delante. La palabra no es un código moral, ni un espejo donde mirarse, sino una ventana abierta que nos abre al futuro, un futuro diferente para cada lector u oyente. Dios habla siempre y  todos y cada uno de nosotros debemos responder desde el ambiente y desde los problemas de nuestra época.


B) Mentalizarnos en un nuevo modo de ver la eucaristía. Llegar a comprenderla en su aspecto dinámico
, no como “cosa” santa, sino como transformación en Cristo, como entrega radical y solidaridad, como “ágape” o amor de Dios en nosotros. La eucaristía “nos” hace cuerpo de Cristo. Entender la consagración como la transformación no sólo de los elementos, sino de las personas y de sus actitudes. La eucaristía no sólo hace el cuerpo de Cristo, nos hace el cuerpo de Cristo. Hay que entender y vivir el ofertorio y la consagración no como algo vago e inconcreto, sino como algo elegido y vivido en la diferencia concreta entre lo que estoy dando y o que debería dar a la comunidad y desde la comunidad.


C) Relacionarme con la persona en tanto que persona y su historia concreta
. No con su ontología abstracta, sino con su historia personal precisa y concreta, haciendo posible la felicidad y la madurez. Hay que ser y hacer historia de salvación en Cristo y con él. Hacer con quienes conviven con nosotros no cosas buenas, sino lo que hay que hacer, viendo la diferencia entre lo que son y deberían ser en el amor de Dios. Saber utilizar el discernimiento evangélico, individual y comunitario. Saber aconsejarse.

 

TEXTO PARA LA ORACIÓN


“Señor, Dios nuestro, restáuranos: que brille tu rostro y nos salve” (Sal 78,8).

 

EXAMEN Y DISCERNIMIENTO COMUNITARIO

Posibles fallos a corregir:

-Amor propio manifiesto.

-Convivir apaciblemente con los propios fallos sin mostrar deseos de corrección fraterna ni interés por cambiar. Creer que no tengo nada que cambiar.

-Creer que el desarrollo espiritual o pastoral de la comunidad o del Instituto es función de otros. Por mi esfuerzo y prestación ¿podrían subsistir Berit y el Instituto?

-No tener interés en elegir, proponer, sugerir los temas de retiros y ejercicios, pesando que otro los dará ya hechos. Ausentarse siempre que la comunidad hace examen de la convivencia, u ora en silencio, o cuando discierne, examina, propone como si eso no fuera conmigo.

-No asumir fallos o limitaciones de los otros, en especial los que me afligen, como opción gozosa de la cruz y vivencia dichosa y agradecida de la eucaristía.

-No estar comprometidos en la misión explícita en comunidades, movimientos, parroquias, ni encontrar nunca tiempo para ello.

 

Francisco Martínez