Domingo XIX ordinario, ciclo B

Lecturas

1 ª Reyes 19, 4-8  –  Salmo 33  –  Efesios 4, 30

Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.”
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Comentario

YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO

2018, 19º Domingo ordinario

            Continuamos escuchando el largo discurso de Jesús en el que el mismo se define “pan vivo del hombre”. Jesús hace una afirmación insólita: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” y “el que coma de este pan vivirá para siempre”. Muchos oyentes no entienden y rechazan estas palabras. Y Jesús replica con decisión: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Jesús hace la afirmación sorprendente de que él es el pan de vida y añade otra no menos firme: “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”. Efectivamente el reino que anuncia Jesús es inviable para quien solo se mueve por sí mismo, por su propio entender. Y es que no es lo mismo entender que ser iluminado. ¡Dios ilumina en directo! Y mueve el corazón. Es esta una gran verdad de la fe. Hay personas abiertas a Dios. De corazón sencillo. Y a Jesús le entiende mejor el corazón que el cerebro. Conocer a Jesús requiere una vida sana, una inteligencia y un corazón abiertos, sin orgullo ni prejuicios,  sin resentimientos. La sencillez abre la vida mientras que el orgullo la cierra. Dios habla siempre a los sencillos. Aceptar o no a Jesús revela cómo es uno en realidad. Muchos no creen porque tampoco les interesa creer. Tendrían que modificar muchas actitudes y no están dispuestos a ello.

Jesús se dice a sí mismo pan bajado del cielo y añade que quien coma de este pan vivirá para siempre. Asegura que el pan que él dará es su carne para la vida del mundo. Jamás nadie hizo una afirmación semejante y con tanta contundencia. Para muchos es inviable que una realidad tan pequeña, una diminuta hostia, signifique y contenga una realidad tan grande: la intensa comunión con Dios y con los otros. Jesús habla de una comunión muy profunda, de entrañamiento en él y en los otros, de identificación con ellos. La psicología profunda nos habla maravillosamente de que la alteridad enriquece nuestra identidad. El otro no es mi rival o enemigo, sino mi desarrollo y mi suerte. Quien encuentra un verdadero “tú” sale de la finitud y entra en la infinitud. La existencia, y su riqueza no radica en la relación consigo mismo, sino en la relación con el tú. Jesús se define como nuestra alteridad más dichosa y celestial. Nos hace Dios por participación.

El símbolo por excelencia de la eucaristía es, según Jesús, la comensalidad. Él habla en ella como del banquete del reino de los cielos. En él Jesús se hace para nosotros anfitrión y manjar. Manifiesta gran interés en comer juntos. Comer juntos, para él, es una parábola en acción. Significa la misericordia de Dios que siempre convoca y ama. Jesús come tan a gusto con los pecadores que es fuertemente criticado por sus enemigos. Él practica pródigamente la comensalidad. Comer juntos es signo de encuentro, confianza, amistad y cercanía. Nuestra generación ha perdido el sentido expresivo del símbolo y prefiere el mundo árido de los conceptos. Pero lo infinito, lo inefable solo es expresable no con palabras sino con gestos: el abrazo, el beso, la sonrisa, el don. El que no se expresa mediante acciones simbólicas reduce su lenguaje y empobrece la vida. Jesús no solo invita a comer. Pone en comunión su tiempo, su palabra, sus curaciones, sus diálogos. Hablando sin reparos de comer su carne y beber su sangre, está significando unos niveles de comunión extraordinarios.

Nosotros creemos que Dios existe, pero no creemos tanto en su inmenso amor. Si creyéramos prácticamente en su amor seríamos otros. Todos esperamos que un día nos dé el cielo. Pero no pensamos que las realidades que ya nos ha dado y ha puesto en comunión con nosotros son superiores a cuanto en el futuro nos pueda comunicar. Dios se ha encarnado ya por nosotros realizando un descenso increíble. Ha muerto ya por amor a nosotros. Se ha quedado de hecho con nosotros por medio de una eucaristía que nos pone ya ahora en comunión radical y total con él. Ha resucitado por nosotros y ha hecho de nuestra vida cristiana una participación real y misteriosa de su misma resurrección que se actualiza en nosotros mediante el bautismo y en la eucaristía. Nos ha dado anticipadamente su Espíritu, que es “garantía de gloria”, mediante el cual, deposita en nuestros corazones el mismo amor con el que él ama. ¿Qué más nos puede dar? ¿Qué más podría poner en comunión con nosotros? Es tanto lo que ya nos ha dado que Pablo asegura que nada en la vida y en la muerte nos separará jamás del amor de Dios manifestado en Cristo. Asegura incluso que Dios se mantiene fiel aun cuando nosotros seamos infieles.

Pero esta comunión de Dios con nosotros llega a un nivel sorprendente en el misterio de la liturgia que nosotros celebramos, sobre todo en la eucaristía de los domingos del año litúrgico. Si en lugar de solo “asistir” llegásemos a participar conscientemente ¡qué cambio de vida experimentaríamos! ¡Qué poco hablamos de ello y qué maravillas se nos escapan por no rebasar el mundo de la moral y del comportamiento! Lo decisivo en la vida cristiana no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace en nosotros. No es la moral del hombre, sino la gracia de Dios. Meditemos las siguientes reflexiones.

Cristo murió y resucitó por nosotros. Y quiso dejarnos no solo los efectos de su redención. En la eucaristía nos dejó el suceso mismo de su muerte y resurrección para que pudiera ser participado en comunión por todos. Su muerte y resurrección es su misma entrega generosa, sin límites, que él actualiza y hace contemporánea para que nosotros la hagamos nuestra. En la misa nosotros no debemos limitarnos a asistir, sino a participar, hacer lo que Jesús hizo y como él lo hizo. Él quiso perpetuar, hacer contemporáneo el acontecimiento de su muerte y resurrección para establecer una comunión sorprendente con nosotros que debemos unirnos del todo  a su persona y a su destino, a su vida y a los misterios esenciales de su vida. El misterio pascual, la muerte y resurrección de Jesús, es un suceso perenne para que sea participado, apropiado, por la Iglesia, por todos nosotros. Cristo quiso que estuviéramos unidos a él, siempre en comunión total con él, que reprodujésemos con fidelidad su vida y los sucesos esenciales de su vida. Que fuésemos como su humanidad suplementaria donde se activa y actualiza su muerte y resurrección. Pablo lo describe muy bien diciendo que “somos el cuerpo de Cristo”, que estamos “concrucificados con él”, “muertos con él”, “resucitados con él”, “sentados ya en los cielos con él”. Pan y palabra son las dos realidades que más suelen penetrar en la intimidad del hombre. El hombre come y el alimento forma parte de su vida. El hombre oye y la palabra entra en su corazón y se establece allí. El cristiano comiendo el pan y oyendo la palabras se trasforma en Cristo, entra en comunión con él. Depende de su fe entusiasmada. Vive el año litúrgico, que no es sino la vida de Cristo. Y come el pan que es Cristo. Y escucha la palabra que es el mismo Cristo hablando hoy.  Saber comer con fe y saber escuchar con fe, esto es todo lo que el cristiano debe aprender a hacer para vivir en comunión total con Cristo. Ojalá Cristo grabe esta fe en nuestros corazones.

                                                             Francisco Martínez

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