Evangelización y vida cristiana: Acentos y modelos en la historia de la fe

 

Si la fe anda en crisis, es laudable y aun necesario saber auscultar los signos de  recuperación. Porque Dios no abandona a su Iglesia. Pretendo detectar modelos diversos  de evangelización y de vida cristiana, ayer y en nuestro tiempo, como signos de la presencia actuante de Dios entre nosotros. Reconozco que es una pretensión audaz. Cuando hacemos un viaje pegados a la ventanilla de un avión y el capitán de la nave nos comunica que sobrevolamos cimas altas, avistamos inmensos espacios comprimidos en pequeñas y graciosas acuarelas blancoazules. Yo quisiera  proyectar ante vosotros una rauda mirada compresiva de la historia para contemplar, en la vida más que en los libros, las diversas peculiaridades sobre cómo se ha concebido la misma vida cristiana o sobre cómo se han diseñado los diversos modelos preferenciales de evangelización en las diferentes etapas de la historia. Pero no voy a proyectar un largometraje, sino flases sueltos.

Una observación importante: siempre que se ha querido investigar a Jesús y su obra, la pretensión ha resultado infructuosa debido a que la historia nunca ha podido agotar el misterio. Jesús ha resultado siempre más la biografía de los buscadores que la del buscado. Jesús desborda siempre.

En la historia de la Iglesia siempre han ido unidos predicación y vida, evangelización y santificación, pastoral y praxis cristiana. Pretendo señalar acentos, modelos, preferencias, modos y maneras de la comunidad eclesial de los siglos, avistando épocas y eras. Quiero sorprender, tras los rasgos determinantes de la predicación de Jesús, los que marcan y definen la época apostólica y de los Padres, o la de los grandes monacatos, Patriarcados, Escuelas y Pontificados con el fin de ensanchar y dilatar nuestra visión individual.

 

  1. HABLAR DE MODELOS EN UNA ERA DE CRISIS Y DE CAMBIO

 

Auscultar hoy el desarrollo de la evangelización y de la vida cristiana es pretensión difícil: vivimos un momento de profunda crisis y de notables diferencias. Y solo veremos bien el conjunto si no estamos atrapados en el fragmento. Es decir, si no incurrimos en partidismos, porque entonces veremos todo, la historia misma, de otro modo. Hay que saber caminar con generosa neutralidad porque no es posible que reconozcan errores históricos aquellos mismos que los causan, no por culpabilidad, sino por contagio ambiental y por la complejidad de la situación. Las dificultades para evangelizar hoy no son epidérmicas, sino estructurales. El nudo de la dificultad está en hablar al hombre de hoy y no al de ayer. La mayor parte de nuestra gente, ayer creyente, rehúye hoy los procesos catequéticos. La catequesis de niños y jóvenes que hoy se preparan para la primera comunión y la confirmación, se ha convertido tristemente en un proceso de conclusión que cierra y concluye su educación religiosa. Hay crisis profunda y extendida de formación religiosa en la familia y en la escuela. Es más que precaria la catequesis de adultos. Es insuficiente la formación de catequistas y de agentes de pastoral. La fe explícita está suplida en muchos por una simple sindéresis ética o por una concepción más bien legal y estrecha. En general tenemos hoy un pueblo cristiano muy poco catequizado, menos todavía evangelizado, no suficientemente formado en la fe. La separación entre fe y cultura en nuestra sociedad es grande y sigue creciendo de forma alarmante. Todo cambia. Y lo único que no cambia es el cambio. Se dice que estamos no solo en una época de cambio, sino en un cambio de época. El paradigma tridentino ya no funciona. Y el del Vaticano II no ha llegado a canalizarse por el tejido eclesial. Las secuelas de la crisis son más que evidentes: disminución de la práctica religiosa, secularización, indiferencia religiosa, desinterés en los jóvenes, escasez de vocaciones, crisis de credibilidad de la Iglesia. Aumenta el Islam: en el 2000, por primera vez en la historia, los musulmanes han llegado a ser más numerosos que los cristianos. Protestantes y evangélicos crecen imparablemente en Hispanoamérica. Se está desarrollando allí una gran expansión de sectas. Y son muchos los que convergen en la idea de que  la crisis del cristianismo no es crisis del cristianismo en cuanto tal, sino de este cristianismo histórico concreto. La recuperación es difícil porque ahora, más que nunca, no se trata solo de cómo hacer fieles practicantes, sino cómo lograr verdaderos creyentes, de fe sólida y madura.

 

 

  1. MODELOS DE VIDA CRISTIANA Y DE EVANGELIZACIÓN EN LA HISTORIA

 

  1. Desde los inicios hasta la Edad Media

En el correr de la historia del cristianismo la fe y el amor han sido vividos siempre de forma histórica. Ha habido fijación e implantación, pero también adaptación y evolución. Inevitablemente diversas situaciones culturales y religiosas fueron inspirando diferentes formas de evangelización y de vida cristiana. La Iglesia ha pretendido ser siempre una institución abierta, no cerrada, a la evangelización, en continuo desarrollo bajo la acción del Espíritu. Ya en los primeros siglos aparece una doble corriente, de cristianismo cerrado una y otra de cristianismo abierto. El cristianismo puro aparece en los Padres apostólicos, en Tertuliano y los primeros habitantes del desierto. El cristianismo abierto aparece difundiéndose al exterior, en la Escuela de Alejandría y en los Padres formados en las corrientes neoplatónicas.

En los cuatro primeros siglos tuvo vigencia absoluta el catecumenado. Este proceso  original no fue nunca en sus inicios un libro, o un catecismo, sino el estilo de vida de la comunidad, su testimonio vivo. Pero la vida de la comunidad cambia en función de las circunstancias que encuentra, de persecución o de paz. La vida de la comunidad giró en los inicios en torno a un entusiasmado seguimiento de Jesús centrado en el amor fraterno y basado en la vivencia de la cruz y de las bienaventuranzas. La primera comunidad fue como un padrenuestro vivido o como la biografía de las bienaventuranzas. La fórmula inspiradora era el dicho de Jesús: “si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8,34). Jesús dijo esto “a todos” y señaló aquello de “cargar su cruz a diario”. Pablo lo formula hablando de “despojarse del hombre viejo” (Ef 4,22-25) o de “crucificarlo” (R 6,6), y de “revestirse de Cristo” o de “incorporarnos a él”. Debido a las persecuciones de los primeros tiempos el modelo quedó polarizado enseguida en el martirio, entendido como el seguimiento perfecto de Jesús. Los primeros cristianos estaban muy impresionados debido a su proximidad histórica a la persona del Señor. Para ellos, dar la vida en un contexto de persecución aparece como máxima imitación y la más grande realización del amor: “Nadie tiene mayor amor que este de dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). “Ahora comienzo a ser  ver dadero discípulo de Cristo” dijo Ignacio de Antioquía” (Rm IV,2).

En la medida en que las persecuciones desaparecen, y aun antes, ya en el siglo II, la virginidad cobra una significación trascendente. La sitúan inmediatamente detrás del martirio y como suplencia inmediata del mismo, pues es también ofrenda voluntaria y total y verdadero matrimonio espiritual con Cristo. La virginidad, concebida como un ideal de pureza e integridad interior, fue adquiriendo a la par, y además, un sentido social-apostólico considerable.

Junto a aquel impulso inicial totalizante nace el modelo de la vida eremítica, primero, y la cenobítica después. En 357 San Atanasio para mostrar la vida eremítica como el ideal de la vida cristiana perfecta, escribe la vida de san Antonio, primer solitario del desierto que quiere seguir a Cristo en el desposeimiento total. No se sabe si es un personaje real, pero encarna el modelo cristiano del momento. La característica de la vida eremítica es la renuncia a sí mismo por la lucha contra las pasiones. Pronto se constata la experiencia de que un anacoreta nunca está tan acompañado como cuando está solo, porque entonces se multiplican sus pensamientos. La soledad no es vista como  conforme con los deseos del Creador y no hace viables las virtudes sociales de la caridad y la paciencia. San Pacomio en el siglo IV da un giro importante y establece la vida cenobítica comunitaria como paradigma de vida cristiana. Si la virginidad es contemplada como una suplencia del martirio, ahora la lucha contra las propias pasiones es la mejor manera de parecerse a los mártires. La “penitencia” es vivida como conversión de la vida entera a la humildad y alegría de “vivir en Dios”.

         En el siglo III adquiere gran relevancia la gnosis o contemplación como proyecto de intimidad con Dios. Clemente y Orígenes, con su influencia helénica, ofrecen las primeras bases racionales de la ascesis cristiana, que no es otra cosa para ellos que la preparación a la contemplación, la gnosis. Trata de la inmediata unión con Dios, y la exalta de tal forma que comienza a hacer la afirmación explícita de la superioridad de la vida contemplativa sobre la activa. Esto reconfigura el modelo cristiano. La contemplación libera al alma de sus pasiones, ayuda a mejor conocerse a sí mismo y alcanza la “apatheia” (sin-pasión), que no es la de los estoicos, pues la atribuyen a un don de Dios. Conceden un puesto esencial a la caridad en la lucha ascética, y a Cristo, sus ejemplos y virtudes. La gran creación del siglo IV es el monacato. San Pacomio  establece el primer tipo de vida cenobítica como vida cristiana ideal. Es el gran modelo. La característica de la vida cenobítica son las virtudes sociales: humildad, obediencia, caridad fraterna, abnegación más de voluntad que corporal. Por reacción contra las pompas del imperio, el monacato casi llegó a identificarse con la ascesis, cuya nota dominante y testimonial era la austeridad.

La doctrina espiritual del propio pueblo proviene toda ella del monacato y la idea general es que la lucha contra las pasiones lleva a los ejercicios piadosos y éstos a la contemplación que aparece como la cima de la ascesis monacal y también de la misma vida cristiana.

Con Pelagio y San Agustín se hizo explícita y candente la contraposición del esfuerzo humano y de la gracia de Dios. Pelagio exagera el poder del esfuerzo humano al que le atribuye la capacidad de evitar todas las faltas y progresar absolutamente en la virtud, de tal manera que anula la gracia. Para él la gracia es la voluntad. Por el contrario San Agustín, “el doctor de la gracia”, insiste en la inutilidad del esfuerzo que intenta hacer al cristiano independiente de Dios. Impregna la ascesis del amor de Dios y de la ayuda de la gracia.

 

  1. La Edad Media

En Occidente alcanza una influencia determinante Benito de Nursia. Escribe su famosa Regla que se difunde por toda Europa  y se convierte en el código fundamental del monacato occidental. Es troquel de modelos con fuerza muy perdurable en la historia. Juan Crisóstomo impulsa el monacato de Oriente.

En el siglo XI la Camáldula recupera en el monacato la austeridad de los antiguos monjes del desierto viviendo una vida austera y penitente, silenciosa y solitaria. Bernardo de Claraval y sus compañeros impulsan la corriente cisterciense, centrada en la contemplación, el estudio, la investigación y el trabajo, y puebla Europa de monasterios. La Cartuja es aprobada por Alejandro III en 1170 sobre la base de la Regla benedictina  y “costumbres” inspiradas por san Bruno. Es un cister más austero, como mayor acentuación del estilo eremítico, sin dejar la disciplina comunitaria.

En el siglo XII aparecen las Órdenes Militares para defender la fe con la misma espada. Fue una creación del Cister. San Bernardo escribió para algunos de ellos unas Constituciones. La defensa de los Santos lugares genera los modelos de vida ideal y hasta de opción integral por Cristo y la vida eterna. La cobardía era tenida como pecado. Su poder llegó a ser enorme.

En la Edad Media las Órdenes Mendicantes introdujeron un nuevo modelo de vida. El siglo XIII es el del triunfo del pueblo sobre el feudalismo. La acumulación de bienes en los monasterios provoca una reacción con el nacimiento de las Órdenes Mendicantes, que suscitan un nuevo estilo de vida: no viven en grandes monasterios, sino en pequeños conventos y practican la austeridad. Ayudan al clero y conviven con el pueblo. Surgen tres corrientes: la franciscana que da gran importancia a la voluntad sobre el entendimiento; la dominicana que da más importancia al entendimiento  que a la voluntad: y la carmelitana agustiniana que busca una postura armónica y equilibrada.

En el siglo XIV surge “la Devoción Moderna”, un movimiento religioso que impulsa fuertemente un modelo muy peculiar de vida cristiana que en gran manera configura la misma vida cristiana que predomina en nuestra época. Se denomina “Devoción” porque es un movimiento radicado y motivado más bien en la voluntad y el afecto, y “Moderna” porque era lo moderno en la Edad Media, en el siglo XIV, cuando surge. Este impulso devocional y popular se desarrolla en un contexto social y cultural múltiple. Encontró vibraciones afines en el movimiento humanista de  Erasmo, en el fenómeno histórico de la Protesta posterior y en el soplo que hizo posible, después, la misma revolución francesa.

Como corriente espiritual brota en la segunda mitad del siglo XIV en los Países Bajos por obra principalmente de Gerardo Groote (1340-1384) y de su discípulo Florencio de Radeswijns (1350-1400).

Las causas que favorecieron este movimiento fueron poderosas y múltiples.  Fue una reacción en grandes sectores del monacato y del pueblo. La Liturgia había derivado hacia formas más bien pontificales, imperiales y  monacales, dejando un gran vacío en la piedad sencilla del pueblo. El uso exclusivo del latín cuando nacen las lenguas romances: el pueblo ya no entiende y necesita ser piadoso, y como sustitutivo de la liturgia inventa los ejercicios piadosos. La teología de universidades y seminarios había incurrido en un conceptualismo escolástico y especulativo inasequible al pueblo. El lenguaje confuso y oscuro de las altas corrientes místicas alemanes, inglesas, flamencas había llegado a ser absolutamente extraño y hasta inservible para la piedad popular. La comprensión popular de la Iglesia ya no respondía a la del Cuerpo místico de Cristo y a la comunión de unos con otros y de todos con Cristo; quedaba reducida a la de una sociedad perfecta, jurídica y moral. En los primeros siglos la realidad fundamental de la eucaristía giraba en torno a la comunidad, cuerpo místico de Cristo; ahora la  comunidad quedaba fuera, pues la eucaristía se centraba en exclusiva en la transformación de los elementos materiales de pan y vino, clásicamente denominada transustanciación. El impulso interior de la piedad no se inspiraba tanto en la idea de adorar, dar gracias, bendecir, sino en la de la salvación individual.

Los rasgos característicos de este impulso son: la tendencia al interiorismo y al individualismo como superación de una piedad mecánica, comunitaria, muy exteriorizada. La dimensión práctica de la vida cristiana se concentra en los ejercicios espirituales de la oración mental metódica, de exámenes de conciencia programáticos, de virtudes ascéticas, de trabajo manual. Adquiere impulso la imitación de Cristo en la pobreza, humildad y demás las virtudes. “La imitación de Cristo” es el libro más representativo de esta corriente. Es devoción cristocéntrica en contraposición al teocentrismo trascendente de la escuela renana. Adquiere gran relieve la metodización de la oración mental personal que fomenta la parte afectiva, siguiendo métodos  prácticos, seguros, controlables apoyados en san Buenaventura, san Bernardo, san Agustín, el franciscanismo. Se acentúa la importancia del recogimiento, la intimidad y el silencio y, con ello, la de los ejercicios de la vida interior y de  meditación, mientras que el rezo del oficio divino se simplifica y se asiste en silencio a la misa cotidiana.

 

  1. La Edad Moderna

El nacimiento de la imprenta impulsa considerable la meditación personal y los libros de devoción. Es la primera ocasión en la que el pueblo tiene en sus manos biblias y libros de espiritualidad. Esto deja una huella profunda en la piedad popular. San Francisco de Sales, contra la corriente jansenista, crea un ascetismo equilibrado basado en el amor. San Ignacio de Loyola aplica de modo singular los resortes psicológicos para la extirpación de las afecciones desordenadas. Acentúa la cooperación de la persona en el esfuerzo de cara a la perfección. Santa Teresa de Jesús centra la perfección en la oración contemplación. Lo cual tiene su justificación, pues la caridad es el alma de la contemplación. Los grados de santidad son grados de oración. Ofrece una visión de la vida espiritual eminentemente experimental. Esta fenomenología de la oración alcanza en ella el cenit de todos los tiempos.

En este contexto, en el siglo XVI, nacen las órdenes religiosas que ya no tienen un marco monástico. Representan un paso gigante del monasterio a la gente, a “las periferias” como dirá más tarde el Papa Francisco. Es el clero regular, muchos con regla de votos comunes, otros con convivencia y sin votos. No llevan hábito especial, no tienen coro, ni se recluyen en la clausura. La característica de estas nuevas órdenes es el servicio de los demás en todas las facetas: caridad, enseñanza, socorrer a pobres y enfermos, etc… En 1513 León X aprueba los Estatutos y se difunden en gran forma. Destaca sobremanera la Compañía de Jesús. También el Oratorio, los Hospitalarios, los Escolapios.

         El Concilio de Trento. El siglo XVI  es el siglo de Trento, siglo de intensa revisión de costumbres y de ideas. Por un lado es el siglo de “las subidas” (“Subida al monte Carmelo”, “Subida al  monte Sión”) y el de “los caminos” (“Camino del cielo”, “Camino de perfección”). Por otro, es época de intensas reformas en la Iglesia y en el pueblo. Destacan las de los humanistas, Erasmo de Rotterdam, Luis Vives, Tomás Moro, hombres de grandes ideales, amantes de la belleza, buscadores de la verdad y reivindicadores incansables de los derechos humanos que llevan la cultura a la fe, y la fe a la cultura. La Reforma oficial de Trento lleva la renovación a gran altura  (1545-1563).

 

  1. La Edad Contemporánea

Si a las Órdenes religiosas siguen las órdenes clericales, a estas siguen las Terceras Órdenes y las Asociaciones religiosas impulsando todavía más la espiritualidad a la calle y en la calle, pero en dependencia de ellas. Logran notables frutos por las adaptaciones obtenidas pero surgen dificultades por la onerosidad de hacer en el mundo lo que otros hacen en el convento. Por ello van abriéndose paso cada vez más los Institutos seculares. Los laicos consagrados que viven en el mundo se remontan a los comienzos del cristianismo. Cuando en el siglo XIX se puso de manifestó el proceso de descristianización de los países europeos, este ideal cobró gran importancia. Después de muchas dificultades, Pío XII, por la Constitución Provida mater Ecclesia, reconocía los Institutos como  Sociedades, Clericales o Laicales, cuyos miembros, permaneciendo en el mundo, profesan los consejos evangélicos para adquirir la perfección cristiana y ejercitar plenamente el apostolado.

Esto impulsa todavía más la vida cristiana hacia el mundo. Pero surgen inconvenientes debido a la inadaptación de las faenas terrenas a la piedad. La vida espiritual de los laicos sigue desenvolviéndose como copia e imitación de la vida monacal o regular, pero no como el desarrollo de una espiritualidad específica basada en el bautismo y la seglaridad. Sigue siendo en cierto sentido, como la vida religiosa, huida del mundo, pero no presencia plena en él. La santidad plenamente secular será pedagógicamente uno de los logros del preconcilio y del concilio Vaticano II. Es una santidad no sólo para el mundo y en el mundo, sino desde el mundo y desde las mismas realidades seculares,  y como dice el Concilio, “componiendo y arreglando según Dios los asuntos temporales”.

         El Apostolado seglar es un paso más en la exigencia de llevar el evangelio a la calle. Nace del deseo de los seglares de integrarse en la apostolicidad de la Iglesia. La Acción Católica canaliza este envite que relanza Pío XI como “participación, dice él, del laicado en el apostolado jerárquico”. Es posteriormente cuando los documentos oficiales y los Estatutos de los Movimientos fundamentan preferentemente la Acción Católica en el bautismo y confirmación. La espiritualidad del pueblo recibe una fuerte validación con el Movimiento litúrgico y el Movimiento bíblico. El P. Lombardi impulsa un movimiento de espiritualidad seglar basado en el proyecto de “un Mundo Mejor”, en el compromiso de dignificarlo y elevarlo, singularmente en sus repercusiones sociales.

Paralelamente al desarrollo de estos modelos de vida apostólica seglar, y como influencia de lo seglar en lo religioso, y también como devolución del impulso, nacen nuevas formas de vida consagrada en la vida religiosa. La Exhortación Vita Consecrata de Juan hablo II, el 25 de marzo de 1996, y el canon 605 establece la posibilidad de las nuevas formas de la vida consagrada, que, en el fondo, se distinguen por nuevos acentos de integración de lo monacal en el mundo.

Una tromba de impulsos y de iniciativas de vida cristiana y de apostolado en el mundo, hacen posible el Concilio Vaticano II. En el mundo seglar proliferan en gran manera las formas asociadas de vida cristiana y de apostolado. Se acentúa la autonomía de lo seglar. Se supera en cierto sentido la idea de imitar más bien “espiritualmente” la vida e ideales de la vida religiosa, de sus grandes instituciones monacales y religiosas, y crece el movimiento de ahondar todavía más en lo específicamente seglar para vivir la vida cristiana en el mundo.

         El Vaticano II: La formulación oficial de la santidad “secular” de los laicos. La santidad, que en los primeros siglos se vio vinculada al martirio, después a la virginidad, a vida eremítica, posteriormente a la cenobítica, más tarde a las grandes Órdenes Religiosas, después a las Ordenes Clericales, y finalmente a los Institutos seculares, al fin, fue aceptada también como patrimonio de los seglares, no como huida del mundo, sino como presencia activa y responsable en él. Congar dejó dicho que la gran orden religiosa del siglo XX es el laicado: su regla es el evangelio, su hábito revestirse de Cristo, su monasterio la Iglesia y el mundo. Pero yo creo que ahora ya no se debe hablar de los seglares en términos de vida cuasimonacal.

Dice bellamente el Vaticano II: “El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí una ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno” (GS 43).

“A los laicos corresponde por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” (LG 31). “Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, atribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (Id).

En el preconcilio ya estaban claramente señaladas las dos grandes líneas que surtían a la Iglesia de diferentes modelos de evangelización y de vida cristiana, centradas, la primera, en la trascendencia, la continuación de la gran tradición monacal y religiosa de todos los tiempos, y la otra, en la inmanencia, la organización de la fe en función del compromiso temporal, surgida en los movimientos apostólicos de los últimos siglos. Se apoyan en el Vaticano II, la Constitución Gaudium et Spes.

En la primera se cuentan, entre muchos otros modelos, muchos hombres verticales, espirituales, conservadores. Son el Opus Dei. Carismáticos. Focolares. Neocatecumenales. Comunión y liberación. Comunidades de vida cristiana. Grupos familiares. Cursillos de cristiandad. Movimientos de meditación. Cruzados de Santa María. En la segunda se hallan, entre otros, JOC, HOAC, Cristianos por el socialismo, Comunidades Base. Comunidades cristianas populares, Movimientos de Liberación, Mundo Mejor. Prefieren la praxis a la teoría. La acción a la contemplación, lo social a lo interior, lo estructural a lo individual. Nacen a la asombra de la Teología de la Esperanza, Teología de la Liberación, Teología Política.

Llegados a este punto se hace necesaria una precisión de gran importancia para la espiritualidad de la Iglesia como comunidad universal. Confundiendo la perfección con los llamados “Estados de perfección”, muchos creen que la perfección es solo para los religiosos, y que para los seglares resulta facultativa. Pero Jesús llama a todos a la perfección, “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto” (Mt 5,48). No se deben confundir “perfección” y “estado de perfección”. Cuando el consejo se entiende  como prolongación del precepto, no solo lo importante sino lo cotidiano, no solo lo grande sino también lo pequeño, los detalles, esa perfección obliga a todos. Cuando se entiende como asunción de medios o de prácticas especiales que ayudan mucho, sin ser imprescindibles en la perfección, o que remueven obstáculos que la hacen difícil, aunque no imposible, por ejemplo, los tres votos, o la vida en común, eso obliga a pocos. No todos deben practicar los mismos consejos. Ni pueden, ni deben, según el plan de Dios. En un “estado de perfección” puede uno no tener perfección. Y fuera de los “estados de perfección” puede uno obtener la perfección. La perfección cristiana está en la perfección de la caridad o como dice Santo Tomás cuando se posee la totalidad absoluta del amor.

 

 

  • MODELOS HOY: LA FUERZA DEL TESTIMONIO

 

Una característica importante de la era actual es la revalorización de los modelos hagiográficos como réplica a la desconfianza hacia la teoría y la pura norma.  El Misterio existe y el pensamiento no puede fotografiarlo ni el lenguaje puede reproducirlo. Solo es posible acercarse a él mediante el uso de modelos. “Aquí no se enseña, se vive”, dice en Tanger Mons. Agrelo. “De lo que no se puede hablar, mejor es callar”, escribe (Wittgestain). El lenguaje de la fe siempre ha sido irreductible a las simples palabras. Muchos piensan, apoyados en el evangelio, que en el futuro los ideales no se transmitirán por medio de palabras sino de ejemplos. Una doctrina ética es una llamada a la comprensión, una vida ejemplar es una llamada a la imitación. Hay diferencia entre el jefe y el modelo. El jefe manda. El modelo atrae y arrastra. Los santos, los grandes hombres, lo único que hacen es existir: su existencia es la mejor llamada. El verdadero discípulo no copia fríamente el modelo. Cambia de conducta porque el modelo ejerce sobre él una atracción que al desarrollarse se convierte en amor. En el modelo atrae no una cualidad cualquiera, sino su ser mismo espiritual que es capaz de provocar en el discípulo una transformación moral, una conversión de espíritu que ni la obediencia ni las normas podrían inducir.

Nuestra cultura parece que se ha alejado del antiguo mundo de lo heroico. Muchas imágenes del pasado son hoy derribadas por los contemporáneos porque creen que el pasado fabricó imágenes con excesiva facilidad. El hombre actual cree que se le ha engañado muchas veces. Nuestra época moderna distingue con radicalidad la teoría y la praxis. La teología de ayer fue muy racional. La de hoy se pretende que sea muy ejemplar. Ahora la teología es en gran forma biografía. Las vidas que comportan un modelo o imagen dan testimonio “mostrando”, no “demostrando”. Esto significa que teología y magisterio, y también la pastoral, deben ocuparse de la vida de los cristianos ejemplares. No solo para canonizar, sino para reflexionar sobre la fe. Esta actitud representa, en el fondo, un retorno a la encarnación. Dios se hizo hombre y hoy hay hombres que encarnan a Cristo resucitado porque se dejan conducir por su Espíritu. Es su vida ahora lo que atrae y provoca la evangelización. Mencionamos solo algunos modelos.

 

  1. Modelos personales

 

  1. San Francisco de Asís. Es modelo antiguo, pero también muy actual, de un humanismo revolucionario. Es un hombre libre para el servicio universal. El amor a Cristo le motiva e impulsa a un amor universal a todas las criaturas. No solo al hermano hombre, sino a la hermana agua, o la hermana luna. Y ello es fuente permanente de paz y de alegría.

 

  1. Santa Teresa de Jesús hace patente y verificable la experiencia de la verdad. Su vida no son fragmentos de verdad, es modelo de la verdad. Se decidió por la verdad y su vida y testimonio es la verdad. Ella es persona verdad. Y su verdad llegó en ella a la absoluta transparencia en su Castillo de cristal. Dice frecuentemente: “Esto que digo es entera verdad”. Su actitud vital, y su relación con todos es ser verdad, hacer y decir la verdad. La verdad que pervive en el rescoldo de su ser es Dios como razón de ser y fidelidad absoluta. Teresa descubre que solo Dios es la verdad y para ella, vivir en Dios es vivir en la verdad. Su más grandiosa confesión es: “Puedo errar en todo, mas no mentir, que por la misericordia de Dios antes pasaría mil muertes” (4 M, 2,7).

 

  1. Charles de Foucauld. Su valor de fondo es ser indiscutible modelo de fraternidad radical y universal. Busca anhelantemente a los verdaderamente más pobres del mundo y de ellos se hace el más pobre y servidor, y busca, enseña y hace hermanitos y hermanitas que vivan sirviendo a los últimos, que se hagan como ellos y compartan con ellos. Buscó el ocultamiento más absoluto en trapas, en conventos de clausura, en el yermo del desierto. Sirve de criado o mandadero del convento de clarisas de Nazaret, pero insatisfecho, va al corazón del Sahara con los pobrísimos Tuareg convertido en uno de ellos y al servicio de ellos. Monje sin convento, sacerdote sin comunidad, misionero sin apoyos, su ideal es imitar sin limitaciones a Cristo pobre que en su encarnación ocupo el último lugar que nadie le podrá arrebatar. Murió traicionado por uno de los suyos, víctima de unos revoltosos que le propinaron muerte violenta. Exactamente como Jesús.

 

  1. Madaleine Delbrel, un modelo difícil y audaz. Es la santidad que se realiza en el fragor de la calle y en el epicentro mismo, bullente y violento, del partido marxista. Nace de padres increyentes. Le deslumbró el evangelio y se convirtió a los 20 años. Vivió en comunidad con otras mujeres laicas con el Evangelio como única regla, en los tiempos en que eso era para su entorno un descrédito y un riesgo temerario. Comprendió que la Iglesia de su tiempo necesitaba urgentemente hablar el lenguaje de sus contemporáneos, conocer sus dolores y sus alegrías. Comprendió también que la lejanía de la fe es motivo de presencia, no de fuga o aversión. Vio la violenta hostilidad de los militantes del partido comunista y de sus dirigentes en la barriada obrera del extrarradio Ivry-sur-Seine de Paris y decidió no solo acercarse a ellos, sino incluso afiliarse al partido para llevar a su misma casa el evangelio con las palabras y el testimonio de una gran bondad del corazón. Fue asistente social muy activa. Se enfrentó valientemente al ateísmo marxista y anunció el Evangelio en plena contra corriente. Escribió un libro programático: “Ciudad marxista, tierra de misión”. En el barrio los cristianos eran una minoría perseguida. Los sacerdotes y católicos notorios eran saludados a pedradas e insultos en la calle. Madaleine hizo de la calle su convento, su base misionera. Creyeron los marxistas ver en ella una propagandista de ellos. Pero ni por un minuto pensó ella trapichear con Dios.  Dijo públicamente “He sido y sigo siendo deslumbrada por Dios”. Madeleine llegó a pesar que el ambiente ateo es una circunstancia favorable para la propia conversión. No se arredró ante el alarmismo e incluso el escándalo de los creyentes. Fue una mujer profundamente contemplativa, amiga y consejera de los curas obreros, y a la que algunos obispos pidieron su opinión en los trabajos preparatorios del Concilio Vaticano II. Sus escritos manifiestan dotes poéticas y, sobre todo, una profunda vida mística. Es considerada por muchos como una de las personalidades espirituales más importantes del siglo XX. Algunos de los mejores teólogos de su momento se han ocupado de ella con asombro y admiración. Se ha introducido en Roma su causa de beatificación. Cuando Madeleine muere repentinamente sobre su mesa de trabajo, el 13 de octubre de 1964, en el aula conciliar, un laico -presidente de la JOC internacional- tomaba la palabra por primera vez ante la Iglesia en nombre de los trabajadores cristianos que vivían en los barrios obreros de las grandes ciudades. Algunos teólogos la consideran “patrona” de la nueva evangelización. En ella se unen, como en pocos testigos, la interioridad y la solidaridad, el enraizamiento en la propia fe y el diálogo y el amor hacia los que no la comparten, la soledad y una vida en común optada y arriesgada.

 

  1. Martin Luther King. Se hizo responsablemente presente a uno de los infiernos sociales más sufrientes de la historia de la humanidad y lo hizo desde el amor y la esperanza cristianos. Lo hizo orando e impulsando a orar. No definió nunca su acción en términos heroicos: toda la atención la centró en el proyecto en cuanto tal, no en el actor. Partió de la convicción evangélica de que el amor puede cambiar situaciones sociales de forma veraz y permanente.Su proyecto fue liberar al pueblo negro de la cárcel de la segregación y de la opresión en claro parangón bíblico con la esclavitud de Babilonia. Partió del principio de que, según Dios, todos los hombres han sido creados iguales, y por tanto hay que intentar sentarlos a todos en la gran mesa de la fraternidad. Intentó actuar de la misma forma que Dios actuó: enfrentarse a la violencia con la no violencia en imitación a Cristo en la cruz. Tuvo una gran fe en la redención final de toda la humanidad.

 

  1. Theilhard de Chardin. Los espirituales de todos los siglos habían profesado de forma incontestable una radical incompatibilidad e irreconciabilidad entre seguimiento de Cristo y apego al mundo, entre la imitación de Cristo y el desprendimiento y renuncia a todo lo terrenal. Teilhard fundamenta su espiritualidad apoyado en un apasionado amor al mundo y a la tierra. Es en el corazón de la tierra, de la mismísima materia, donde contempla el impulso radical para la ascensión a Dios. Por supuesto no piensa en aquellos que se abandonan en aquel vitalismo que canoniza todas las pasiones torpes que brotan de los más oscuros rincones de la naturaleza, sino en aquellos que descubren y se suman a las fuerzas naturales y positivas del mundo, a su crecimiento y evolución. Más todavía: la pretensión de Teilhard es nada menos hacer retornar a la Iglesia a los prófugos de la fe que, ante las doctrinas ancestrales sobre la creación, creyeron incompatibles su cultura y su fe. Teilhard se instaló en sus comienzos, teológica y espiritualmente, en el terreno comprometido y difícil de la sospecha y del reparo oficial. Solo después de la muerte obtuvo el “Nihil obstat” de la Iglesia. Teilhard unió su consagración religiosa a un amor apasionado a la tierra. Descubrió “otra” espiritualidad. Donde otros ven paganidad él puso santidad. Vio al Absoluto presente y actuante en el cosmos material con sus dimensiones y su duración enormes y con las leyes que dominan el tiempo. La mística de la tierra la contempló en la misma geología y paleontología. Desde la vanguardia del saber irradió el hechizo de poner a Dios en el corazón de la ascensión del cosmos y del hombre. El trabajo humano colabora con Dios haciendo al hombre más humano. Nos hace fieles a Dios siendo fieles a sus leyes.

 

  1. Monseñor Romero. Fue canonizado antes de ayer. Es obispo y pastor, pero decide no desvanecer su misión en una ritualidad pontifical y ceremonial, sino contemplar la misma cruz en los acontecimientos sociales del pueblo, verdadero cuerpo místico de Cristo, y cargar personalmente con ellos. Interpreta los acontecimientos sociales desde la Revelación y afronta la injusticia integral según los postulados de la fe cristiana. Se sitúa en el nudo mismo de las diferencias injustas entre las oligarquías del poder económico, los millonarios y los desheredados que viven en la máxima miseria de las grandes urbes. Se sitúa también en el medio social infrahumano de la depresión integral, cultural, social, política, económica, religiosa. Observa la realidad social de pecado y de injusticia de las estructuras  que producen una situación infrahumana de la mayoría. Y se hace testigo en el mejor sentido de la palabra, prestando su voz a los que no tiene voz, comprometiéndose con ellos. Habla de Dios, pero más bien de parte de Dios, como los antiguos profetas de Israel que interpretan la injusticia social desde la Revelación. Usa el lenguaje de otras fuerzas revolucionarias que también predican la liberación del pueblo desde la utopía marxista. Es el riesgo de luchar en la frontera, como dirá el Papa Francisco. Desenmascaró a los culpables con sus propios nombres, a los dirigentes del poder económico, militar  judicial, a los colaboradores de los Medios de comunicación. En Estados Unidos viven todavía hoy millonarios que sufragaron la bala asesina. Fue abatido en el altar donde celebraba la eucaristía. Fue mártir por gritar la verdad de la justicia social  a los poderosos del mundo.  La muerte violenta fue su última homilía.

 

  1. Modelos de evangelización en el reciente Magisterio

 

Situarse entre la gente, hablar su lenguaje, tener en cuenta su cultura, saber encarnarse, condiciona incuestionablemente la acción pastoral. Cristo lo hizo en su encarnación. Los papas lo están reconociendo patéticamente y ofrecen  nuevos planteamientos ante situaciones inéditas, nuevas. La cultura antigua se ha licuado y hay que pergeñar nuevos caminos. ¿Cómo poner en práctica la misión teniendo en cuenta la situación sociocultural de nuestra gente?  Esto es tan condicionante como saber hablar la misma lengua para entenderse. Mencionamos tres testimonios de Pontífices y uno de la Conferencia episcopal francesa.

  1. El primer modelo es “la nueva evangelización” de Juan Pablo II, según  varias exhortaciones suyas a partir de 1983: “Es preciso plantear el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos” (Simposio de obispos europeos 11 oct 1985). Pide “una nueva evangelización… nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (Discurso  Celam). Todo se sustancia en el movimiento de “ir hacia” los alejados, sean católicos o no, creyentes o no. No consiste en permanecer en casa, o estar esperando. Es repetir la encarnación.

 

  1. El segundo modelo nos lo ofrece la Carta de los Obispos franceses a los católicos de Francia de 1996, bajo la dirección de Mons. Claude Dagens, con el método de “proposición de la fe” para el anuncio del evangelio en un contexto que no es el de la cristiandad. Invita a reencontrar el gesto inicial de la evangelización después de un trabajo de discernimiento. No se trata de “ir a”, o “salir hacia”, sino de “recibir” a las personas alejadas que acuden a la Iglesia cualquiera que sea su motivación. Es un acto de hospitalidad y acogida. Cada uno se hace el huésped del otro y el mismo Cristo se hace hoy huésped como lo es desde hace siglos. Es una pastoral regeneradora. Busca el germen en el otro antes que como un contenido a trasmitir. Cada participante aporta algo. La Biblia recibida como palabra de Dios es fundamental. Se pretenden pequeños grupos dentro de la proximidad social y geográfica.

 

  1. Un tercer modelo lo crea Benedicto XVI al proponer un nuevo modelo de evangelización hablando del “atrio de los gentiles”, situando la evangelización “afuera”,hacia afuera” y para dirigirse a los “de afuera” y tiene la finalidad de ayudar a “entrar dentro”.

 

  1. El papa Francisco cambia de giro proponiendo una dinámica de salida que no tiene como primera finalidad la vuelta. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir a las periferias geográficas y existenciales, dice él, allí donde se hallan el misterio del pecado, la injusticia, la ignorancia, allí donde lo religioso, el pensamiento, son despreciados, donde residen todas las miserias. Es un cambio fundamental. Se dirige al otro por sí mismo, remarcando el valor que tiene a sus ojos y a los de Dios. Es un modelo de “Iglesia en salida” con la intención de formar “comunidades de salvación”.

 

CONCLUSIÓN

 

“¡Id al mundo entero…! (Mc 16,15). El proceso histórico de evangelización en la Iglesia de todos los siglos ha sido institucional y carismáticamente un insistente “ir hacia”… o “salir a…”, como han gritado con apremio Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, y que va del martirio de los comienzos al apostolado seglar actual. ¡Es el mismo acontecimiento inapelable de la encarnación! Cuando se proyecta una visión de conjunto de la vida cristiana y de la pastoral evangelizadora de todos los siglos, se ve con certeza a una Iglesia siempre “en salida” y se percibe lo torpe y desacertado que es quedarse en casa, parar el reloj de los tiempos, no tener sentido de la historia, confundir el fragmento con el todo o el día con los siglos, o lo coyuntural con lo eterno, o la norma con el código, o el enunciado con el sistema. Conocer bien la historia lleva a comprender mejor lo distinto y diferente. Hay que saber contar con lo otro y con los otros. Excluir es fraccionar y empobrecerse. Somos un insignificante fragmento y no podemos pretender iluminar el universo entero con una cerilla cuando el sol está en su cenit. En lo que queda expuesto no hay fragmentos desechables. Contar siempre con los otros, abrirnos a lo distinto y diferente, conservar innovando e innovar conservando, ser generosos y universales, ser realmente católicos: he ahí la osada intención que yo he tenido ante vosotros con esta modesta intervención.

 

Francisco Martínez García

 

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